Charla en la Feria del Libro de La Laguna
Hay pocas formas más agradables de usar el tiempo que pasear entre libros. Supongo que pertenezco a una especie a extinguir, que aún adora los libros de siempre, su tacto, su olor, el polvo de los siglos que se acumula sobre algunos de ellos y la frescura primaveral de una obra recién escrita por una autora desconocida. Lo digo sabiendo que el tiempo de los que amamos los libros se está agotando con rapidez. Vivimos en medio de una ofensiva para cambiar la experiencia de leer por la de ver, un tiempo que quiere sustituir la lectura por la experiencia digital, y lo va consiguiendo a más velocidad de la que muchos pensamos nunca que podría ocurrir. Pero no quiero –y menos hoy- ofrecerles otro sermón pesimista. Amar los libros requiere de cierto optimismo de fondo, y de una liturgia muy especial, que yo celebro también los domingos, con la misma constancia infantil con la que de niño acudía a dejarme superar por los misterios de la iglesia. Casi todos los domingos salgo de casa con destino al rastro chicharrero, con la intención de mirar, quizá de encontrar un título concreto, acabar detenido ante una portada, hojear un ensayo del que no había oído hablar nunca o leer las primeras páginas de una novela escrita por alguien a quien no conozco. Entre la quincalla y la moda de baratillo, todavía se encuentran unos pocos libros en algún rincón perdido del rastro, y en esos paseos, los lectores recuperamos la costumbre de la sorpresa, que la urgencia y la saturación de lo obvio nos va quitando.
Ayer no fui al rastro. Subí a la Feria de La Laguna, a enfrentarme al placer secreto y cómplice del lector. Un placer multiplicado, porque la feria vuelve a ser un éxito y cada año mejora. Para los que sentimos pasión por la lectura, una feria empieza en las mesas de las librerías. En el paseo sin rumbo, la recomendación de un librero, el libro inesperado. También en comprobar la carrera de los nombres conocidos y la sorpresa de otros que empiezan a abrirse camino. Produce satisfacción especial una voz nueva, un texto que nos invita y sentir que en él anida una historia que quiere ser contada. La literatura necesita lectores decididos a explorar, dispuestos a dejarse ir y ofrecer al que escribe esa primera oportunidad.
La feria lagunera empuja en esa dirección. Es verdad que la presencia constante de público, el encuentro entre profesionales y lectores y la variedad de oferta han convertido este encuentro con los libros en el más importante de Canarias. El Cristo reúne en su plaza durante unos pocos días todo lo que las islas escriben, editan y leen. Pero lo hace sin alharacas, sin esa petulancia que define a los grandes eventos librescos, con una familiaridad provinciana que nos hace olvidar lo que ha costado llegar hasta aquí. Este año participan treinta librerías y otros veinte expositores entre editoriales y entidades, con más de ochenta autores que presentan obra nueva y una programación que supera las doscientas actividades. Son cifras que hablan del crecimiento de una convocatoria dirigida a la minoría inmensa que ama leer. La feria hace posible que autores y lectores se encuentren, que una editorial pequeña dé a conocer su catálogo y que los libro publicados en Canarias tengan la oportunidad de hacerse visibles también fuera.
La recuperación de una feria con verdadera vocación regional ha sido una aspiración por la que el sector del libro lleva años trabajando. En un archipiélago, reunir esa comunidad exige vencer distancias que se miden en dinero, desplazamientos y dificultades de distribución. Hay libros que apenas consiguen salir del barrio donde se publican. Hay excelentes autores, conocidos en su entorno inmediato, que siguen siendo desconocidos un poco más allá. Una feria regional ayuda a cruzar fronteras interiores y a reconocernos parte de una misma vida cultural.
La Laguna ha conseguido dar continuidad a un proyecto cuyo mérito corresponde a libreros, autores, editores y organizadores, que han sostenido un empeño irreductible, y también a un ayuntamiento implicado que ha permitido recuperar y consolidar para la ciudad este espacio de conocimiento y saber. La colaboración funciona cuando cada cual sabe lo que puede aportar y mantiene su compromiso más allá de la foto inaugural.
No parece casual que este pequeño éxito irreprochable haya ocurrido en La Laguna. Supongo que es una de las ciudades donde más se lee en Canarias. Por gusto y también por obligación: es sede universitaria. Las facultades, las bibliotecas y la tradición de estudios humanísticos han contribuido a mantener una relación cotidiana con los libros fuera de las aulas. Pero además, La Laguna sigue siendo una de esas ciudades en las que entrar en una librería forma parte del paseo. La Laguna conserva eso. Las librerías de La Laguna, El Águila, Lemus, El Paso, Tenifer… siguen abiertas cuando se desmontan las casetas. Los autores continúan escribiendo y las editoriales preparan cada vez más títulos. El entusiasmo de estos días tendrá recorrido si nos acompaña el resto del año, si seguimos acudiendo al librero para comprar un libro, pedir una recomendación, o interesarnos por un autor que hemos descubierto en las redes.
Nos queda un día de Feria, y el placer de la búsqueda. Para el lector, pocas cosas prometen tanto como las páginas que aún no se han abierto.














