Odio

por | 05 enero, 2024 | A babor

El apaleamiento colectivo de una piñata malamente representativa de Pedro Sánchez, frente a la sede de su partido en Madrid, y la consiguiente respuesta del PSOE anunciando la presentación de una querella contra los organizadores del sarao, han incendiado el debate sobre qué es y que no es delito de odio. Se trata de uno de esos penosos debates modernos, entre pretenciosos y esperpénticos, de los que ahora se nutre la inanidad cívica. Antes no hacía falta ni filosofía ni categorización para saber cuándo el odio resulta delictivo, y cuando es de mal gusto, o incluso refrescante. Yo odio con intensidad gatuna a los chiguaguas, pequineses y otros canes de porte ridículo. Mi odio no llega al extremo de pretender su exterminio, mucho menos de estar dispuesto a abanderarlo, pero confieso que en alguna ocasión me he sentido tentado de patear a esos chuchos fornicadores de pantorrilla.

Con la manía actual de regular absolutamente todo, de legislar rellenando cualquier vestigio de libertad o acracia todos los huecos, pecamos de exceso de definición. Antes, y durante muchísimo tiempo, el odio era considerado un fenómeno oscuro y preocupante, que además de hacer daño al odiado, destruía moralmente al odiador. Los actos de odio, motivados por prejuicios y discriminación hacia la raza (perdón, quise decir la etnia, que ahora citar las razas es racista), a la religión, la ideología, la orientación sexual, el género, la discapacidad, o cualquier otra característica de las consideradas protegidas, afectaba a las víctimas directas, a quienes odiaban, y también al mismo fundamento de la convivencia pacífica. Aún así, tu podías odiar algo o a alguien sin incurrir en delito por ello. Podías odiar a un cura, a un profesor, a un político, a un vecino o a un cantante de tangos, sin que ello supusiera delito alguno. ¿Por qué? Básicamente porque odiar no es delito. De hecho, puede incluso ser socialmente útil. Pero ojo, que el asunto es complicado: en nuestra sociedad odiar a los nazis, por ejemplo, no es un delito, sino una demostración de buena crianza.  Odiar a los musulmanes si lo es –delito-, pero dudo que nadie considere delito odiar a los cuáqueros o los mormones. El caso de los judíos es más elástico: desde el holocausto, odiar a los judíos era el peor de los delitos de odio, hoy parece casi una obligación si uno es más o menos de izquierdas. El odio a todo lo judío era hasta hace algún tiempo un estigma, y ahora está casi bien visto, hasta el extremo de considerar que la matanza de Hamás en los kibutz del este de Gaza sólo fue un exceso de gente poco representativa. En fin, que el discurso de las sociedades cambia con demasiada rapidez.  

Con la nueva legislación sobre delitos de odio, se define de esa manera toda una panoplia de actos criminales que se cometen contra individuos o grupos afiliados a una categoría protegida, que cambia según la legislación de cada país, pero tiende a incluir rasgos como los ya comentados: pertenencia a una etnia, religión, ideología, orientación sexual, identidad de género, discapacidad y factores similares. Pero lo que define sustancialmente a este nuevo delito es que va más allá del odio concreto a una concreta e individual víctima: lo que persigue es enviar un mensaje de odio y de exclusión a la entera comunidad a la que pertenece la víctima.

Por eso, es difícil catalogar como delito de odio el apaleo de la imagen de un político, un futbolista o un artista. Normalmente no busca victimizar a todos los políticos (ni siquiera a todos los de una ideología, a todos los futbolistas (tampoco a todos los del mismo equipo), o a todos los cómicos. El odio por un individuo puede llegar a ser un delito, sobre todo si se materializa en alguna forma de daño real a ese individuo, pero no podemos calificarlo como delito de odio, porque no lo es. Ni siquiera el odio hacia una ideología es –no automáticamente- delito de odio. Dependiendo de lo que ese odio te empuje a hacer, puede ser un delito, o meramente un sentimiento personal y privado. En este país polarizado, donde la mitad odia a la otra mitad que piensa distinto, si odiar una forma de pensar fuera delito, todos seríamos delincuentes.

Y tampoco es delito de odio detestar una característica general de un grupo humano. Pongamos que usted odia la estupidez y ello le lleva a odiar también a algunos estúpidos (incluso a todos, y entonces el idiota sería usted), pero eso no es delito. Delito es recurrir al prejuicio, la discriminación, a acciones de intolerancia, violencia y deshumanización de las víctimas, contra aquellos que son percibidos como diferentes.  No es el caso del apaleo de un monigote de cartón delante de Ferraz. Sin ninguna duda, la mayoría de los idiotas que apalizaron la piñata de Sánchez le detestan. Pero detestar a alguien no es delito, es una miseria del alma humana.

Y por cierto, tampoco es delito tener la mandíbula de cristal. Sólo es muy inconveniente para quien vive de dar lecciones a los demás.