Lumbalgia y cefalea

por | 20 julio, 2023 | A babor

Creo que en los debates lo importante no es si tienes razón o no, si dices la verdad o no, si aciertas en tus pronósticos o sólo profetizas babiecadas sin cuento ni sustancia. Sólo por poner algo de contexto, diré que escribo sin haber visto el debate que ayer enfrentó a los tres partidos que perderán las próximas elecciones, aunque ya intuyo algunas cosas de las que pasaran/han pasado. Intuyo, por ejemplo, que la negativa de Yolanda Díaz a contar si se han puesto de acuerdo con su jefe Sánchez para actuar en comandita frente a Abascal, significa que sí, que sí ha pactado qué hacer frente a Abascal con Sánchez, y que si Abascal no lo impide, lo habrán usado para patear a Feijóo en esa mayoría no absoluta que todos los sondeos (excepto los de la marca Tezanos) dan por segura.

Pero eso es lo de menos: lo que yo quería es recordar que los debates son sólo una parte mínima de la campaña. Su efecto es más psicológico sobre quienes participan en ellos que movilizador sobre el público que los sigue. Y es así porque la inmensa mayoría de quienes siguen un debate televisado tienen ya su decisión sobre lo que van a votar tomada, y no van a cambiarla porque su preferido/a lo haga mejor o peor que el otro/la otra. Lo que determina si ganas o pierdes votos en un debate no es si lo haces bien o mal. Es si logras conectar con la gente, al margen de que lo que digas sea verdad, sea correcto, o sea un trágala de argumentario de partido. Y tampoco es imprescindible que los protagonistas sean primeras espadas…

Uno de los debates electorales más impactantes que yo recuerdo fue el que se produjo durante la campaña de las legislativas de 2008, poco antes de que España entrara en barrena por la crisis ese mismo año, entre el vicepresidente Solbes, a la sazón responsable económico del Gobierno, y un propio del PP, Manuel Pizarro, cuyo nombre (ustedes me disculparán, el tiempo no perdonan) he tenido que pedirle a San Google, porque no me acordaba. Solbes era entonces el hombre clave del equipo de Rodríguez Zapatero, había pasado por los gobiernos de Felipe, y había sido comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios. Pizarro tenía un currículo menos tecnocrático: fue presidente de Ibercaja y también de Endesa, y el candidato Rajoy lo había convertido en su mayor talento económico. En el debate, Solbes repartió certezas, seguridades y un optimismo razonable: El PIB de España había crecido, la tasa de paro era de menos del nueve por ciento y la bolsa iba viento en popa. Pizarro intentó explicar que nuestra economía se enfrentaría a una crisis sin precedentes, como resultado de la quiebra del sistema financiero estadounidense y la implosión de su mercado hipotecario, combinadas con los excesos y alegrías fiscales de los buenos años del zapaterismo. Solbes se impuso con facilidad en el debate, nadie en el país quería enfrentarse a malas noticias, por mucho que hubiera indicios en el horizonte. Zapatero ganó las elecciones -169 diputados-, y medio año después la economía española comenzó a derrumbarse y las cajas de ahorro tuvieron que ser intervenidas por Europa. Pizarro había dicho la verdad, sus datos eran correctos, pero quedó como un apocalíptico para la mayoría. El ciclo político de Zapatero aún no se había agotado y la gente prefirió creer que todo iba bien.

Ahora ocurre algo parecido, pero al revés. Una mayoría del país está convencida de que las cosas van mal. Y no es por la economía, aunque probablemente a partir de finales de este año empezaremos a descubrir que la economía no estaba exactamente como nos decía el Gobierno, que nos hemos endeudado hasta las trancas y que las desigualdades no se han reducido, apenas se han escondido detrás de subsidios, subvenciones y paguitas pensadas para derivar el Estado del Bienestar en dirección al Estado benefactor y clientelar.

Lo que ha provocado el inicio de un imparable cambio de ciclo hacia la derecha ha sido la creciente percepción de un exceso de políticas radicales o innecesarias, incomprensibles para gran parte de la población, además del abuso de una propaganda cada vez más belicosa y el hartazgo con los lenguajes agresivo, cancelador y promotor del odio que hoy se ha instalado en la vida política y social.    Ayer, miércoles noche, el debate entre los líderes que quedarán en segundo, tercer y cuarto lugar en estas elecciones, llega tarde para casi todo. Y desde luego, llega tarde para cambiar nada. Dentro de dos días, cuando se acabe el ruido, sabremos que las elecciones las va a ganar un señor de Orense, que nos ha dicho que esta campaña a él le provoca lumbalgia. A mi, dolor de cabeza.