Fernando Clavijo embronca al PSOE durante el Pleno de ayer en el Parlamento de Canarias
Si el reglamento del Parlamento de Canarias fuera más laxo, ayer habrían volado cuchillos en vez de insultos. Pero portar armas no es ya tradición parlamentaria. Dejó de serlo en 1936, porque antes Sus Señorías solían cargar tanto hierro que acabó por establecerse que tuvieran que dejar las pistolas y navajas en la entrada. Parece broma, pero es verdad, y está el patio que parece que vamos de nuevo hacia eso. Ayer tuvimos una sesión parlamentaria cargada de rabia, acusaciones de traición y un cabreo general que empieza a parecer más contagioso de lo que se creía. Hasta los del ‘modo canario’ parecían considerar reacciones asesinas. El debate fue una ciénaga, con dos elementos centrales: la propuesta sanchista de financiación singular para Cataluña, y el señalamiento del malvado propicio, que esta vez tiene nombre, acento y carné canario: el ministro Torres. El cruce de acusaciones fue brutal.
Se habló de traición, de Judas, de cobardía institucional, pero Torres calla, como hizo con las mascarillas, o cuando el Gobierno incumplió la sentencia del Supremo sobre los menores que solicitan asilo. Cada vez que los intereses del jefe colisionan con los de Canarias, su reacción es siempre la misma: silencio sumiso. Es más ministro que canario, más militante que representante público, más sanchista que servidor del archipiélago.
Y esta vez lo que está en juego no es una reforma fiscal cualquiera: es el principio sobre el que se construyó el sistema autonómico, la base misma del Estado descentralizado. Si Cataluña logra su financiación a la carta, todas las demás regiones quedarán subordinadas a la misma lógica: recibirás según tu peso político, no según población o necesidades o tu insularidad. Canarias, la más vulnerable de todas, será la más perjudicada.
Por eso hay tanta desconfianza y sospecha por el acuerdo secreto entre Sánchez e Illa, un acuerdo para contentar a ERC y garantizar la investidura de un socialista en Cataluña. La indignación se extiende como una mancha de aceite, incluso a las otras dos comunidades gobernadas por el PSOE, Castilla-La Mancha y Asturias. El rechazo al acuerdo es comprensible, y –por desgracia- no responde a una cuestión moral o filosófica, sino práctica: si Cataluña se queda con su recaudación (y por ahí van los tiros), el resto de las regiones pierde. Pierden los extremeños, los andaluces, los castellanos, los gallegos, los asturianos… y por supuesto, perdemos –como siempre– los canarios.
El factor de cabreo añadido es que esta vez, quien defiende y articula por encargo de Moncloa el éxito de ese atropello. es Torres, ministro de Política Territorial y jefe de los socialistas canarios. Torres ha decidido seguir la hoja de ruta que su jefe: salvar el cuello cueste lo que cueste. No debería sorprender mucho la entrega: no hace tanto se sometió a las instrucciones de su partido -en este caso del ministro Ábalos- cuando tuvo que comprarle mascarillas al lugarteniente Koldo. A Koldo le confesó que recuperaba el sueño, después de pagar lo último que el Gobierno debía de sus compras fraudulentas. Hoy es Cataluña quien recibe trato de lujo en la financiación autonómica, porque lo ordena Sánchez. Y Torres, obediente como entonces, se entrega a cumplir las instrucciones. No es solo que no proteste, como hacen otros colegas suyos, conscientes –como él- de lo que significa sacar a Cataluña de la Caja Común. Es que se ha convertido en avalista y gestor comercial de un sistema que va a golpear directamente la financiación de Canarias. Su responsabilidad como expresidente de las islas no es menor, sabe perfectamente lo que está en juego. Como ministro, conoce el alcance de una operación que termina de desmontar al Estado en Cataluña. Como socialista y como canario debería oponerse a un sistema que permite a los territorios y ciudadanos más ricos del país quedarse sus impuestos para gastarlos en lo que quieran. Es repugnante alcanzar un acuerdo, en el que no se conocen las condiciones que acepta Cataluña para cumplir con lo acordado. Sólo se sabe que España renuncia a cobrar impuestos en la región, desmantela la autoridad fiscal y deja que sean los catalanes quienes decidan como cumplirán su parte del trato. Eso a Torres debe parecerle una minucia, pero es clave en este insensato desastre. Lejos de defender los intereses de las islas –como hacen sus colegas García-Page o Lambán, Torres prefiere asegurar su continuidad en el Consejo de Ministros, que Canarias pierda, si hace falta, que el REF se vea comprometido, que se fracture el modelo de solidaridad nacional. Lo importante, ya se sabe, es no renunciar al coche oficial.
Clavijo ha hecho lo que puede hacer: convocar un pacto entre todos los agentes políticos y sociales de las islas contra el cupo catalán. Lo ha hecho en términos duros, con palabras hirientes -“nos roban el futuro”-, y ha retado al PSOE a elegir: “¿Están con Canarias o con su partido?”. Es una pregunta pertinente, aunque en los días próximos se confirmará que los socialistas isleños siguen a Torres. Es improbable que aparezca alguien dispuesto a defender esta tierra sin mirar primero a Ferraz.
Si el PSOE de Canarias no rompe con esta deriva, será cómplice de nuestra futura pobreza. Si no exige a Torres que se abandone el Consejo de Ministros, quedarán retratados.














