Adiós

por | 31 diciembre, 2022 | A babor

Es tradición despedir los años que se van con fanfarria de felicidad renacida y liturgia de adviento. La idea es que la muerte de lo viejo permite renacer lo nuevo, y esa percepción está fijada a las tradiciones de despedida de ciclo desde la noche de los tiempos. La prensa de masas nos acostumbró a ver el año que se agota como un anciano decrépito, y al nuevo como un niño con ganas de vivir. En realidad, los ciclos anuales son un puro artificio: no tienen nada que ver con nada, ni con el tiempo, ni con la vida, ni siquiera con las estaciones. Lo razonable sería empezar el año con la primavera, cuando la naturaleza decide ser más benevolente y adelanta el crecimiento de las cosechas dormidas durante el invierno. Un buen comienzo.

Pero tanto da que sólo a los chinos se les haya ocurrido acercarse con su año nuevo al primer solsticio, aquí estamos los demás a lo que estamos, y de lo que se trata ahora es de recordar este año de las mil desgracias, este año que nos trajo la primera guerra de devastación en Europa desde la Segunda, entre dos países que hasta hace no tanto –un instante en términos históricos- convivían bajo la misma bandera. Suele ocurrir que los odios más desaforados se producen dentro de la misma familia, entre los socios de cualquier equipo o los militantes de una facción política. Pero lo de Rusia y Ucrania es diferente: sean o no sean parte ambas naciones de un pasado discurrir común, el odio desatado está llegando al paroxismo. Supongo que si se hace balance del año, eso es posiblemente lo que más pesa en el platillo de lo negativo. Pero frente a eso hay que ver el otro lado, y no hablo del heroísmo guerrero o la capacidad de resistencia de los ucranianos (entre los héroes y los mártires, siempre he sentido más aprecio por los segundos), hablo de los miles de europeos comunes y corrientes que han abierto sus puertas a siete millones de exiliados por la guerra, a los gobiernos que han optado por no cerrar sus fronteras y a las decenas de miles de personas que han expresado su solidaridad no con quienes se matan entre ellos, sino con quienes intentan sobrevivir a la locura de una de las guerras más absurdas que se recuerden. 

¿Ha sido 2022 un año terrible? Pues es difícil decirlo, sobre todo si no te ha caído un dron iraní o un avión kamikaze ruso sobre la cabeza: es verdad que la guerra ha disparado la crisis energética y que la inflación del precio de alimentos desasosiega hasta al más desahogado. Pero también es cierto que al dejar de manar el petróleo y el gas ruso, los gobiernos empiezan a tomarse muy muy en serio la producción de energías alternativas, capaces de reducir la velocidad del calentamiento planetario. Inversiones para el transporte del Sur al Norte de hidrógeno verde y gas argelino, y el inesperado adelanto noticioso sobre la fusión nuclear: energía inagotable y muy barata al alcance de la mano y de todos los bolsillos en menos de una generación. ¿Será verdad? ¿O será otro espejismo propagandístico en un año de trampantojos y mentiras? Yo quiero pensar que es la noticia del año y del siglo, el gran avance que no veremos los viejos pero salvará in extremis al planeta y en cien años librará a la Humanidad de todas las esclavitudes, excepto de la del aburrimiento.  

Y luego está lo de China: ese millón de muertos previsibles que dejará el penúltimo coletazo del Covid, tras cambiar de raíz las políticas de covid cero. Las bolsas de todo el mundo han reaccionado con alborozo y ganas de marcha a la decisión de los autócratas. Y es que los ancianos chinos que caerán como moscas, a Wall Street se la traen al pairo. Cunde el miedo a nuevas mutaciones y Occidente se mesa las barbas por lo que pueda llegar. Pero el Covid ya está aquí, al lado: sólo en estos peñascos, doce muertos y 800 contagiados nuevos entre el viernes de la semana pasada y ayer. ¿Volverá el covid a protagonizar nuevas matanzas? Nadie lo sabe. Nadie nos habla de ello. Pero ha salido Ayuso a pedir controles en los aeropuertos y todo el mundo se ha puesto muy nervioso.

2022 se va. Crucemos los dedos: estamos en Canarias, y aún a tiempo de ser invadidos por marcianos iracundos antes de que suenen las doce campanadas.