Henri B. Monnier: “Es mi opinión y yo también la comparto”

por | 12 septiembre, 2020 | Peor sería tener que trabajar

Monnier, que nunca fue periodista, definió con una de sus frases más conocidas al actual columnista y/o tertuliano de oficio, uno de los seres más inútiles e innecesarios del mundillo periodístico actual. Subido a su columna como un eremita en el desierto, el columnista fustiga con sus opiniones indiscutibles al resto de los mortales, empezando por sus propios y sufridos lectores. Podría decirse que al menos el columnista se toma la molestia de pasar a tinta sus razonamientos e intenta dotarlos en la medida de lo posible de de algo de gracia y elegancia, no siempre con éxito. En el caso del columnista radiofónico o televisivo, ni siquiera se precisa hacer ese esfuerzo: basta con tener una opinión, la que sea, sobre cualquier cosa, y estar dispuesto a defenderla con argumentos o sin ellos ante un público casi siempre más interesado en el espectáculo y la bronca que en los razonamientos. No es de extrañar que los columnistas y tertulianos más jaleados y aplaudidos por quienes leen columnas o siguen tertulias tiendan precisamente a ser los que se expresan con más virulencia o más desparpajo, los que hablan de asuntos de escasa enjundia, y los que construyen sus opiniones sobre el único cimiento de las opiniones demolidas de los otros.  Aborrezco ese estilo y quienes lo practican, y a quienes jamás se dejan convencer por una opinión ajena.

Henry-Bonaventure Monnier [Paris, 7 de junio de 1799–3 de marzo de 1877], fue un dramaturgo, ilustrador y  actor teatral francés. Después de haber realizado estudios de Liceo y haber frecuentado los gabinetes de diversos actores y dramaturgos conocidos esu época, como Anne-Louis Girodet-Trioson y Antoine-Jean Gros, con apenas 23 años se traslado a Londres, dónde vivió durante un lustro. Tras su regreso a París, logró relacionarse con Dumas, Gautier, Stendhal, Sue, Mérimee, Scribe, Delacroix, Boulanger y Balzac, logrando cierta notoriedad en los ambientes más cultos y bohemios de la ciudad, en los que llegó a triunfar como ilustrador. Sus últimos 25 años de vida los dedicó por entero al teatro y