En un combate de boxeo, hay dos formas de pelear: una es golpeando fuerte al adversario, hasta dejarlo KO. La otra es defenderse de los golpes, resistiendo y aguantando la paliza. A veces se produce la sorpresa de que alguien con capacidad de aguante consigue ganar, por puro agotamiento del contrario. Pero es difícil ganar si uno sólo se defiende. Y más aún cuando le caes antipático a todo el público.
Eso es lo que le ocurre a Koldo García. Aparentemente es un mozarrón fuerte, un cortador de troncos con energía y capacidad de aguante, demostrada en lances como pasarse la noche despierto, vigilando los avales de las primarias de su entonces señorito, el candidato Pedro Sánchez. Pero Koldo ya no cuenta con la simpatía de nadie: ha dejado de ser un ejemplo para la militancia (esa frase perseguirá a Sánchez toda la vida), y ha perdido a su público tradicional, a unos porque se sienten traicionados por su comportamiento golfo, y a otros porque temen ser traicionados si a Koldo le da por cambiar su sistema de defensa –negarlo casi todo- y se pone a contar lo que sabe.
En esta pelea, Aldama tiene todas las de ganar, básicamente porque parece no tener ya nada que perder: por mucho que colabore con la justicia, pasará bastantes años en prisión, pero en el combate con Koldo cuenta con muchas ventajas, y eso que es un alfeñique al lado suyo. Cuenta Aldama con la simpatía de la mitad de patio, que ha decidido olvidar que el gomina es el gran corruptor de esta historia, porque –vaya usted a saber por qué lo ha hecho- el hombre ha asumido que le toca morir matando. En un país como el nuestro, en el que casi nadie acude a votar porque le gusta lo que vota, sino para fastidiar a los que no le gustan, un tipo decidido a vengarse y hacer todo el daño posible, se ha convertido en una suerte de héroe popular para muchos. Un David canijo y corrupto que golpea con saña las canillas del Estado, del que se aprovechó vilmente durante los años peores de la pandemia, mientras la gente se moría por las esquinas sin remedio ni consuelo.
A mí Aldama no me cae ni un pizco de bien. Confieso que incluso me cae peor que Koldo, dispuesto (al menos de momento) a sacrificarse lealmente, sin señalar a ninguno de sus jefes y mentores, que ya lo han dado por amortizado y entregado a las fieras. Koldo me resulta un personaje trágico, un hombre sin muchas luces, arrastrando por los hoteles más lujosos de España los tres sobres con dinero de su jefe Ábalos: la pasta personal, las dietas del partido y las del ministerio, decidiendo primorosamente en cada caso como pagaba las copas. Un tipo que aceptó su rol de medianero, probablemente con mucha hambre antigua, y fue corrompido fácilmente en los ajetreos y facilidades del poder. Aldama es todo lo contrario, un pisaverde con ínfulas de empresario, siempre endomingado y repeinado, experto en hacer rendevus y genuflexiones a la gente que manda, sacarse fotos con ellos, mercar sonrisas y agradecimientos, pastelear por cortes y salones, pasear bronce y relaciones por los trópicos, acompañar damas en sus viajes y reuniones a cuenta del Estado, hacer y cobrar favores, untar gentilmente a cualquier comemierda que se deje, abrir puertas discretas, cambiar sábanas de otro si se tercia y resulta necesario, y cobrárselo en oro macizo, en contratos públicos, en medallitas de hojalata (porque es además un pijo de cuidado) y en activos de futuro.
En realidad, ninguno de los dos –Koldo y Aldama, Aldama y Koldo- resulta siquiera un poco fascinante: el socialista es apenas un miserable sinvergüenza, y el empresario un sinvergüenza miserable. Pero es verdad que Aldama tiene un público del que Koldo carece, y además su paseo por este ring ofrece espectáculo y morbo: lo tiene fácil para ganar el combate. Pero no porque esté contando con un guion primoroso lleno de giros sorprendentes y fogonazos de suspense, escrito a cuatro manos con su abogado -un tipo muy competente- para contar, de lo que realmente pasó la parte que más conviene. Yo creo que Aldama va a ganar porque ha logrado que esta historia repugnante parezca una historia divertida, en la que solo falta que entren en escena un obispo -Ábalos daría bien con sotana- o un juez que decida desencriptar ese móvil encriptado que se ha convertido en el terror de los tiempos.
Es la historia que cuenta Aldama una historia con todos los ingredientes del sainete nacional, incluyendo los vicios y truculencias de un sarao con marca de la casa, estilo Tito Berni. Frente al recorrido milagroso de Aldama por las espesuras y trastiendas del poder, el silencio culposo de Koldo no puede ganarle ni un puñetero round. Aldama pasará sin duda a la historia conventual de la política española, como el tenor que cantó la decadencia del sanchismo, y su inesperada épica del sepuku será aplaudida a rabiar por las derechas y –también, no lo duden- por algún damnificado de Moncloa, que antes no era precisamente de derechas, y ahora no sabe/no contesta.














