Las patas cortas de la mentira

por | 31 octubre, 2024 | A babor

No consigo procesar que pudo haber llevado a Ángel Víctor Torres, con una imagen trabajada durante años de persona sensata y respetable, a mentir en una comisión de investigación del Congreso. Habría sido infinitamente más sencillo reconocer los hechos, admitir que habló con Koldo García (alguien muy vinculado al Ministerio y al Partido, un “ejemplo para la militancia,” al decir de Sánchez) y que este le trasladó la opinión del Ministro sobre lo que había que comprar y a quien. Habría sido también sin duda mucho mejor reconocer que se entrevistó con Ignacio Díaz Tapia, explicar que le interesó el proyecto de los PCRs y quiso saber más. Pero eligió mentir. Lo único que se me ocurre es que lo hizo porque le podía la mala conciencia. Quizá pudo pensar que admitir plegarse al interés de su partido, de Ábalos o de Sánchez, o aceptar recomendaciones de un compañero, era impropio del cargo de Presidente.

En un mundo sin pandemia y sin urgencias, probablemente lo fuera -impropio, inadecuado, no necesariamente delictivo- pero establecidos los mecanismos de emergencia previstos en las leyes, y admitida la dificultad real para localizar epis, mascarillas, respiradores y utillaje sanitario, creo que todos habríamos sido capaces de considerar la excepción y entender un comportamiento con perfiles más instrumentales que neutrales. Pero él prefirió mentir. Ocurre con algunos hombres que acaban por creerse la propia historia que ellos mismos inventan, acaban apurando hasta la última de las gotas del frasco de sus discursos. Hay que estar muy puesto de confianza o de superioridad para no darse cuenta de que las cosas que se dicen todos los días en esta feria de las vanidades que es la cosa pública, no son ni mucho menos la realidad. La realidad está cuajada de intereses y contradicciones, de privilegios y canonjías que nos marcan y marcan nuestras decisiones. La vida no es tan aséptica, ni tan perfecta, ni tan mirada como nos gusta creer.

Por supuesto que en el desempeño de la política -como en todo- actuamos movidos por intereses, empezando por los nuestros, basados en la ideología, el deseo de medrar y la ansiedad de permanecer. Cuando un presidente o un ministro apuestan por algo lo hacen porque esperan que eso favorezca su propia visión de cómo deben ser las cosas. Los políticos locales procuran que sean empresas locales las que prosperen a la sombra de sus decisiones, creen que los equipos de gobierno funcionarán mejor si en ellos está la gente leal, la que conocen, con la que han compartido experiencias y proyectos. Y diariamente hacen todo lo posible por conjugar intereses y legalidad, amistades y procesos de selección, elecciones y deseos. En una sociedad más razonable que este Monipodio de miserias, admitiríamos que un cierto margen de maniobra es no solo inevitable sino incluso conveniente para que las cosas ocurran.

El problema de Ángel Víctor Torres es que optó por creerse la idea inmaculada y pluscuamperfecta creada por sus asesores de imagen, empeñados en presentar a un alcalde de pueblo con algo de retranca y algo menos de discurso, en un tipo sin mácula ni defecto alguno, una suerte de semidiós homérico, impecable y perfecto, incapaz de cometer un error tan razonable y humano como el de coleguear con un militante encumbrado por sus relaciones con el poder, que luego les salió rana a todos. (O no)

Por eso, Torres nos mintió al decirnos que no había hablado con Koldo porque, aunque lo que dijo pudiera ser verdad (que no habló de palabra, que siempre se comunicó por mensajes), mintió al no reconocer que su contacto con él era intenso, casi íntimo.

Pero un presidente no trata sobre millones cobrados o pendientes de cobro, con un asesor, sin saber que ese asesor tiene interés en la empresa contratada. Un presidente no acepta la recomendación de Koldo de reunirse con un empresario que quiere vender PCRs utilizando un protocolo que ha inventado -y es cojonudo y le gusta a todos- si no tiene interés en ser útil para que el asunto salga. Un presidente no pasa el teléfono de su consejero de Sanidad a un desconocido, ni se reúne con un tipo y luego miente y dice que no le pone cara, después de llamarle para explicarle que ya tiene medio convencido al ministro.

Torres, como Sánchez y algunos otros, miente. Solo sospecho por qué lo hizo: quizá porque vivimos en un momento en el que la verdad carece de prestigio, y a efectos prácticos tiene cada vez menos importancia. Por eso nos mienten inflando el pecho e impostando la voz para jurar que nunca harían lo que han hecho. Mienten porque aspiran a pasar inmaculados a la Historia, cuando apenas son personajillos menores de un drama que los golfos de siempre, los que ni esperan pasar a la Historia, ni tienen el más mínimo interés, recrean en la desmesura de la tragedia, mientras engordan sus cuentas corrientes.