Todo lo que haga falta

por | 16 diciembre, 2022 | A babor

En medio de la mayor bronca parlamentaria que se recuerde en años, con una sociedad atónita ante el uso torticero por parte de su Gobierno de los recursos legislativos, Pedro Sánchez ha dado un paso más allá de lo asumible en la deslegitimación de la democracia española y de su sistema constitucional. Lo ocurrido ayer en el Congreso y el Tribunal Constitucional demuestra que el Gobierno de la nación no responde ya a los intereses generales del país, que sus acciones sólo persiguen su propia supervivencia, y que la única estrategia del PSOE para hacer frente a la rebelión catalana consiste en sumarse a ella, encubrirla, camuflarla con una sistemática ocultación de las palabras (por ejemplo, ya no haremos un referéndum, sino una consulta), ordenando una perversa chapucería legislativa, con el uso reiterado de leyes ordinarias para modificar leyes de mucho mayor calado.

El Gobierno responde a quienes se oponen a su entrega a los que pretenden romper el país y construir algo así como una futura federación republicana de Estados ibéricos (o como se les ocurra llamarla) con la descalificación de cualquier instancia, institución, grupo o persona que cuestione la sumisión sanchista a los independentismos catalán y vasco.

Sánchez es un político sorprendente: se presentó a las elecciones garantizando que no pactaría con Pablo Iglesias porque no podría entonces dormir tranquilo por las noches, y pactar con él fue lo primero que hizo. Aseguró que jamás, jamás, se apoyaría en Bildu para gobernar: y gobierna en Navarra apoyado en Bildu y las políticas de su Gobierno son sistemáticamente respaldadas por el voto de esa gente. Prometió no indultar a los secesionistas, y ya lo hizo, sin dar al país ni una mísera explicación. Dijo que endurecería las penas por el delito de secesión, y acaba de hacerlo desaparecer –“Es magia”, nos vacila Rufián- del Código Penal. Y por si fuera poco, después de ganar la censura que le convirtió en presidente cabalgando sobre la denuncia de la corrupción, ha disuelto el delito de malversación para que los delincuentes que malversaron para crear una república independiente en Cataluña, queden libres de polvo y paja. Por no hablar de esa chapucera diarrea legislativa de su Gobierno, pariendo leyes que provocan la salida de violadores a las calles, y que ahora quiere resolverse manipulando la ley del aborto.

Y a cualquiera que censure estos comportamientos se le fulmina desde el Gobierno, el PSOE, sus socios y la corte de corifeos apesebrados, con la acusación de ser fachas enemigos de la democracia. Da igual que se trate de políticos con ideas diferentes (ignorados si son del propio partido, hasta que del ostracismo se pase a la liquidación pública), o de ciudadanos que no entienden ni soportan la acumulación de falsedades y mentiras a que nos ha sometido el sanchismo, o de periodistas que se limitan a contar lo que ven que ocurre –como Vicente Valles-, o de jueces, médicos, fontaneros o coleccionistas de postales.

El Gobierno cree que media España es facciosa, y en esa media incluye a miles de dirigentes, militantes y votantes del propio PSOE, incapaces de procesar el viraje de Sánchez al populismo tropical. Uno pensaría que el hombre se ha dado un golpe en la cabeza al tropezar con la Historia, a la que cree haber logrado incorporarse por haber tenido la valentía de desenterrar los huesos de un dictador muerto hace medio siglo. Habría que haber visto al valiente hace cincuenta años, en fin. Pero –muy al contrario de lo que lo que piensa mucha gente de buena voluntad-, lo que está ocurriendo en los últimos meses no es fruto de una cadena irresponsable de decisiones, sino de una estrategia perfectamente orquestada. Sánchez está cocinando con la ayuda de los fogones del presupuesto más inflado de la historia de España, un caldo preconstituyente, una sopa con tropezones rupturistas, con el único objetivo de poder sostenerse en el poder.

Intenta deslegitimar todo lo que no es su propio deseo de seguir, actúa como un liberticida, calificando de golpistas a todos los que no piensan como él. Sabe que la ola a favor de un cambio de Gobierno crece, y sabe también que sólo podrá mantenerse en un pacto a fuego con los grupos claramente anticonstitucionales. Le preocupa poco lo que vayamos a perder como sociedad en este camino. El destrozo que el Gobierno ha provocado al Tribunal Constitucional, fraccionándolo hasta conseguir su propia incompetencia, sin el más mínimo escrúpulo o rubor, demuestra hasta donde está dispuesto a resistir este resistente: todo lo que haga falta. Y quizá aún más allá.