Unas cuantas lecciones

por | 08 marzo, 2022 | A babor

“Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases”, han dicho los jóvenes comunistas del ministro Garzón, en un cartel sobre la guerra de Putin, en el que son bombas de la UE y la OTAN las que caen sobre Ucrania. El cartel resume bastante bien la ficción embustera que mantiene hoy la extrema izquierda comunista y podemita sobre lo que de verdad está ocurriendo en Ucrania. Porque esto no es una guerra entre pueblos, sino una guerra imperialista y de exterminio, no muy distinta en su argumento principal de las guerras coloniales del XIX, o -en sus técnicas-, de la guerra de destrucción total desatada por los nazis contra Polonia y la URSS en 1939. Para los cachorros del nuevo PCE, y para los listorros de Podemos, la segunda parte de la sentencia es la que cuenta: la paz sólo es buena cuando sirve a la ideología que se profesa. La paz no es un bien universal, es un instrumento que es legítimo obviar si conviene a la lucha de clases. A estas alturas y con lo que nos ha caído en el último siglo, los jóvenes comunistas (y también sus mayores) desprecien la paz inútil y aplaudan la guerra útil a su visión del mundo. Ya en 2014, mientras los rusos tomaban Crimea, Pablo Iglesias calificaba de neonazi al gobierno ucraniano y aplaudía sin fisuras la primera intervención rusa. Ahora, con miles de personas asesinadas, con ciudades arrasadas a sangre y fuego, ya no se puede decir exactamente lo mismo, claro. Ahora hay que pedir diálogo. Es curioso que esta panda de repartidores de credenciales de democracia sólo retenga del eurocomunismo la tendencia a vestir pijo.     

La sangrienta invasión de Ucrania y su corolario de desgracias para los ucranianos primero, para los rusos después, y para los más desfavorecidos del mundo, los que pagarán como siempre el pato de la escasez, está al menos sirviendo para retratar al personal. No es que Europa y el mundo occidental vayan a salir de rositas en el retrato, pero al menos esta vez la foto no queda demasiado borrosa: las democracias liberales se han puesto de acuerdo, han cerrado filas en contra de la barbarie de Putin, aunque eso de meterse a pelear en serio no nos motive mucho. Cobardía, se llamaba antes de las ojivas la figura, aunque es real que ahora Occidente tiene buenas excusas para la prudencia. Pero quienes están quedando pesimamente en la foto de esta guerra son los populismos señoritos de Europa, desde el melenchonismo francés y sus imitadores locales de medio pelo, hasta el extremismo identitario catalán –capaz de apuntarse incluso a este salvaje bombardeo-, pasando por los de la cultura autárquica y autoritaria, esas extremas derechas que sienten vértigo y fascinación ante los gobiernos fuertes, las políticas de palo y tentetieso, y (también) los rublos recién planchados.

En estas casi dos semanas, todos ellos han inventado un nuevo discurso, que supera ampliamente la imbecilidad en los carteles de la juventud comunista y la roza en los enjuagues del extremismo. Esta guerra, nos dicen, no es un atropello asesino a la libertad y la independencia de Ucrania, un combate imposible en términos militares, sino un ballet entre iguales que debiera resolverse en esas mesas de negociación a las que Putin manda a sus comparsas a entretener el tiempo mientras masacra cínica e impunemente a las mujeres y niños que intentan escapar de las ciudades arrasadas. Esas mismas mujeres que hoy quizá no cuenten con la empatía de género que necesitan. Porque tratan de vendernos la misma equidistancia que defendieron frente al terrorismo etarra, el fanatismo talibán o la asfixia criminal de la nación venezolana. Pero no cabe equidistancia aquí. La única opción decente es elegir entre las víctimas y el verdugo, y la única política posible frente al diálogo de los cañones es el compromiso en la defensa armada de un país –Ucrania- que lleva desde el Maidán demostrando su voluntad de ser Europa.         

Es probable que Ucrania tenga esta guerra militarmente perdida, aunque mientras tanto, no para de obsequiar al mundo con unas cuantas lecciones. Sobre el poder de la voluntad y el patriotismo, tan distinto al que esgrime Iglesias cuando sueña con ser el Otelo Saraiva de una nueva ‘Revolución de los claveles’. Sobre la brutal deshumanidad del zar psicópata. Y también, sobre el mito de su ejército invencible.