Enfrentar lo imposible

por | 01 noviembre, 2024 | A babor

Pasado lo peor, realizada ya la primera y siniestra contabilidad de la tragedia, continúa sin descanso con la búsqueda de desaparecidos. Se supone que son muchos, y cuando aparezcan los cuerpos perdidos, el catálogo infame de personas fallecidas será mucho más dramático. Los daños son desastrosos y sus consecuencias se harán sentir durante meses, marcando con una herida profunda los pueblos devastados de Valencia y Alicante. De momento, la reconstrucción se enfrenta a la necesidad de abrir una decena larga de carreteras cortadas, para volver a conectar -entre sí y con la civilización- zonas aisladas por el agua, el lodo y los corrimientos de tierra. Infraestructuras destruidas o muy dañadas, hospitales y centros de salud cerrados e inservibles, escuelas y colegios inundados, desabastecimiento generalizado de agua potable, centrales eléctricas que no funcionan y han dejado a 100.000 personas sin luz, cuarteles de la Policía y la Guardia Civil inhabitables, estadios y polideportivos anegados por el barro y los despojos… hay muchísimo que hacer por delante, además de prestar atención a las personas que lo han perdido todo, incluso a sus familiares, amigos y vecinos.

Desde octubre de 1973, ya en los últimos años del franquismo, no se había producido una catástrofe atmosférica de tanta envergadura. Hace medio siglo, lluvias torrenciales inesperadas arrasaron el interior de Murcia y zonas de Andalucía, provocando la muerte de 300 personas. Muchos pensamos que en la España de la modernidad y el desarrollo no se volvería a vivir jamás un drama similar.

Nos equivocamos: no hay tecnologías predictivas, ni sistemas de emergencia, ni organizaciones de voluntarios que puedan enfrentarse a la potencia desatada de la naturaleza.  No es una cuestión de efectivos o de recursos disponibles. Si de algo han servido las miles de imágenes recogidas autónomamente por reporteros vocacionales durante la noche del desastre, es para demostrar que frente a la fuerza desbordada del agua, no hay nada que ofrezca garantías de evitar la tragedia. Punto.

Eso no significa que  las cosas no podrían haberse hecho muchísimo mejor. Un aviso más imperativo y convincente, un mejor seguimiento de las recomendaciones por la ciudadanía, más medios desplazados a los lugares más afectados, podrían haber contribuido a salvar algunas vidas. Pero no habrían evitado completamente la tragedia.

Las sociedades asimilan de distinta manera los acontecimientos funestos o terribles. Lo correcto en casos tan dramáticos como este sería ayudar entre todos a producir una catarsis que nos inste a aprender, a colaborar, a responder como comunidad ante los acontecimientos luctuosos. Lo inútil es lo que se está haciendo: abrir un precipitado debate sobre responsabilidades, dando por hecho que cada vez que algo malo ocurre, alguien debe cargar con la culpa. Nuestros dirigentes no son demasiado buenos a la hora de enfrentarse al daño, pero en el miserable deporte de tirarse los muertos a la cara están bien entrenados y siempre dispuestos a jugar. El cruce de acusaciones entre el ministro Marlaska y algunos dirigentes del PP, intentando endosarse unos a otros las responsabilidades de esta tragedia es solo una demostración más de que el nuestro es hoy un país enfermado por la política y por la estrechez de miras de nuestros políticos, incapaces de dejar sus pleitos de lado cuando de arrimar colectivamente el hombro se trata. Aquí lo único que arriman los que mandan es el ascua a su sardina. Siempre.

Frente al ejemplo de los miles de efectivos inmediatamente movilizados por el Ejército, los responsables directos de la seguridad nacional parecen más interesados en mantener la bronca que en ayudar en las tareas de rescate de los desaparecidos, y en el desescombro y limpieza de las decenas de pueblos arrasados.

En Canarias hemos vivido muy recientemente una situación catastrófica -afortunadamente con una sola víctima mortal- que provocó destrozos y pérdidas gigantescas a los vecinos de la isla de La Palma. Aunque se movilizaron importantísimas políticas de ayuda, las promesas de reparación no lograron llegar a todo el mundo, y aún perviven situaciones dramáticas que no han sido resueltas. Pero La Palma es a pesar de errores y carencias, un ejemplo de respuesta extraordinaria por parte de las instituciones y la opinión pública. Tuvimos suerte: una catástrofe icónica, convertida por los medios televisivos en espectáculo de sobremesa, que motivó un interés constante de los políticos, al menos mientras duró el espectáculo de los medios. En Lorca, arrasada en 2011 por un brutal terremoto que se llevó por delante a una decena  de personas, sepultadas bajo sus viviendas derruidas, y dejó sin vivienda a centenares. Aún se esperan ayudas para la reconstrucción que jamas llegarán. Probablemente eran otros tiempos. Ojalá en estos no se repita lo ocurrido entonces, mientras los políticos se culpan recíprocamente  de su incapacidad.