Rufianadas

por | 26 diciembre, 2022 | A babor

Franco saluda Felipe de Borbón durante sus últimas vacaciones en el Pazo de Meirás, en 1975

Para descalificar el discurso navideño del rey en el que básicamente se ha advertido de los peligros que afronta el país, y de la necesidad de avanzar desde el respeto a las leyes, la unidad y la voluntad de concordia, el diputado Rufián se ha limitado a colgar un par de tuits con imágenes. En uno de ellos –probablemente el que pretende ser más agresivo –los otros dos sólo son chistes sobre el papel del jefe del Estado- el portavoz de Esquerra ha colocado una foto de Felipe niño –tendrá unos seis o siete años- dándole la mano a Franco. “No hay que olvidar nuestros orígenes” es todo lo que escribe Rufián como respuesta al cuidadoso y necesario encaje de bolillos de un discurso navideño, en el que se ha situado el actual momento político más en la conveniencia de recordar lo que nos une, que en lo que nos enfrenta como ciudadanos.

No debe sorprender que un nacionalista de importancia a los orígenes: toda la fanfarria de los nacionalismos se basa en considerar el origen como punto de partida y explicación de la acción política. Pero en este caso, lo que subyace en la imagen que usa Rufián para deslegitimar el llamamiento del rey al entendimiento, la concordia y el consenso, más que el ‘origen’ –algo que, por cierto, no se elige- es la responsabilidad inherente al hecho de que un crío de cinco o seis años años esté dando la mano a quien –para él- probablemente no era más que un señor bastante mayor. Franco murió pocos meses después de esa foto, cuando el hoy rey Felipe no había cumplido aún los ocho, pero obviamente, eso a Rufián le importa mismamente una higa.

De lo que se trata es de aprovechar cualquier oportunidad para la deslegitimación y destrucción de la monarquía constitucional española. En esa operación, iniciada coincidiendo con la abdicación de Juan Carlos, se han aplicado en los últimos años con especial insistencia todos los socios del PSOE y todos los apoyos de su actual Gobierno. Es lógico que la posición más beligerante contra el rey –al que la Constitución atribuye –entre otras- la función de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones, y la unidad y permanencia del Estado- sea siempre la de quienes quieren acabar con el Estado –los partidos nacionalistas- o persiguen la imposición de un sistema de corte republicano, al que se accedería por un proceso revolucionario, sorteando la necesidad de modificar la Constitución.

Hace pocos meses, el junio de este año que ahora termina, y en el momento álgido del rechazo social a las revelaciones de su ex amante y del comisario Villarejo, un sondeo realizado por el instituto IMOP por encargo del periódico digital El Confidencial, desvelaba un sorprendente empate –rozando en ambos casos el 39 por ciento de los encuestados- entre españoles monárquicos y españoles republicanos. Algo menos de un ocho por ciento manifestaba sus preferencias republicanas, pero no creía que la sustitución de monarquía por república fuera urgente.  Y poco más de otro nueve por ciento condicionaba el cambio entre monarquía y república al comportamiento futuro de la Corona. El sondeo detecta también el  recurrente cinco por ciento que no contesta a la pregunta.

Desde entonces, el embate contra la figura del rey no ha hecho más que crecer de forma constante, insistiendo especialmente en su ausencia de legitimidad. Se puede ser monárquico, republicano o taxidermista. Pero parece poco riguroso calificar a esta monarquía es ilegítima, estando como está anclada en la Constitución, nuestra ley más importante, apoyada masivamente por los españoles. La ilegitimación del rey persigue en última instancia la ruptura constitucional, principal objetivo del populismo podemita, de los partidos independentistas y de Bildu; dado que sólo así podrían colocar el país ante una situación de crisis en la que fuera viable el desgajamiento territorial, y la quiebra del poder y su usurpación por una minoría política, al estilo caribeño. Lo asombroso no es que esos partidos jueguen a lo que les define y conviene. Es que el PSOE –un partido constitucional, cuyo jefe preside la Internacional socialdemócrata desde hace un par de semanas- ceda de manera sistemática ante todo lo que le solicitan los enemigos del Estado y del país. Esos socios suyos que niegan legitimidad a un rey constitucional porque en una foto antigua se le ve –con un peluche en la mano- saludando a un señor mayor.