Conejo de Ramadán

por | 19 marzo, 2022 | A babor

Mes y medio antes de abandonar traumáticamente el poder, el 16 de febrero de 2021, Donald Trump firmó una proclamación reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental que acompañó inmediatamente de un tuit en el que calificaba la “propuesta de autonomía seria, creíble y realista de Marruecos” para el Sahara, como “la única base para una solución justa y duradera para la paz perdurable y la prosperidad”. El presidente usó en su mensaje en twitter  los mismos adjetivos  –“seria, creíble y realista”– que utiliza oficialmente Marruecos desde que presentó su propuesta de 2007 en Naciones Unidas, apartándose del referéndum de autodeterminación que recogen los acuerdos de alto el fuego firmados por Marruecos y el  Polisario en 1991. El anuncio de Trump fue muy contestado por la izquierda y el Gobierno español, que mantuvo su posición tradicional de una solución en el marco de la legalidad internacional.

Poco después, a principios del pasado mes de mayo, Marruecos y Alemania se vieron envueltos en una grave crisis diplomática, tras la acusación de Marruecos de “actos hostiles” por parte de uno de sus mayores clientes europeos. Marruecos se quejó de que Alemania permitiera a un disidente germano-marroquí, considerado terrorista por Marruecos, actuar libremente y publicar invectivas contra la monarquía alauita y su Gobierno. En realidad, el problema era la negativa alemana al  reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara, que acabó por provocar la retirada de la embajadora en Berlín. Solo un par de días más tarde, la crisis migratoria de Ceuta, con 8.000 jóvenes entrando sin control en la ciudad, puso al rojo vivo las relaciones entre España y Marruecos, aunque la presión europea –especialmente la actitud de Francia- logró reconducir la situación y resolver parte de la tensión creada.

Marruecos reaccionaba con creciente beligerancia a la negativa europea a secundar el reconocimiento de su soberanía sobre las ‘Provincias del Sur’. Pero la diplomacia ha seguido su curso: hace ahora justo un mes, Alemania y Marruecos anunciaron –en un comunicado conjunto de las cancillerías de ambos países- el retorno a Berlín de la embajadora del reino y el cierre de la crisis diplomática, que duraba ya casi un año. Previamente, el presidente alemán había enviado una epístola al rey Mohamed en la que se refería a la propuesta marroquí de autonomía para el Sahara como un esfuerzo “serio y creíble” y una “buena  base” para logra un acuerdo entre las partes…

Y ayer, el Gabinete Real marroquí desvelaba una misiva de Pedro Sánchez al monarca alauita, en la que el presidente del Gobierno asegura que el plan marroquí para el Sahara es “la base más seria, creíble y realista para la resolución del diferendo” saharaui, usando literalmente el mismo lenguaje del tuit de Trump, para ofrecer a Marruecos un giro de 180 grados sobre la posición histórica de España en el conflicto de nuestra antigua colonia, que sin duda creará tensiones entre los socialistas y Podemos el Gobierno de coalición. La política tradicional del PSOE de buscar el equilibrio entre la buena vecindad con Marruecos y la simpatía de sus bases hacia el Polisario, se resolvieron hasta ahora jugando a la realpolitick con Rabat –eso hicieron tanto Felipe González como Zapatero, representante hoy de intereses marroquís en España-, pero dando muestras de cariño al Frente Polisario, mucho más intensas tras la incorporación podemita al Gobierno. Tras el episodio aventurero que supuso la secreta hospitalización del saharaui Brahim Gali en Logroño, la situación se volvió muy tensa, casi explosiva. Pero después de meses de discretas negociaciones monitorizadas por Francia, tanto Alemania como la antigua potencia colonial –España- han optado por el viraje promarroquí.

El superviviente Sánchez ha sacado de su sombrero de prestidigitador su penúltimo conejo: el ministro Albares visitará Marruecos antes del Ramadán y sellará el abandono del Polisario a su suerte. Con la guerra fría que se nos viene encima en Europa, no hay ya lugar alguno para otras guerras, por muy de baja intensidad que sean.