Canarias ha vuelto a quedar por debajo de la media española en las tres grandes competencias evaluadas por PISA. Nuestros estudiantes obtienen 445 puntos en lectura, 442 en matemáticas y 469 en ciencias. El dato resultaría preocupante en cualquier circunstancia, pero lo es mucho más porque España acaba de registrar los peores resultados de su historia, y en Canarias estamos por debajo de una media que se hunde y se aleja de la Unión Europea y de la OCDE. Podríamos consolarnos diciendo que las islas han recortado distancias con el pésimo promedio nacional. Pero sería un consuelo torticero: no nos acercamos porque hayamos mejorado, sino porque el conjunto de España ha caído mucho más deprisa que nosotros. Es como alcanzar al pelotón después de que el pelotón se haya despeñado.
La crisis no es exclusivamente nacional. El rendimiento lector de los adolescentes se encuentra en su nivel más bajo desde que comenzaron los informes PISA, en el año 2000. La OCDE señala como causas de esta catástrofe el incremento del tiempo que los chicos dedican a sus pantallas, el abandono de la lectura por placer y una nueva forma de relacionarse con los contenidos: se lee apresuradamente, saltando de una frase a otra y de esta al final. Se busca una respuesta antes de haber llegado a comprender la pregunta.
Durante años, las administraciones presentaron la digitalización de las aulas como una modernización inevitablemente beneficiosa. Se compraron ordenadores, pizarras electrónicas y tabletas. Se sustituyeron libros por plataformas y cuadernos por pantallas. Se impusieron las aulas virtuales, los sistemas digitales de control de conocimientos, y la jerga tecnológica. La presencia de dispositivos se convirtió en una forma de medir el progreso educativo, aunque nadie se tomara la molestia de probar que repartir tecnología equivaliera a enseñar mejor. La tecnología puede ser una ayuda pedagógica. Pero los problemas comienzan cuando deja de estar al servicio de la enseñanza para convertirse en su centro. Las tabletas permiten acceder a una biblioteca universal, pero introducen en el aula la misma lógica que gobierna las redes sociales: estímulos rápidos, mensajes breves, navegación constante y una invitación permanente a saltar de un asunto al otro rápidamente, sin reflexionar en nada. Exactamente lo contrario de lo que supone concentrarse para aprender.
Muchos adolescentes pasan horas ante YouTube, TikTok o Instagram, pero son incapaces de mantener la atención durante un contenido audiovisual de diez minutos. Consumen cantidades gigantescas de información sin detenerse a procesarla. Pueden manejar aplicaciones con una velocidad asombrosa y, sin embargo, encuentran dificultades para interpretar un texto mínimamente complejo, resumirlo, distinguir una idea principal de una secundaria o construir un razonamiento propio.
No estamos formando una generación más crítica o informada, sino una generación estimulada. Deslizar un dedo por una pantalla no es leer. Localizar una respuesta en Google no implica comprenderla. Copiar un resumen producido por IA no es demostrar conocimientos. Cuando la escuela renuncia a entrenar la memoria, la atención, la lectura y la escritura, lo que hace es favorecer una formación de los alumnos basada en el uso de herramientas cuya funcionalidad los estudiantes son absolutamente incapaces siquiera de juzgar.
Sería exagerado atribuir todo el retroceso educativo que señala el informe PISA a los dispositivos. También pesan factores como el origen social, la pobreza, la inestabilidad familiar, y otros como la burocratización de la enseñanza, los constantes cambios en los planes educativos, la pérdida de autoridad del profesorado y unos programas cada vez más inclinados a evaluar actitudes mientras se rebaja la exigencia de adquirir habilidades y conocimientos. Todo eso contribuye a lo que está ocurriendo, pero sería igualmente absurdo ignorar que el gran deterioro -un avance ininterrumpido hacia el analfabetismo funcional, que afecta cada vez más a las generaciones más jóvenes de las sociedades desarrolladas- coincide con la generalización de una cultura digital diseñada para capturar la atención y convertirla en negocio.
No existen fórmulas milagrosas para enderezar esta situación. Pero si existen algunas decisiones razonables: retirar los teléfonos de las aulas, dejar de utilizar la tableta como soporte universal, recuperar el libro impreso, escribir a mano, leer textos largos, reforzar matemáticas y comprensión lectora y devolver al profesor la capacidad de exigir silencio, esfuerzo y continuidad. La tecnología debe entrar en clase cuando resulte útil, no instalarse en ella por principio. Una sociedad que pierde la capacidad de leer, de razonar y comprender, puede seguir rodeada de pantallas y considerarse moderna. Pero probablemente esté retrocediendo, sin advertirlo, hacia nuevas formas de ignorancia. Y Canarias va por ese camino algunos puntos por delante -o por detrás- del desastre español.














