El peaje

por | 07 marzo, 2024 | A babor

Patxi López habla con Pedro Sánchez en el Congreso. Detrás, el sucesor de José Luis Ábalos, Santos Cerdán 

Perdidos en un espacio ocupado por informes, papeles, chismes y rumores que –literalmente- descuartizan- la apariencia de legalidad de las instituciones públicas, el acuerdo de ayer entre el Gobierno y las dos fuerzas independentistas catalanas –Junts y Esquerra- parece tener menos entidad que las conversaciones sicalípticas y bastardas grabadas por la Guardia Civil a Koldo García y otros miembros de la trama. Lo razonable sería dar a esos comentarios reproducidos negro sobre blanco en el informe de la Guardia Civil, el mismo escaso valor que se le da a las baladronadas y chulerías jactanciosas de una tropa de delincuentes ensoberbecidos por el enriquecimiento y la impunidad. Que alguien diga que se va a reunir con fulano, o acuse a zutano de haber recibido instrucciones de mengano, tiene ante un tribunal un muy escaso valor, excepto que haya otras fuentes primarias –no vicarias- que puedan confirmar la existencia de esas reuniones y encuentros y sus objetivos criminales. Es ciertamente inevitable que todo esto enfangue hasta la náusea la política española y la confianza ciudadana en quienes mandan. Pero hoy debiera ser un día para levantar el juicio, alejarse mentalmente de la porquería e intentar pensar –siquiera por un momento- en otro asunto capital: en el alcance y enjundia de un sistema político que asume que todo es negociable para sostenerse en el poder. Ayer, el PSOE, Junts y Esquerra anunciaron un acuerdo para la amnistía, sin revelar en que consiste, manteniendo el suspense hasta hoy, cuando el proyecto de ley se dará a conocer para su votación en la Comisión de Justicia del Congreso. Como era de esperar, Sánchez ha asegurado que la ley será constitucional y estará alineada con el derecho europeo, y el PP ha replicado que se enfrentará a la amnistía en las instituciones y en los juzgados. Pero todo eso no deja de ser otra cosa que palabrería política. Quien ha dejado meridianamente claro el sentido de la ley, sus objetivos y su lógica política ha sido –paradójicamente- una voz conocida del Gobierno. El que fuera lehendakari socialista –Patxi López- ha explicado que la amnistía servirá “para tener un Gobierno que gobierne con tranquilidad”. Se deshacen las veladuras y metáforas: no se trata de conseguir la reconciliación nacional, el objetivo no es darle a Cataluña y quienes la representan una segunda oportunidad de volver a la senda del diálogo, la reconciliación, y el respeto a las leyes, la intención de la amnistía no es la justicia, la reparación de los errores o el reconocimiento de que las cosas debieron hacerse de otra manera. No se trata en absoluto de eso. Se trata de que el Gobierno (el de Sánchez) pueda seguir gobernando tranquilamente. Con el desparpajo que caracteriza las reflexiones de Patxi López, al final es su declaración la que lo deja todo meridianamente claro: la amnistía se hace para que Sánchez siga, ese es su único sentido, su razón de ser. Ofrecer a Junts y Esquerra la reparación de sus delitos, de su revuelta contra la Constitución y su desprecio a la mitad de los catalanes, a cambio de que sus votos permitan a Sánchez gobernar tranquilamente. Uno esperaba una reflexión así viniendo de la derecha, o incluso de los adversarios de Sánchez en el propio espacio socialista. Pero no del más entregado de sus tiralevitas. Desde la perspectiva de su talento o su habilidad, es cierto que Patxi López nunca ha sido considerado un prodigio. Pero era difícil suponer que sería él, precisamente, quien un día antes de que las obligadas modificaciones a la ley hablen por sí mismas, señalara con el dedo al rey desnudo. La amnistía es –incluso para los socialistas que acompañan y jalean a Sánchez- un peaje que se paga para que Sánchez siga gobernando. El peaje de alimentar la desigualdad ante la ley, el peaje de renunciar a la ideología, a la defensa de la justicia, la Historia y el Estado, el peaje de aceptar venderse y vender la soberanía a cambio de los votos y la tranquilidad que los votos dan. La ingenuidad de López aturde: ¿Cree realmente que el Gobierno logrará estar tranquilo después de ceder en todo ante quienes pretenden la secesión del país? ¿Cree que el Sánchez sobrevivirá tras incorporar a la ley la condonación de cualquier delito, incluso los de terrorismo? ¿Piensa que Puigdemont interrumpirá un procés que desa imparable, y renunciará a la unilateralidad, después de descubrir que sus votos son suficientes para lograr cualquier cosa que pida? ¿Incluso aquello –la anulación de todos los delitos, los de terrorismo también-, que hace dos semanas el propio Sánchez aseguraba que no ocurriría jamás? López y los suyos se equivocan: Puigdemont no ha negociado sus condiciones, las ha impuesto. Esperar que renuncia a seguir su camino hacia la independencia a la fuerza, es confundir los deseos con la realidad. Un pecado que en política se paga con el fracaso.