Sapo nuevo

por | 26 octubre, 2023 | A babor

Puigdemont exige a Sánchez reconocer que Cataluña es una nación. Inicialmente, el prófugo de Waterloo exigía que ese reconocimiento figurara en la Ley de Amnistía que el PSOE se ha comprometido a presentar. Pero eso no es posible, porque hasta los más sanchistas del Constitucional dejaron claro que no hay manera de aprobar la Ley si se plantea en esos términos. La aceptación deberá por tanto ser tan sólo paralela a la aprobación de esa amnistía que era inaceptable para Sánchez y sus ministros hasta que de aprobarla dependió su continuidad en sus cargos.

Si Cataluña es o no es una nación resulta –obviamente- un asunto en discusión: para los nacionalistas lo es, faltaría más, y para los no nacionalistas no lo es. El debate ideológico sobre lo que significa ser una nación es rico, profundo y complejo: aún no está claro si todos los estados modernos son una nación, aunque sí está mucho más claro que todas las naciones no son un Estado… pero esa es una cuestión más discursiva que práctica. El problema no es que calificación define a Cataluña, sino lo que implica desde el punto de vista práctico esa calificación.

Que Cataluña sea una nación –algo que defienden centenares de miles de catalanes que se movilizan en la Diada reivindicando esa idea- no debiera ser un problema, sólo debiera serlo si se acepta que esa declaración implica sostener la idea de que los catalanes tienen una identidad propia, diferente a la del resto de los españoles, y por ello tienen también derechos distintos.

En la práctica, si el presidente de todos los españoles acepta que Cataluña es una nación diferente a España en su pacto de gobierno, lo que estaría aceptando es que los catalanes indepes tienen el derecho de avanzar por las vías que estimen convenientes y necesarias en dirección a la secesión. Sería probablemente la primera vez en la Historia en la que el presidente de un país que se rige por una constitución, reconoce que su país son en realidad dos países distintos. La segregación sería entonces inevitable.

Tal cosa no lo ha reconocido ni el Estado de los belgas, con dos comunidades con identidades perfectamente definidas y distintas, la flamenca y la valona, y una ciudad –Bruselas- que funciona como un compromiso entre ambas comunidades y al mismo tiempo como capital de Europa, el continente de los compromisos, los acuerdos y los consensos. Que Sánchez incorpore en su programa de Gobierno –que no tiene rango de ley- que Cataluña es una nación, es sólo un truco para que esa definición, planteada por los nacionalistas como parte del articulado de la Ley de amnistía, figure en un acuerdo político, no en las propia Ley. Y es que si figurara en la Ley, ni Conde-Pumpido se atrevería a bendecir la amnistía desde el Constitucional.

Al final lo que queda es la percepción de que entre el prófugo y el presidente en funciones han montado un zoco negociador en el que caben mangoneos y rebajas de todo tipo para lograr lo que de verdad se pretende: Sánchez quiere el voto indepe para ser investido y seguir mandando en el país el tiempo que el cuerpo le resista. Y Puigdemont necesita ser amnistiado, volver a Cataluña en loor de multitudes y ganar las próximas elecciones presentándose como la Juana de Arco de la independencia catalana. No tendrá ni siquiera que cambiarse de peinado, sólo convencer a Sánchez, que probablemente esté ya decidido a conceder a su socio inevitable cualquier cosa que el Constitucional admita, y a admitir cualquier cosa que no tenga que pasar por el Constitucional.

O sea: sí a una Ley de amnistía en la que no figure expresamente que Cataluña es una nación, y sí también a un acuerdo programático, en el que el partido que fue de todos los españoles, el PSOE, se desentienda de la unidad del país por el plato de lentejas de una investidura que nace bichada. Porque es probable que ni un funambulista de las habilidades de Sánchez sea capaz de mantenerse en el alambre más allá de las elecciones catalanas. A no ser que siga haciendo concesiones cada vez más arriesgadas, como la independencia fiscal, la salida de España y del español fuera de Cataluña, las embajadas, e incluso el referéndum…

Y es que, una vez que el estómago se acostumbra a digerir sapos… ¿que más dan ocho que ochenta?