18. La cuadrilla

por | 18 diciembre, 2008 | Papel quemado

Me duelen las manos. Esta mañana me he levantado con los dedos agarrotados y la extraña sensación de ser algunos años más viejo de lo que era anoche cuando me acosté. Y es que hasta hace no tanto, podía pasarme días haciendo cualquier trabajo manual sin resentirme. De hecho, siempre me ha gustado trabajar con las manos: es una forma de justificar mi absoluto y malsano desinterés por cualquier deporte. Soy un desastre: desde que el viejo tuvo que renunciar a salir en el barco, el único esfuerzo cotidiano que hago es caminar cuando voy al trabajo. Antes le acompañaba los miércoles y también algún que otro sábado. Ahora él no va nunca a su barco, y yo menos.

No rechazo el trabajo doméstico: me gusta ordenar cosas, disfruto limpiando, reciclando, reutilizando… me gusta reparar objetos y darles una nueva oportunidad. Quizá por eso, me he quitado de en medio estos días y me he dedicado a la tarea de restregar los muebles del tercer piso, que se han salvado todos, aunque están bastante irreconocibles, bajo una capa de hollín y humo grasiento. Sigo intentando quitarles la negrura y el olor a chamusquina. Y estoy cansado de hacerlo, pero no quiero dejar de hacerlo. El trabajo físico tiene para mí algo de feliz expiación: cuando era niño mi madre solía ponerme a trabajar en casa –sobre todo pintando, recuerdo enteras mañanas de sábado albeando macetas en el patio de mi madre-. Lo hacía cuando cuándo ella quería castigarme por alguna fechoría,  pero también conseguía ilusionarme encargándome pequeños trabajo siempre que se le antojaba. Me encantaban aquellas mañanas currando en solitario. Y me sigue gustando. Pero ya no tengo catorce años. Por eso, después de unas horas frotando, o cargando muebles, me duelen las manos y los codos y es posible que también la espalda.

Me consuelo sabiendo que eso no va a durar mucho, porque hoy se ha incorporado a trabajar la cuadrilla de Pionolere. Los ha buscado mi hermana, son cuatro obreros de una empresa de construcción de La Orotava que iba a reformar la casa de Pepa en Buenavista. Incluso en estos tiempos de crisis es muy difícil conseguir rápidamente quien haga un trabajo sin saber exactamente en qué va a consistir ese trabajo, ni cuánto va a durar. En una demostración de amor fraternal que no será correspondida, Pepa ha renunciado a seguir con la restauración de su casa para que yo pueda empezar el desescombro de mis miles de libros quemados, y la demolición de las estanterías, los tabiques y los falsos techos, antes de que decidan caerse de una vez. Hay que ponerse a hacer todo eso deprisa, intentar actuar ahora, cuando aún estamos todos un poco trastornados por el desastre y dejamos hacer a quien sabe lo que hay que hacer sin incordiar demasiado.

Y mejor que se haga pronto: hace sólo dos días, mientras hurgaba intentando buscando el corazón de papel blanco de una inservible biografía de Poe, me quedé mirando fijamente la biblioteca del pasillo, conservada casi intacta en su réplica de carbón, y tuve la extraña ocurrencia de pensar en barnizar a pistola sobre los libros renegridos y quemados y dejar que esa siniestra presencia me acompañe para siempre. La de esas estanterías y esos libros achicharrados, pero conservados perfectamente alineados uno tras otro por su propia presión, es una imagen de una belleza sobrecogedora y fantasmal. Cuando los miro me duelen los ojos –más que las manos-, de la misma forma en que me dolieron al contemplar el desorden vital y tremebundo del fuego de los gats de Varanasi o la extraña y peculiar belleza de los abarrotados bidonville de Saguia el Amra o a la cara sonriente de los chicos perdidos que se ofrecen a los turistas en los alrededores de los hoteles de Bankog.

Por suerte, hoy ha llegado la cuadrilla y saben perfectamente lo que tienen que hacer. Mañana mismo, la imagen de todos esos libros cuidadosamente amortajados por el fuego será sólo parte de mis peores –y más queridos- recuerdos.