El sueño del Norte

por | 01 septiembre, 2000 | Notas de Viaje

Cabo Norte, julio de 1989: en 1553, tres barcos ingleses fletados por Sir Hugh Willoughby partieron de Londres con destino a China. Pretendían una ruta por el norte que no llegó a abrirse nunca: dos de los barcos naufragaron en una tormenta apenas sobrepasado el circulo polar, y el tercero, el ‘Edvard Bonaventura’, al mando del capitán Richard Chancellor, acabó recalando en lo que hoy es Horn Bay, al este de un gran peñón, en la isla noruega de Mageroya. Los pocos lapones que vivían en la isla llamaban al enorme farallón Knyskanes, pero Chancellor lo bautizó con el nombre de Cabo Norte. Creía haber descubierto el dedo del mundo, y lo cierto es que ni siquiera era el punto más al norte de la pequeña isla de Nageroya.

Pero el nombre tuvo éxito: durante años y años, los marinos aprendieron a identificar aquél enorme peñasco helado que apuntaba al norte con el nombre que hoy sigue teniendo, y la leyenda de la última tierra habitada de Europa se extendió como la pólvora, atrayendo a viajeros y visitantes de todo el continente. En 1594, el belga Jan Huygen van Linschoten llegó hasta el peñón y pintó el perfil del fin del mundo. Sus dibujos llegaron hasta las últimas Cortes perdidas de Europa, y Cabo Norte se convirtió en la atracción turística preferida de los aventureros reales. Cientos de ilustres visitantes, realizaron costosas expediciones al Cabo Norte, a través de la ruta de Horn Bay, inaugurando la tradición de descorchar y beber de un tirón una entera botella de champán al llegar a la cima. La tradición se mantiene hoy en el elitista ‘The Royal North Cape Club’, que agrupa a algo menos de diez mil socios en todo el mundo: la tradición tiene tal peso que el primer edificio construido en Cabo Norte, a finales del pasado siglo, fue una caseta de planta octogonal, destinada a la venta de champán. Parece que el rey Oscar II, primer monarca de Noruega que visitó el Cabo, allá por 1873, consideró conveniente que los visitantes pudieran emborracharse de burbujas sin tener que transportarlas.

Aterido y agotado, cumplo leal y gozosamente la tradición, en la esperanza de que me ayude a superar este frío glacial del mes de julio, y me instalo en la explanada barrida por los helados vientos del Ártico. Espero el encuentro con el Sol de medianoche, ahora apenas un círculo rojo y lejano en el horizonte, casi rozando el agua negra del norte extremo cuanto falta todavía una hora para su imposible ocaso. Estoy acurrucado entre mantas en la base de la gran esfera geodésica que marca los 71 grados, 10 minutos, 21 segundos de latitud norte del fin del mundo, la esfera que señala el punto de arranque hacia la gran aventura del Polo. Y sueño. Sueño y no recuerdo lo que sueño, porque me ha quedado dormido. Y al despertar son las dos de la madrugada, y el sol minúsculo sigue ahí, en el mismo exacto sitio, y la medianoche ha pasado y yo no lo he visto.