28. Las torres de Camila

por | 30 diciembre, 2008 | Papel quemado

Descubrí esos libros de Piyi salvados del fuego –apenas pintados por una fina película de hollín- ya en la primera inspección del paisaje de negruras desoladas tras el desastre. Me alegré muchísimo al encontrarlos. Sobrios, supervivientes, elegantes en su limpieza. Pero tarde algo más de una semana en meterme con ellos: quería hacerlo un día feriado, para que Carlota y Camila me ayudaran a rescatarlos del todo.

Al final fue un sábado por la mañana, y también vino Daniel. Ellas llegaron protestando a coro, como suelen, porque querían ver no se qué culebrón adolescente en la tele. Estuvieron currando unas horas, cada una a su estilo. Yo intenté dirigir la faena: primero instruí a mi cuadrilla –a Dani también- en el arte de devolverle la dignidad al libro sucio, explicando a los tres como aplicar la vieja técnica que tantas veces me vieron usar las niñas al llegar los domingos a casa con libros comprados en el rastro. Para empezar, hay que separar los libros cuyas cubiertas pueden ser lavadas de aquellos a los que sólo se les puede soplar y hacer la vista gorda. La mayoría de los libros anteriores a los setenta, las ediciones de Austral, las novelas de Plaza y Janes, son difíciles de limpiar. Se deshacen en contacto con el agua. Pero muchos de los libros modernos pueden lavarse, casi todos los encuadernados en tapa dura, los plastificados o los que llevan una capa de barniz. Se limpian con una esponja húmeda con agua y jabón, restregando fuerte pero muy despacio, procurando no manchar los bordes con el hollín y suciedad de la portada y el lomo, que es siempre lo más perjudicado. Después, se frotan con un paño levemente humedecido y luego se les pasa otro empapado en alcohol, que evapora muy rápidamente y los deja tersos y brillantes. No hay que pasarse restregando mucho con el alcohol, porque puede levantar los colores y manchar la cubierta. El truco está en saber apretar lo justo. Como en casi todo en la vida…    

Intenté montar una cadena de producción, reservándome yo el trabajo con el alcohol, pero no hubo manera: Dani prefirió ocuparse de una vieja colección apenas tocada de Nueva Dimensión, perfectamente plastificada y de color negro, y se puso a ello en una esquina. Le dejé hacer. No había peligro.

A Carlota también: pasa bastante de los enjuagues y prefiere entretenerse leyendo. Ojea los libros y parece perderse en cada uno de ellos. Tiene en las manos ‘Una noche sin luna’ de Dai Sijie, lee la contraportada en voz alta y yo la imagino viajando hacia China, perdida en propios pensamientos, sin importarle en que recóndita montaña viven Balzac y la costurera. Tarda diez minutos, lee también la solapa, pregunta de qué va la historia, de dónde es el autor y si lo he leído, y luego repite el mismo ritual con ‘Dos Vidas’, de ‘Vikram Seth’ o con ‘El infinito…’ de Gioconda Belli. Eso me permite una larga disertación sobre el fracaso del sandinismo, y mis experiencias en Nicaragua que obviamente no le interesa a nadie. Carlota me interrumpe cuando cuento como conocí a Violeta Chamorro, preguntando por la extraña coincidencia entre ‘Si esto es un hombre’, de Primo Levi  y ‘Siete días para una eternidad’, de Marc Levy. Quiere saber si debe hermanar en el apellido a los dos autores. Casi me enfado con ella.

A Carlota le gustan mucho los libros, sobre todo los de fantasía: creció leyendo las andanzas del niño mago Potter, pero a sus quince años ha empezado a virar hacia otras latitudes del género. Le gustan las historias de vampiros, por supuesto ha leído ya toda la saga adolescente de Stephanie Meyer, pero también el ‘Drácula’ de Stoker, que su madre le regaló al cumplir los quince y leyó fascinada de un tirón, o la historia de ese niño con el pijama a rayas que ardió por segunda vez en el incendio de casa, después de que la maldad lo convirtiera en humo en Auswithz. A Carlota le gustan todos los libros, incluso algunos que no debería leer todavía. Pero lo que no le gusta nada es limpiarlos…

Mientras ella zanganea pasando un trapo sobre los que le han tocado, su hermana Camila ha montado ya su propio departamento de producción en cadena, y me ha convertido en su esclavo. Ha vaciado las estanterías, ha preparado las cajas de cartón para guardar los libros y los ha ordenado por colecciones, tamaños y autores. A su lado sostiene, una torre amarilla y gris con libros de Anagrama, ‘Los girasoles ciegos’ en la cumbre. Aquí otra torre con libros de Tusquet, todos de color negro, y otra más con los de Maeva. Y allá una pequeña montaña con textos de Doris Lessing, y otra con tres libros de Don DeLillo y otra con la obra publicada en España de Patrick Modiano y otra más con libritos de bolsillo de Coetzee y Pamuk. Y allí, apoyada sobre una pared y en imposible equilibrio, una enorme torre hecha a base de amontonar cosas variadas e inclasificables, de la que asoman impúdicamente el ‘Diario de una ninfómana’ y ‘Confesiones de un burgués’, la autobiografía del húngaro Sandor Marai, uno de los autores favoritos de Piyi.

Incorporo nuevos libros enjabonados a las torres de Camila, y ella me pide cada vez más marcha, mirándome seria y circunspecta con su paño húmedo. Es precisa e inagotable como un reloj, y práctica en todo lo que hace. En todo. Verás: el mismo día 26, ya casi de noche, con los bomberos aun apagando el fuego, fuimos a casa de Verónica a contarles a las niñas lo que había ocurrido. Me preocupaba mucho que vieran las noticias en la tele –o que las viera alguna amiga y las llamara- antes de haber hablado con ellas. Cuando acabé de contarles, Carlota, un poco excitada, preguntó si se habían quemado todos los libros de su abuelo. “Sí, todos”, le dije, y ella no pudo evitar un mínimo sollozo. Me volví entonces hacia Camila, que me miraba con esos enormes y serios ojos suyos, y amagaba con decir algo. “Sí, Camila, dime…” Y ella: “Oye, papi… ¿y tienes un buen seguro?” Así es Camila: cumplió trece años este 24 de diciembre.