José Miguel Garrido y Paulino Rivero, en el Heliodoro
No me gusta el futbol. No conozco a José Miguel Garrido, el hombre que no puede pisar España, al decir de Rosa Dávila. Ni tampoco al nuevo mirlo blanco de la afición, Rayco García, protagonista de la épica historia de traición y gloria que nos han contado estos días. No tengo credencial alguna para escribir de este asunto, pero si lo que ocurre en el Tenerife fuera una historia de ficción, diría que algo no encaja en el guion de este golpe de estado.
Una historia en la que al final, los socios de Garrido le han hecho una monumental pirula y el presidente que nada presidía se ha inmolado para que le sustituya alguien dispuesto a jugarse los dineros. Toda cruje de cansancio: más allá de sus archiconocidos problemas en el césped, el Club vive desde hace tiempo una crisis de identidad que no se reflejan sólo los números, también la percepción de la hinchada, que hace no tanto percibía la incorporación de Garrido –aquel ‘hombre providencial’ aportado por Paulino Rivero en una de las operaciones políticas más estúpidas que recuerda la historia del Club- como la garantía de un proyecto ambicioso y triunfal. Sólo unos meses después, todo se derrumbó como un castillo de naipes bajo el peso de las expectativas creadas. En el Heliodoro, más que fútbol, se respira desde entonces una mezcla de frustración y resignación. Derrotas continuadas y una alarmante incapacidad para revertir marcadores adversos destaparon las grietas de un proyecto que ya nadie calificaba de sólido. Los números no mienten. El Tenerife se despeñó en una constante de semanas sin ganar.
La directiva hizo lo fácil: descargó la responsabilidad sobre el entrenador. Pero el problema del representativo es estructural. Con el dueño ausente, resolviendo sus problemas con el fisco, las decisiones de despacho han dejado al equipo sin una identidad clara. Fichajes que no encajaron, un juego predecible y la incapacidad de ver el balónen el campo, convirtieron cada jornada en una montaña rusa emocional para la afición. El Heliodoro dejó de ser trinchera para ser losa: una grada inapetente, cada día más vacía, más harta, la paciencia agotada, los jugadores dispersos, el vestuario sin rumbo.
En ese contexto, con el equipo condenado al descenso, se fracciona la directiva, y comienzan las maniobras. El tipo que vino a salvarle el culo al equipo, a retirar a ese dirigente divisivo y turbio que es Miguel Concepción y a integrar un grupo de jerarcas locales incapaces de rascarse el bolsillo, se le descubre de pronto como el delincuente que era y hay a sacar con cajas destempladas. Y comienza el baile que hemos vivido: las deserciones, ordenadas de una en una, el teatrillo de las sorpresas y el cambio fulminante de directiva. Se logró atrayendo a la operación al principal responsable histórico de la debacle: Miguel Concepción, el hombre enfrentado ya a todo el mundo, alejado ahora del político al que convirtió en presidente, cambia en el último momento y se coloca del lado de los que rompen y dan la campanada. Todo sucede en un contexto de falta de sintonía con la afición, de guerra interna y de transición del poder poco clara.
Pero lo más sorprendente es lo de Rayco García, el joven condottiere que ha decidido enfrentarse a la etapa más delicada de la historia reciente del Club, rascándose el bolsillo y poniendo ocho kilos suyos sobre la mesa, para comprar una nueva mayoría y gobernar lo que todos los indicios apuntan como la ceremonia de un entierro.
El futbol profesional es un negocio de ricos y osados. En el hacen historia los Gil, los Ramírez, los Concepción, los Aldama. Cuando alguien sin coraza para protegerse los riñones se mete en el avispero, o es un listo o un loco. Hasta ayer, cuando le cogieron al despiste con los calzones bajados, Garrido era el listo. Y yo me temo mucho que lo siga siendo, que aún no se ha escrito el final de esta historia. Que los nuevos/viejos directivos tengan las de perder, con un equipo que no se sostiene, una apuesta económica sin músculo detrás, y un ambiente societario que recuerda el Chicago de la noche de San Valentín.
Rayco García ha hecho sin duda la apuesta de su vida, es un tipo con bemoles, pero dentro de unos meses, cuando el equipo termine de hundirse, la política se desinterese y sus compis de conspiración le pidan que responda, le va a tocar sudar la gota gorda.
A mi no me gusta el fútbol, y es probable que se me note más de lo que debería permitirme. Pero yo habría dejado morir a esta panda de colegueo que le ha comido las entrañas al Club, yo habría cerrado de un portazo la sociedad, la habría dejado caer y sólo después habría empezado de nuevo. Quizá con gente como Rayco, no sé. Pero no con la curia de siempre. No sería la primera vez que se hace. Y a veces –alguna- empezar desde cero ha funcionado.
Cuando todo se hunde, no es mala idea soltar lastre.














