Del lado de acá

por | 18 septiembre, 2021 | A babor

Hoy celebra su graduación la promoción 2021 de periodismo de la ULL, después de un año extraño y difícil. Y me gustaría recordarles -a ustedes y ellos- algo que suelo decir en clase: que los periodistas afrontamos un riesgo cotidiano, que es el de olvidarnos de en qué consiste nuestro trabajo. Afanados en seguir los hechos cambiantes de la política, la economía, los acontecimientos y sucesos, eso que llamamos actualidad, sometido nuestro tiempo a las urgencias del cierre o la emisión, a lo que cada día ocupan los titulares de prensa, radio y televisión, con frecuencia ocurre que olvidemos para qué y -sobre todo- para quien trabajamos.

Es muy frecuente, demasiado, que olvidemos a quienes nos leen, nos escuchan y nos ven. Olvidamos que esas personas anónimas que suman porcentajes y estadísticas de audiencia son gente de verdad, gente preocupada por cosas reales, a veces porque un familiar cercano tiene el virus, o porque su hijo no consigue acabar el bachiller, o porque le robaron el coche el fin de semana pasado o apenas pueden llegar a fin de mes, y encima este mes le ha tocado pagar bastante más por la luz.

Es demasiado frecuente que nos enfrasquemos en cifras o datos, en declaraciones inanes a favor o en contra de una medida o una decisión política, o que colemos nuestras opiniones como si fueran ciencia pura, verdad revelada. Y mientras los periodistas hacemos eso, lo que hay es muchísima gente del común a la que no prestamos atención, gente cada vez más preocupada por mantener su trabajo, o por encontrarlo, o por ser incapaz de pagar sus compromisos y deudas. Gente asustada por el impacto actual y futuro de la pandemia, por una sanidad que no logra diagnosticar un cáncer hasta que es demasiado tarde, por el continuo aumento del precio de las cosas y por una vida que se va haciendo cada día más difícil de vivir.

Al otro lado de esa vida están los políticos -los decentes y los engolfados-, los gobiernos que gastan el dinero que no tienen en políticas probablemente inútiles, en televisiones para el autobombo, en sondeos por duplicado para saber si quienes mandan salen bien en la foto. También están los candidatos que prometen resolverlo todo en un plis plas si gobiernan ellos, los mismos que luego dicen que no pueden hacer nada, que son problemas heredados, enquistados, irresolubles… y están los bancos y sus beneficios disparados, el amontonamiento de la emigración en instalaciones indignas o el desastre en Derechos Sociales y el cinismo galopante frente a los propios errores.

Y al otro lado, al lado de acá, al lado donde tendríamos que estar siempre los periodistas, esta la gente, en la mayor parte de los casos pasando bastante de eso que llamamos la actualidad, que a veces no tiene casi nada que ver con lo que a todos nos preocupa de verdad: el precio de las hipotecas, el futuro de nuestros trabajos, la salud y los estudios de nuestros hijos.

Es curioso que en medio de una atención cada vez mayor y más intensa de los medios a la actualidad oficial, el descrédito y el desinterés público por el periodismo siga creciendo. Tal vez los periodistas no sepamos contar lo que ocurre de forma que se nos entienda. Es posible que nuestro trabajo no sea útil en realidad para resolver nada. Pero al menos debería servir para recordar todos los días a la gente que no sale casi nunca en los papeles, excepto si les estafan, les roban, les despiden o tienen un accidente.

Nuestro trabajo debería ser estar cerca de los afanes de esa gran mayoría silenciosa que tiene sus propias ideas sobre como deberían hacerse las cosas.

Y eso es lo que quería decirles hoy, a los lectores y a mis alumnos, después de tantos días de olvidar que ese es precisamente mi trabajo.