Lo peor

por | 22 septiembre, 2023 | A babor

Quizá lo peor de la política española del momento no sea el radicalismo y la división, la falta de objetivos más allá de gobernar o la ausencia de ideas. Todo eso es ya de por sí una maldición, pero lo peor es la estupidez recurrente, la inanidad en la que se instalan sin tino ni tono la mayoría de nuestros gobernantes. Uno esperaría que fuera un problema de las nuevas generaciones, salvajemente sometidas a las culturas virales de la red, a la reiteración de la mentira, la simpleza de lo políticamente correcto, la amenaza de cancelación o a las nuevas tendencias identitarias que convierten al individuo en un frasco a la búsqueda desesperada de una etiqueta que lo defina.

Por eso no sorprende que Noemí Santana se descuelgue plácidamente en su twitter con una sarta de tontadas sobre la lengua común de los españoles, y la forma en la que fue impuesta junto al catecismo de los castellanos a la población aborigen de las islas. Qué tristeza y envidia la de la camarada Santana –redimida por Sumar de su estrepitosa derrota como candidata a seguir en el Parlamento de Canarias- ante el uso de las lenguas cooficiales en el Congreso, y que lánguido lamento por no disponer ella de una lengua propia con la que ejercer la diferencia. Que glorioso desatino su lectura de la historia de esta región, su visión de una raza castrada en el uso de su forma de hablar, que permanece oculta, pero viva y fecunda, tras el ADN de los canarios. En fin, no sorprende la memez de estos jóvenes llegados tan rápidamente al poder, maleducados por un bachillerato inútil, e instalados en el regusto de esa fanfarria de ocurrencias y memes que en los últimos años se conoce como política de izquierdas.

Pero más aún que la artificiosa colección de lugares comunes de Santana, sorprende que el desatino logre también enamorar con pasmosa facilidad a los mayores. Por edad y trayectoria personal, Jerónimo Saavedra pertenece a la generación de quienes hicieron la Transición y empujaron este país en dirección a la modernidad. Sus declaraciones del otro día, justificando la amnistía sanchista con argumentos sacados del argumentario vergonzante de Ferraz, chocan frontalmente con lo que parece ser hoy el ideario común de aquella vieja guardia del PSOE que urgió los cambios y sostuvo las políticas que lograron transformar la España gris del franquismo en una nación orgullosa de sí misma y empeñada en superar la desigualdad. Es cierto que Saavedra siempre ha sido un electrón libre dentro del PSOE, alguien voluntariamente situado en los límites de la ortodoxia de su partido, que a veces ha purgado su independencia de criterio con alguna sonada reprimenda.

Yo recuerdo una, pública e inmerecida: fue durante una comida que el entonces presidente Rodríguez Zapatero ofreció a algunos periodistas tinerfeños en el Hotel Mencey, y en la que participaron los principales líderes del PSOE canario, Saavedra entre ellos. Zapatero se pasó la velada alardeando del proyecto de ley de Memoria Histórica y criticando abiertamente que la Transición no se hubiera ocupado de colocar al franquismo en su lugar. En el turno de intervenciones, Saavedra discrepó con florentina sutilidad de las palabras de su jefe. Le explicó que la Transición había sido un momento de compromisos y consensos, y habló durante un minuto corto del peligro que supondría abrir de nuevo el espacio para los viejos odios y rivalidades entre españoles. Fue tajantemente interrumpido por un Zapatero muy molesto que le leyó con un punto de crueldad la cartilla: le dijo delante de la docena de plumillas que habíamos acudido a escucharle, que la ausencia de reparación histórica de las barbaridades de Franco era la tarea que la Transición había postergado, traicionando a millares de víctimas. Saavedra ni chistó, se acabó el postre sin volver a intervenir y a la salida comentó con algunos periodistas -entre condescendiente y ladino- que Zapatero era demasiado joven –apenas 15 años- cuando murió Franco. Un montón de años después, este Saavedra de ahora no parece el mismo de entonces. Su defensa de la amnistía que perpetrará Sánchez, no es compartida por la inmensa mayoría de sus viejos conmilitones de militancia. Pudiera ser que a estas alturas de su vida, Saavedra siga queriendo llevar la contraria a los suyos –los socialistas de su generación-, o quizá las reiteradas prórrogas de años de contumaz servicio le hayan acostumbrado por fin a no orinar fuera del tiesto.  Quién sabe. A mí no me gustó nada escucharle defender la amnistía sin tino de su jefe. No me pareció propio de él. Quizá sea que al fin, la edad no perdona ni a los más lúcidos.