El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, saluda efusivamente a Pedro Sánchez, al que acompañan su mujer Begoña Gómez, y la presidenta del Congreso, Francina Armengol.
Se han escandalizado mucho en el Partido Popular al afirmar el Supremo que la decisión de filtrar los apaños fiscales del novio de Ayuso salió de Moncloa. Estos del PP o son unos cínicos de mucho cuidado o les falta un agua, y hasta puede que ambas cosas. ¿De dónde querrían que hubiera salido la cornada? En la política española no se mueve ni una pluma de gorrión sin que Pedro Sánchez lo autorice. El hombre ha logrado convertirse en alfa y omega de la política, cenit y nadir de su partido, salsa de todos los guisos, caudillo –con perdón- y césar indiscutido por los suyos. En los últimos seis años todo lo que se cuece pasa por sus manos, y nada que pasa por sus manos sigue siendo igual. Todas las direcciones llevan a Sánchez, y de él parte todo lo bueno y malo que sucede.
Después de regresar de su retiro de hombre enamorado, con las pilas más cargadas que nunca tras recibir la adhesión inquebrantable de los suyos frente a la plaza de oriente de Ferraz, la ocurrencia de desviar la atención de su asuntillo de familia, tirando de la renuencia a pagar impuestos de Alberto González Amador (de profesión novio), no podía ser sino una fantástica idea suya, tan fantástica que ha achicharrado por el camino al Fiscal General y sus colegas más batracios, a varios miembros (y miembras) del sindicato de lacayos de Moncloa, al triste Lobato, que pasaba por allí, y -si me apuran- pudiera ser que hasta al ministro más renuente, candidato sanchista a perder las próximas elecciones en Madrid.
El auto que pone negro sobre blanco toda la historia es de factura elegante y coherencia narrativa: el juez Hurtado cita a declarar al fiscal García Ortiz, como sospechoso de haber revelado los tejemanejes del novio de Ayuso, y cita por el mismo delito de revelación de secretos a la fiscal jefe de Madrid, Pilar Rodríguez, y al el teniente fiscal –el hombre de confianza de Alvarone– Diego Villafañe. Dice el juez que los tres “de manera coordinada” pudieron ponerse de acuerdo para revelar “secretos o informaciones reservadas, relativas a otro ciudadano, de los que habrían tenido conocimiento por razón de su oficio o cargo y que no deberían haber sido divulgados”. El magistrado señala La Moncloa como destino principal del correo confidencial cuya filtración investiga y precisa que desde Presidencia del Gobierno se quiso hacer “uso político” del mensaje en cuestión, en el que la defensa del novio reconocía ante la Fiscalía que Alberto González Amador había cometido dos delitos fiscales, que estaba dispuesto a reconocer para negociar una condena menor. El juez explica que una vez enviado el correo con la ‘confesión’ del novio de Ayuso a Presidencia del Gobierno, se envió a Juan Lobato, para que el entonces portavoz socialista en la Asamblea de Madrid, lo usara para montar una escandalera. Lobato recibe el correo de Pilar Sánchez Acera, mano derecha del hoy ministro Óscar López, por aquél entonces jefe de Gabinete de Pedro Sánchez. vía el correo con el documento confidencial a Lobato. La asesore de Oscar López advierte a Lobato que tenga cuidado con los datos personales, pero que el documento “se puede sacar”.
Y ahí fue donde falló la genial idea: Lobato es inspector de Hacienda y sabe que usar el correo si no ha sido publicado previamente es un delito. Pregunta entonces a la mandada de Oscar López si se ha publicado ya, porque si no, va a parecer que se lo ha pasado el fiscal. Como le dan largas, comprende que no se ha publicado, y decide que él no va a ser el primero en usarlo. Según el auto, en Presidencia deciden pasarle el correo a un medio afín –al Plural– donde se publica con los datos personales tapados. Ese correo ‘censurado’ será el que utilice Lobato en la Asamblea, aunque cuando se lía parda, el hombre decide protegerse registrando los guasaps originales en una notaría, y a partir de ahí su carrera como líder del socialismo madrileño se estampa definitiva e irremediablemente. Sánchez lo sustituirá precisamente por el ministro Oscar López, jefe de su gabinete en Moncloa desde el 2021 al 2024 y jefe –también- de Pilar Sánchez Arena, a la que se llevará con él al Ministerio de Transición Digital y Función Pública, cuando Sánchez le coloca de ministro pocos meses después de la filtración. Un tipo de absoluta y total confianza, probablemente clave en toda la historia. Sánchez sabe cómo mantener a los suyos.
Aún así, a pesar de la obviedad de lo ocurrido en el trasiego de informaciones y secretos revelados, los jueces del Supremo han sido muy cuidadosos, muy respetuosos, y señalan no a Sánchez, sino a ese ente indeterminado que es La Presidencia, el lugar donde Él mora, y dónde se toman por Él todas las grandes decisiones. Al no señalar directamente al Número 1, los jueces dan pie al sacrificio wagneriano de sus lacayos, habituados a ejercer de cortafuegos cuando haga falta. Como este Ábalos sufriente de los últimos días, reconvertido de nuevo oportunamente en portador de las esencias. Otros nuevos irán cayendo. Uno a uno. Mientras el PP se escandaliza, porque esto es como el café de Bogart en Casablanca: ¡Aquí se juega! Mucho. Todos los días. Cada vez más.














