Estadísticas sin solución

por | 03 enero, 2024 | A babor

La emigración irregular hacia Canarias por la ruta Atlántica se ha cobrado un altísimo y desgarrador precio en vidas humanas en los últimos años. Las aguas son testigo de una dolorosa tragedia que no cesa de desplegar su intensidad a medida que más hombres, mujeres y niños arriesgan sus vidas en busca de un futuro mejor. La ruta hacia Canarias –la nuestra– se ha convertido en un trágico escenario donde la desesperación y la búsqueda de una vida mejor se enfrentan a la cruel realidad de un mar difícil y en ocasiones violento. Las personas huyen de la persecución, la pobreza y la inestabilidad que devasta miles de comunidades africanas, especialmente en Senegal, Gambia, Marruecos y el Sahel, y son muchísimas las personas que se aventuran a un viaje cuyo destino no son las islas de arribada, sino las costas de la rica Europa. Un viaje que persigue la seguridad y oportunidades que brinda el continente. Por desgracia, tras el sueño de esa vida mejor se esconde la trágica estadística de centenares de muertes y desapariciones en aguas del Atlántico, de víctimas que pierden la vida en su intento por alcanzar las costas canarias. Los migrantes que emprenden este viaje desafiante suelen provenir de países afectados por conflictos y crisis económicas y a veces son sujetos de persecución política. La inestabilidad política y social en el Sahel, y en África Occidental y Central, se salda con diez golpes de Estado en los últimos tres años, y con una crisis –la de Níger- que podría implicar el inicio de una nueva etapa de guerras entre naciones fronterizas.

La ausencia de estabilidad, de canales seguros para buscar asilo y de oportunidades de trabajo en los territorios de origen, ha llevado a miles de africanos –casi un cuarto de millón este año-  a optar por la emigración marítima irregular, arriesgándolo absolutamente todo por llegar a Europa. Al contrario de lo que se piensa, los emigrantes que se embarcan no son personas que están en las peores condiciones. En realidad, la mayoría de ellos tienden a ser personas que pueden permitirse, por sí mismos o con la ayuda de familiares y amigos, pagar los 3.000 o 4.000 euros que –en el mejor de los casos- cuesta embarcarse. Muchos son jóvenes formados, imprescindibles para el desarrollo de sus comunidades, y que aspiran a colaborar con sus familias y pueblos una vez establecidos en el continente. 

El pasado año se superó por primera vez en cerca de dos décadas el número de personas arribadas a las islas atravesando el Atlántico que se produjo durante la crisis de los cayucos en 2006, cuando llegaron a Canarias más de 31.000 personas. La afluencia masiva se disparó en julio del año pasado, con un brusco frenazo a la tendencia al descenso en las llegadas desde marzo de 2022. Sólo en octubre del año pasado, alcanzaron las costas canarias más de 15.700 personas, superando las personas arribadas a lo largo de todo 2022.

Sin embargo, la afirmación –recurrente en el discurso político de nuestros líderes- de que Canarias soporta las peores cifras de inmigración irregular de toda Europa, es falsa, una mentira de consumo interno. El crecimiento de llegadas a Canarias es menor del que se ha producido en otros países de la Unión, muy especialmente en la ruta del Mediterráneo Central, que parte del norte de África hacia Italia, y en donde casi se han duplicado las llegadas en relación con el año 2022, alcanzándose –como aquí- cifras superiores a las de 2016. De hecho, este año que acaba de terminar será sin duda recordado por ser el año de la gran migración africana a Europa, en la que los llegados por la ruta Mediterránea han supuesto casi siete de cada diez del total de arribados irregularmente a la Unión Europea.

Lo que sí parece cierto, aunque en este asunto las estadísticas sólo desvelan la punta del iceberg del problema, es que la atlántica se ha convertido en la ruta migratoria con más víctimas mortales del planeta: condiciones climáticas impredecibles, con tormentas repentinas, corrientes traicioneras, sumado a embarcaciones precarias, obsoletas y sobrecargadas, y a distancias extremas, producen una combinación dramática de peligros cuyo resultado es un gran número de naufragios. Cada uno de ellos no sólo supone la pérdida irreversible de muchas vidas humanas, sino también historias y sueños truncados, dejando a las comunidades de origen sumidas en el dolor y la desesperación. Mueren hombres, mujeres y niños que huyen de situaciones desesperadas en sus países de origen, para enfrentarse a un destino trágico en el mar. Las historias individuales de estas personas pasan desapercibidas, eclipsadas por la estadística y la magnitud de un problema que hoy nos parece sin solución.         

Quizá la solución exista, y sigamos empeñados en no verla.