No salimos de una…

por | 01 marzo, 2022 | A babor

Entre “esta legislatura parece mirada por un tuerto”, y el clásico “éramos pocos y parió la abuela”, la economía de las islas se enfrenta –cuando apuntaban por primera vez buenas noticias sobre la recuperación turística- a un nuevo e inesperado descalabro. El primer síntoma de la que se nos viene encima es el notable encarecimiento de la energía y el transporte en las islas, consecuencia de la subida de los combustibles. La guerra de Putin en Ucrania ha disparado el precio del petróleo, que ya era muy elevado, manteniéndolo por encima de los cien dólares por barril. Con esos precios, y su impacto en el coste del transporte aéreo de pasajeros y marítimo de mercancías, la recuperación prevista va a ser muy difícil.

Mucho más aún si la situación de Ucrania se complica, como muy probablemente va a ocurrir. La percepción inicial de que la potencia y superioridad rusa permitiría un paseo militar por la antigua república soviética, la toma en un par de días de Kiev y la destitución y asesinato del Gobierno ucraniano, no parece confirmarse por los hechos. La feroz resistencia del ejército y las milicias ucranianas, y la potente respuesta europea a la invasión –más rápida y coordinada que en ninguna otra ocasión que uno recuerde-, hacen previsible que los efectos y consecuencias de la guerra se extiendan a otros lugares de Europa central, y se generalice la percepción de inseguridad, que tradicionalmente alimenta en las personas el deseo de permanecer guarecido en donde uno vive. Con la guerra cerca del corazón de Europa, con el espacio aéreo restringido y con el precio del carburante disparado, para la mayoría de los turistas continentales, especialmente para los del norte y el centro de Europa, venir a pasar las vacaciones de verano o de invierno las islas puede resultar muchos menos agradable de lo que pensaban hace unas semanas, y bastante más caro.    

Además, las subidas en el precio de la energía y el transporte, de los que dependen la mayor parte de los bienes que se comercializan en Canarias, y de más del 80 por ciento de los alimentos, va a incidir también en un mayor encarecimiento del coste de la vida, que se trasladará sin duda al paquete turístico y a los fletes de mercancías, en perjuicio del margen en destino de los hoteles, restaurantes, empresas de alquiler de coches…

Y luego está el efecto de la inflación, que con la guerra puede tender a aumentar por encima de ese ya disparado siete por ciento conocido ayer, en que se ha colocado Canarias el último año, tras una década de contención y estabilidad. Cuando el año pasado dio comienzo la escalada del coste de vida, se esperaba que el aumento de la inflación fuera algo coyuntural, algo episódico y moderado. Ahora ya se piensa que no va a ocurrir así, que la inflación ha venido para quedarse al menos durante este año, que los sueldos van a gastarse antes comprando menos, y que el consumo de los hogares y la inversión de las empresas se reducirá. Eso afecta también al equilibrio fiscal, en un momento en que el Gobierno regional ha bajado irresponsablemente la guardia en el gasto público, disparando las contrataciones de personal y gastando como si no hubiera un mañana en el que rendir cuentas. Ese mañana en el que tocará pagar los dispendios de ahora nuestros hijos y nietos.

No pretendo ser pesimista, pero volvemos de nuevo a las malas noticias –muy malas-, apenas una semana después de que el Gobierno de Canarias nos trajera la buena nueva de la espectacular recuperación turística esperada para este año, con 15 millones de visitantes previstos. Parece muy difícil que eso pueda llegar a ocurrir. Porque en una economía como la de Canarias, tan dependiente de los vaivenes de la situación internacional, la guerra en Ucrania no es un asunto que pueda mirarse como algo distante o ajeno.