«A izquierdista no me gana nadie»

por | 26 septiembre, 2026 | A babor

Maricarmen en su casa, horas antes del desahucio.

Maricarmen tiene 87 años y ha vivido 71 en la misma casa. El miércoles salió de ella en camilla. Algunas imágenes son tan poderosas que convierten una injusticia en algo de lo que resulta imposible apartar de la vista. Su desahucio ha hecho visible, de golpe, la angustia de quienes no pueden pagar un alquiler, no encuentran otra vivienda y sospechan que el próximo caso podría ser el suyo.

Por eso, este Gobierno oportunista, tan pendiente de lo que opine la gente, habla de que estamos ante un punto de inflexión y Sumar exige que el martes se apruebe el decreto de vivienda y se produzca la  expropiación de la casa de Maricarmen, esa misa que ayer la empresa propietaria, anunció poner a disposición del Ayuntamiento de Madrid para que se pueda resolver el problema. El de Maricarmen es solo un caso más entre las decenas de miles de casos que se producen todos los años, pero se produce en un momento muy especial y ante las cámaras de televisión. Y provoca un terremoto emocional que contagia incluso el lenguaje del presidente del Gobierno cuya policía desalojó a Maricarmen de su vivienda. Sánchez ha reaccionado metiendo en la misma frase el concreto sufrimiento de esa desvalida anciana y el aticazo de la Ayuso. Son respuestas calculadas a situaciones emocionales, que habrá que juzgar por su contenido, su viabilidad y sus efectos. Porque toda esta prisa repentina por resolver los desahucios, invita a preguntarse qué ha ocurrido para que hiciera falta una anciana en una camilla, después de años de crisis inmobiliaria, para descubrir que el problema requería respuesta urgente.

Y no todo es hacer frente a la situación de la vivienda. De hecho, en el PSOE se enfrenta otra causa de inquietud: las protestas por la vivienda evocan el 15-M, aquel momento en que una parte de la sociedad dejó de confiar en los partidos tradicionales. Nadie sabe si esta reacción es el inicio de algo semejante. La comparación no es un pronóstico, sino una advertencia: cuando el malestar encuentra un símbolo y sale a la calle, los partidos pierden el control. Y esta vez quien gobierna es Sánchez, no Rajoy. Lleva ocho años en Moncloa y comparte el Ejecutivo con una izquierda que empieza a preguntarse cuánto más puede justificar su apoyo al Ejercutivo. Ada Colau ha llegado a plantear que Sumar lo abandone si el PSOE no responde. El riesgo para los socialistas no consiste solo en recibir críticas de la oposición. Reside en que sus propios votantes escuchen, desde la izquierda, que el Gobierno ha tenido tiempo para actuar y ha esperado demasiado para decidirse a hacerlo.

La reacción de Óscar Puente ofrece una pista de cómo pretende afrontar el PSOE esa presión: en su disputa con Sumar ha proclamado que “a izquierdista no me gana nadie”. Es una frase muy propia del ministro: desafiante, concebida para circular por las redes y más pendiente de situarse en la bronca que de explicar una política. También revela el temor a que otros ocupen un terreno que el PSOE considera únicamente suyo.

Vamos a asistir en los próximos meses a una desatada competición por ver quién exige la medida más rotunda, quién señala con más fuerza al buitre y quién demuestra mayor indignación. Sumar necesita acreditar que su presencia en el Gobierno ha servido para algo, más allá de sueldos y canongías. El PSOE necesita impedir que Sumar, Podemos o los movimientos de vivienda se presenten como los únicos dispuestos a defender a los inquilinos. La expropiación de la casa de Maricarmen se ha convertido en exigencia pública de los ministros de Sumar, antes incluso de que exista acuerdo en el Consejo de Ministros.

Los desahucios necesitaban una solución mucho antes de que Maricarmen ocupara las portadas y los informativos. Las decenas de miles de desahuciados que no han salido en la tele también precisan recibir ayuda. La política de vivienda debe servir a todos, y no agotarse en la historia que ha estremecido al país. De poco va a servir que el PSOE nos monte un ‘Aquarius’ de la Vivienda, si no tiene continuidad.

La izquierda a la izquierda del PSOE tiene ya una causa capaz de devolver a los enfadados a las calles. Puede recuperar iniciativa, y el PSOE parece que entiende el peligro que eso supone. De ahí la creciente radicalización –verbal, al menos-  de su discurso: más consignas, más urgencias, más acusaciones de falta de sensibilidad contra cualquiera que cuestione sus propuestas. Es la tentación de un partido que teme mucho más perder votos por su izquierda que ser incapaz de resolver los problemas de la nación.

Después de ocho años gobernando, la indignación socialista parece impostada, y no basta ya como explicación. Puente podrá entrar en todas las discusiones de internet que quiera, y hasta ganarlas. Pero Maricarmen ya ha salido de su casa. La pregunta para el Gobierno sigue siendo qué hizo antes de que la viéramos salir y qué hará ahora para resolver su problema y también el de quienes no tienen una cámara esperando en el portal.