Récord de contagios

por | 17 diciembre, 2021 | A babor

Los casos diarios de contagio por coronavirus han alcanzado cifras desconocidas hasta la fecha en Canarias. La trasmisión de la infección sigue disparada, Canarias ha batido por segundo día consecutivo su propio récord de contagios al notificar el miércoles 1.207 casos en un día, y ayer jueves casi 1.500. En menos de un mes, Canarias ha pasado de una práctica estabilidad en los contagios, a acumular casi 10.000 casos activos, de los que más de 260 se encuentran hospitalizados, casi 60 ingresados en Cuidados Intensivos. 

El Gobierno decretó ayer pasar a tercer nivel en el semáforo Covid a Tenerife –completamente desbocada en los contagios- y Gran Canaria –con poco menos de 350. Es evidente la preocupación de la gente ante la inexplicable contagiosidad de esta sexta ola, cuya curva exponencial se ha convertido en una línea vertical en los cuatro o cinco últimos días. Nadie se explica que es lo que está pasando para que con más del 70 por ciento de la población vacunada, la enfermedad siga expandiéndose imparable. Sanidad cree que el problema radica en el aumento de la movilidad en fechas recientes –el macropuente de la Constitución- para explicar este crecimiento. Sin duda puede que algo tenga que ver, pero en otros países europeos –que sólo ahora comienzan a reducir sus cifras- se produjo en las últimas semanas un crecimiento similar, sin que ellos hayan tenido celebración constitucional.

Lo que está pasando tiene que ver con varios factores: más frío, y mayor movilidad, sin duda, pero sobre todo es fruto de un exceso de confianza en la capacidad de las vacunas a la hora de embridar la enfermedad. La inmensa mayoría de las personas hemos aflojado las precauciones frente a la enfermedad, convencidos –entre otras cosas, pero no solo- por el triunfalismo del discurso público, de que gracias a la inoculación estamos protegidos. Y es verdad que lo estamos más: más seguros ante la muerte y ante los efectos adversos y peligrosos de la enfermedad, pero no ante los contagios. La estadística demuestra que con un nivel de contagios muy por debajo del que hoy tenemos, la enfermedad segó muchísimas vidas, algo que ahora no ocurre –ni de lejos- con la misma intensidad. En proporción, son muchas más las personas que pasan su enfermedad sin desarrollar síntomas, o con síntomas no devastadores, y menos por tanto los que requieren de hospitalización y tratamiento intensivo.

A pesar de la desesperación y el cansancio, todo indica que se va por el buen camino, que –en líneas generales- se ha hecho y se está haciendo lo correcto: las grandes epidemias de la historia no desaparecieron de un día a otro. Esta no es la primera vez que logramos superar la enfermedad, la humanidad se ha enfrentado a plagas y pandemias durante toda su historia: enfermedades como la peste negra, la erróneamente bautizada como ‘gripe española’, la viruela, la poliomelitis –una enfermedad que se ensañaba sádicamente con los más niños-, o el VIH. Esas enfermedades provocaron millones de muertos en diferentes épocas de la historia: causaron graves daños sociales y económicos, pero también impulsaron avances médicos y mejoras en la salud pública.

En esta ocasión ocurrirá lo mismo. Ninguna de las gripes pandémicas del pasado -quizá con la excepción de la gripe porcina de hace poco más de una década, muy reciente, por tanto, en términos históricos- fue vencida por el hombre. Al final fueron la naturaleza y el paso del tiempo los que remataron el trabajo.

La Covid acabará cediendo ante una creciente vacunación en nuestro entorno –mucho más lenta en los países del subdesarrollo- y se integrará en uno o un par de años más, como una enfermedad estacional ante la que actuar con prudencia y recelo. Cuando eso ocurra, es probable que hayan cambiado las costumbres de una generación, y la soberbia de un tiempo en el que creímos que la ciencia había logrado vencer para siempre la enfermedad. No es así: Harari no tenía razón en eso, aún estamos muy lejos de poder adelantarnos a la sorprendente adaptabilidad de las gripes y sus virus. Tendremos que aprender a vivir con temor al contagio, como ya ocurría antes de esta pandemia en los países que padecieron con mayor virulencia la gripe porcina o el MERS. Pero esta vez hemos ido muy rápido: menos de un año en desarrollar las vacunas, algo increíble. En lo que hemos fallado es en su distribución planetaria, porque somos egoístas e insolidarios, porque las vacunas requieren de mucho apoyo técnico (refrigeración, logística de transporte, sistemas sanitarios modernos), y sobre todo porque la salud sigue en manos del negocio.