¿Y ahora?

por | 21 diciembre, 2022 | A babor

Lo único que nos faltaba era tener la certeza de que políticos y jueces conspiran y trapichean sin decoro ni mesura sus operaciones de poder, se acusan mutuamente de golpismo y despelotan al Estado con intenciones perversas de dominio y sabotaje del adversario. 

Es cierto que el origen de todo este daño a la legitimidad del sistema está en decisiones antiguas: lo que ahora nos ocurre es el resultado casi obligatorio de que los altos magistrados que componen el tribunal de garantías de la nación lo integren dos cuadras partidarias, perfectamente entrenadas y obedientes, disciplinadas y sumisas, incapaces de actuar con la autonomía y prestigio que se les reclama. Los jueces que llegan a los tribunales más importantes o a las altas instancias de la magistratura lo hacen ya marcados a hierro y fuego por los partidos que los eligen y nombran. No son, como se dice eufemísticamente, conservadores o progresistas, de derechas o de izquierdas.  Son simplemente, del Gobierno o de la oposición, según toque, y -en la mayor parte de los casos- meros peones entrenados para responder al juego político. Están para hacer lo que se les dice que hagan, por eso al final, quienes son presentados por el Gobierno o por un Parlamento cautivo de estrambóticas mayorías, para entrar en el Constitucional o en el Consejo General del Poder Judicial, suelen ser ex ministros o funcionarios de alto nivel de la administración, gente de probada lealtad perruna a quienes -a cambio de esa fidelidad- se les busca acomodo.  Se espera que sean cumplidores y obedientes. 

La separación de poderes tiene sentido como herramienta de vigilancia de unos poderes a otros. Pero en este país esa separación no existe más que sobre el papel, el Parlamento es un juguete domesticado, la Justicia está tan politizada en sus alturas que no queda ya ni rastro de independencia, y el Gobierno, gracias a los desmanes de la nueva política, ha acabado por responder a una suma matemática donde lo de menos es con quienes se cuenta en la suma, si sirve para sostener al Gobierno. 

En España resulta muy improbable que pueda ocurrir algo parecido a lo que sucedió hace dos dias en el Congreso de Estados Unidos, donde dos parlamentarios conservadores apoyaron la causa penal contra el ex presidente Donald Trump.  Aquí se vota a la orden y punto pelota.  En la política española se premia la obediencia muy por encima del talento o el prestigio, y los discursos y propuestas se definen desde una sumisión al liderazgo partidario, radicalizada en la descalificación del contrario, que conduce directamente a la polarización, el enfrentamiento y la deslegitimación. 

El desprestigio de esa forma de ejercer la política -extendida a todos los niveles- ha acabado por contaminar también a la judicatura, acusada impunemente de golpista por quienes ayer convocaban a las masas para asaltar el Congreso y hoy -ya apoltronados en sus escaños- se proclaman defensores 

acérrimos de la independencia parlamentaria. El desafío a la democracia no ha cambiado, solo que ahora se dirige al único estamento  que aún no han logrado controlar del todo. Los mismos que ayer asaltaban el Congreso para alcanzar el cielo, hoy piden rebelarse contra las decisiones judiciales, incumplirlas. Y mientras  eso hacen desde Podemos, el PSOE amaga con bordear todas las líneas rojas para que Sánchez se salga con la suya….  Hay quien cree que Sánchez ha sido derrotado por el Constitucional. En realidad, es solo una derrotita de nada: él ha cumplido ya con sus socios indepes , y la decisión de paralizar la reforma del Código Penal en el Senado le proporciona munición electoral para continuar dividir y enfrentar a medio país con el otro medio. 

En cuanto a la crisis institucional, la verdad es que las opciones de solución son pocas: con Sánchez a seis meses de hacerse con la presidencia europea, es poco probable que Bruselas acabe por señalar  como improcedente, inadecuado o impropio el comportamiento de  su Gobierno. Quizá insistan en la necesidad de un Poder Judicial independiente, elegido  mayoritariamente por los propios jueces. Pero eso no va a contener al sanchismo, en absoluto. Volverán a intentarlo. Y no van a tardar mucho en hacerlo: moverán ficha mañana.