Gracias, Vladimir

por | 02 marzo, 2022 | A babor

Hace tan sólo dos meses, el abandono catastrófico de Afganistán a su suerte nos hizo pensar que Occidente y sus valores estaban definitivamente tocados, si no difuntos. La escasa capacidad de las instituciones democráticas para dar respuesta a los grandes retos, la cobardía de las élites y la indiferencia y adocenamiento de nuestras naciones, parecían señalar en dirección a los desagües de la Historia. La brutalidad y salvajismo de la invasión rusa de Ucrania, sin embargo, ha logrado despertar una reacción poderosa en la dormida conciencia del mundo civilizado: hace tan sólo un par de meses, cuando Putin comenzó a concentrar tropas en cuatro de las cinco esquinas de su antigua república, era difícil suponer que un rechazo casi unánime a su guerra cambiaría la forma de proceder de la Europa eternamente en construcción y provocaría una respuesta tan enérgica y contundente a su sangriento belicismo.

La decisión más inteligente ha sido probablemente la de evitar una confrontación directa de la OTAN con Rusia. Ucrania no es miembro de la Alianza, no existe, pues, un compromiso de defensa, y Rusia dispone de armamento nuclear que Putin ordenó poner a la primera sanción en estado de alerta. Frente al amago de recurrir a una destrucción planetaria, y apenas tres días después de que las tropas entraran en Ucrania desde Crimea, Bielorrusia, el Dombás y cruzando la enorme frontera común de Rusia con Ucrania, la UE puso en marcha la mayor batería de sanciones jamás aplicadas en ningún momento de su historia, coordinándola además con EEUU, Canadá y Reino Unido, en un sorprendente ejercicio de respuesta a la invasión.

El catálogo de sanciones comenzó de inmediato a minar la economía rusa. Su sólo anunció, forzó mantener el cierre de la Bolsa de Moscú, e hizo retroceder en un solo día al rublo hasta un 30 por ciento en los mercados de divisas, una caída estratosférica. Pero la más dañina de las medidas económicas ha sido el bloqueo de los activos de la reserva federal y de los recursos en el extranjero de las grandes empresas y oligarcas (las dos terceras partes del dinero de Rusia están colocadas en bancos y negocios extranjeros), y sacar a muchos de los bancos rusos del sistema de plataforma de pago.

El consenso en torno a una respuesta coordinada y contundente ha sido tal que incluso se han sumado a ese bloqueo países tradicionalmente neutrales como Suiza o Finlandia, y se han producido otros cambios igualmente extraordinarios, como la decisión de Alemania de romper su tradición de no beligerancia, mantenida desde la derrota en la Segunda Guerra Mundial, con la entrega de armamento ofensivo a Ucrania y el aumento hasta el dos por ciento de los gastos propios de defensa. Los aliados de Ucrania anunciaron la compra y entrega de armas y material pesado de guerra para Kiev, desde cazabombarderos a carros de combate, pasando por sistemas de misiles y drones, armas largas material defensivo, raciones de supervivencia… Y otras decisiones como el cierre del espacio aéreo a la flota aeronáutica rusa, la renuncia expeditiva de las grandes empresas europeas a participar en negocios con empresa rusas, la retirada alemana de la licencia al nuevo y prometedor gasoducto bajo el Báltico, la expulsión de los equipos rusos de los partidos de la FIFA y la UEFA. O las denuncias para investigar la comisión de crímenes de guerra en Ucrania contra la población civil, por parte de los invasores. O el simbólico inicio del reconocimiento de Ucrania como país candidato a la UE. Decisiones para apoyar la feroz y heroica resistencia de Ucrania a ser convertida de nuevo en provincia del zar Putin, y para aislarle, enfrentarle a la crisis económica, al ostracismo internacional y el desprecio de los pueblos.   

Putin ha conseguido algo que parecía imposible: cohesionar a la UE y acelerar el diseño de una política de seguridad común. Sus amenazas, el absoluto desprecio a las reglas de la sociedad civilizada, su comportamiento homicida en Ucrania, ha logrado cambiar el pasotismo de Europa, nuestro relajado concepto de lo que debe ser la defensa colectiva. Si Putin acaba derrotado en Ucrania, es seguro que provocará incluso la incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN.  Quizá con el paso del tiempo hasta haya que darle las gracias.