Pobrecito Willy

por | 20 marzo, 2009 | Muy urgente

Willy García pidió disculpas por mentir el otro día en la tele canaria, a cuenta de la cifra de asistentes a la manifestación contra el Puerto de Granadilla. Podía haberlo hecho en una autoentrevista en prime time, pero eligió disculparse ante la comisión parlamentaria de control de la tele, una audiencia más reducida y entregada, en la que cuenta con su propia y cómplice claque, muy dispuesta a perdonarle

La cosa es que estoy encantado de que Willy pida perdón por habernos mentido cuando sus chicos dijeron que sólo asistieron 2.000 ciudadanos a una marcha que –como poco- convocó a treinta mil. Pero ya puestos a pedir perdón, también debería pedir perdón por volver a mentirle a la comisión parlamentaria, cuando dijo que su mentira (“cifra errónea”, la llamó) fue un error fruto de nosequé precipitación. Uno puede equivocarse y precipitarse, incluso despeñarse barranco abajo, pero dos mil sigue siendo uno por cada quince que realmente protestaron. Sobre todo si desde antes de empezar a concentrarse la gente ya se sabía en la redacción de informativos que la instrucción era reducir al máximo el impacto de la protesta.

Me cuentan que Willy puso una cara muy compungida al pedir disculpas, pero –aunque me alegro de que por primera vez sea consciente de su credibilidad y la de sus informativos está a la altura del betún, y de que es imposible engañar a todo el mundo a todos horas- lo cierto es que no me creo nada su pretendido arrepentimiento.

Y es que, puestos a pedir perdón, debería pedirlo también por haber convertido sus telediarios en la más servil arma de propaganda de este Gobierno. Por vendernos a todas horas la especie de que Canarias vive una situación de violencia sin precedentes, hinchando la escaleta con sangre, vísceras y sucesos, a ver si así convence a algún incauto de lo necesaria que es la guanchancha de tito Ruano. Por hacer desaparecer de las 625 líneas canarias cualquier crítica a su amigo y jefe Paulino y sus primorosas andanzas. Por convertir la oferta televisiva pública en un remedo de esos programas tan científicos, en los que él mismo colocaba un huevo entre dos teléfonos móviles a ver se freía con las microondas. Por convertir las pruebas de acceso a la radio en un coladero de coleguillas de su Universidad de la Vida (Departamento de Estudios de la Noche). Por amañar contratos y pasarse las resoluciones de los tribunales por el arco de triunfo. Por doblar por diez los beneficios de su antiguo (y futuro) patrón. Por gastarse en cuchipandas 7 x 7 los dineros de la crisis.

Y ya de paso, también debería pedir perdón por el insoportable nivel de horterada con el que nos bombardea todos los días desde ese armario ropero sin materia gris en el que ha trasformado su cajatonta.

Aunque para poder hacerlo, primero debería él darse cuenta.