Velar por el país

por | 26 diciembre, 2023 | A babor

La fragata F82 Victoria de la Armada, en la misión Atalanta contra la piratería

No voy a referirme al discurso del rey, sino a las reacciones que ha suscitado: apoyo a sus palabras por el PSOE, el PP, Vox y Coalición Canaria, y rechazo por parte de Sumar y los partidos independentistas, que de forma unánime se han referido al discurso como una intervención dirigida en exclusiva a los principales partidos nacionales. Desde el independentismo catalán se ha dicho también que el discurso es una invitación “a la discordia”, una mera reiteración del que pronunció tras el referéndum ilegal del 1 de octubre, la aplicación del 155 y el fracaso del procés.

En esencia, no debería resultar extraño para nadie que el rey haga sus discursos pensando en lo que une al país –la Constitución- y no en lo que lo divide, incluyendo la amnistía, a la que –por cierto- ni siquiera se refirió. Los discursos del rey son fruto de un trabajo colectivo, en el que participa el Gobierno. No es que Sánchez pueda vetar los contenidos del discurso del rey, pero siempre se intenta que encaje, que no resulte beligerante con el Gobierno. De eso se trata. Y eso es lo que ha ocurrido en este último. Es probable que a Pedro Sánchez le hubiera interesado una intervención real más neutral, quizá menos intensa en la defensa de la Constitución del 78 y la independencia judicial, de la realizada por el rey Felipe.  Pero todo lo que dijo la noche del día 24 es legítimo y asumible.

Lo que debiera resultar chocante no es que el rey y el Gobierno intenten moverse dentro de sus respectivas competencias institucionales, conciliando posiciones, sino que los dos grandes partidos que representan a más de la mitad de los votantes de este país no lo logren prácticamente nunca, y menos que nunca, cuando sería razonable ponerse de acuerdo para formar un gobierno unitario que defienda las mismas cosas. Desde hace meses, cuando los resultados electorales colocaron a Pedro Sánchez en la tesitura que poner su Gobierno en manos de partidos que rechazan la Constitución y son clara y abiertamente contrarios a la Corona, se produce la chocante paradoja de que el PSOE coincide más con el PP que con sus socios, especialmente en asuntos de carácter constitucional, o en cuestiones internacionales. Sin embargo, el PSOE acaba por desmarcarse de sus posturas tradicionales, para evitar ofrecer una imagen de desunión en el Gobierno.   

Uno de los asuntos en los que ha ocurrido eso ha sido el reciente veto de Sánchez a la intervención europea en el Mar Rojo, contra los hutíes, un grupo guerrillero próximo a Hamás y Hezbolá, financiado por Irán y en guerra desde hace años con el gobierno yemení, que ahora utiliza ataques contra navíos comerciales occidentales para bloquear el acceso al canal de Suez.

El veto de Sánchez a la UE, planteado por cuestiones de política interior, acabó saldándose –tras una llamada telefónica del presidente Biden a Sánchez que duró 30 minutos- con una solución en la que España no veta la intervención de la UE, pero si se niega a la participación española, para evitar el rechazo de Sumar y los indepes. Sánchez, que acabó por cambiar su posición inicial contraria al apoyo armamentístico a Ucrania, imponiéndose a sus socios, no ha podido hacerlo. Su posición es ahora mucho más débil, y el asunto no es baladí: Sánchez asume un coste importante –para él y para la credibilidad de la política internacional española- en este asunto, en el que Europa esperaba que España apoyara una ampliación de la operación Atalanta contra la piratería, responsabilidad de la Armada española, que habría permitido una rápida respuesta europea a la misión liderada por EEUU.  La fórmula pactada, “no intervenir pero no vetar la intervención”, implica un retraso de semanas en la incorporación europea a la operación de la Navy, y el mantenimiento de un bloqueo que ya calienta el mercado del crudo y encarece la llegada a Europa de mercancías producidas en Asia. Sánchez ha recibido el agradecimiento explícito de las milicias hutíes por no intervenir, y de paso la gélida aceptación de su decisión por EEUU.

Europa se pregunta cómo es posible que el Gobierno español ceda ante la presión de sus apoyos minoritarios, incluso en cuestiones de política internacional, en las que se mantiene desde hace décadas una cierta tradición de consenso entre los dos grandes partidos nacionales. La respuesta a esa pregunta es doble: por un lado, la debilidad del Gobierno de Sánchez. Y por otro, establecer como prioridad absoluta la supervivencia personal del presidente. Sánchez no ha prestado atención a la reflexión del rey Felipe en su discurso: “Las instituciones deben velar siempre por el buen nombre y el respeto a nuestro país”. Debieran velar, si. Otra cosa es que lo hagan.