Paños de vergüenza

por | 07 julio, 2022 | A babor

Yo soy un señor mayor que recuerda cosas muy antiguas, hasta de cuando vivía Franco y muchos españoles creían que ser franquista (o parecerlo) era la única opción en la Dictadura, y no una suerte de corroyente enfermedad del alma. De aquellos tiempos en los que vivíamos pudriéndonos por dentro sin saberlo, conservo en la memoria imágenes que aún hoy me cuesta entender. Una de las más extrañas era la de mi abuela, una mujer muy fervorosa, cubriendo con paños morados las tallas religiosas que tenía por toda la casa. En aquellos años lo morado no era el símbolo de las políticas de género, ni de ningún partido de izquierdas, porque el único color de la izquierda era el rojo, y el único partido de izquierdas que existía, aunque sus seguidores vivían escondiendo sus creencias, era el Partido Comunista, que había perdido la guerra y se había exiliado dentro y fuera del país.

Mi abuela no usaba la tela morada porque lo morado fuera progresista, ni feminista. Ella no sabía lo importante que es ser progresista y feminista, aunque fue una mujer generosa, entregada a los demás, fuerte, independiente y de mucho temple: nacida al principio del siglo XX, se había quedado huérfana con ocho años y había tenido que criar a dos hermanos a los que logró sacar adelante. También tuvo la mala suerte de perder prematuramente a su marido, mi abuelo, y tuvo que ocuparse entonces de mantener su casa y ayudar a sus hijos a empezar a vivir. Yo la recuerdo siempre trabajando, haciendo cuentas, cocinando dulce de membrillo con la fruta que le mandaban de la huerta, o llevándome a misa sin falta todos los domingos. Supongo que ese empacho infantil de liturgias y sermones –primero en latines, más tarde en castellano- tuvo algo que ver con que yo sea agnóstico.

En fin, les decía que una de las cosas más raras que jamás vi hacer a mi abuela fue cubrir las imágenes sagradas de la casa con trapos morados. Solía hacerlo a partir del quinto domingo de Cuaresma, empezando por los crucifijos y cruces que quedaban velados hasta la noche del Viernes Santo. Entonces, en una estudiada brujería recitaba en voz muy baja tres veces su salmodio: “he aquí el leño de la Cruz, en la que estuvo clavada la salvación del mundo”. Las demás imágenes seguían cubiertas hasta el comienzo de la vigilia de Pascua, y esa las retiraba sin ceremonia. Cuando le preguntaba por los motivos de ese extraño proceder, ella siempre contestaba lo mismo, que durante la Pasión había que proteger lo sagrado de las maldades del mundo, y que el morado era el color que simboliza el arrepentimiento de los cristianos fieles.

Ayer volví a leer que los diputados Paco Déniz y Mario Cabrera –el primero podemita, el otro coalicionero- quieren tapar los dos enormes cuadros del pintor palmero Manuel González que decoran el salón de plenos del Parlamento, con escenas de la rendición de los guanches ante los conquistadores. No es la primera vez que se plantea retirar los cuadros, pero la cosa es que no pueden salir de allí, están protegidos por la consideración de Bien de Interés Cultural del edificio de Teobaldo Power. Pero como la memoria de la historia ofende a Sus Señorías (o a algunas de ellas), Déniz y Cabrera quieren que la Mesa apruebe cubrir las pinturas durante la celebración de las sesiones plenarias.

Yo no puedo evitar recordar a mi abuela, tapando sus crucifijos, vírgenes y santos para protegerlos (sólo durante la Semana Santa) de la maldad del mundo. Sus Señorías tienen derecho a ser protegidos también de la representación de un pasado que les incomoda, y eso “es una cuestión política”, según ha explicado Cabrera, que se queja de que en uno de los cuadros se ofrezca en matrimonio a la princesa Arminda Masequera a los conquistadores, para ser casada más tarde con el toledano Hernando de Guzmán. Es historia. Y además un lance muy común entre los pueblos derrotados. Parece que el recuerdo de esas prácticas para sellar la paz, resulta hoy muy ofensivo, y que la ofensa desaparece si la tapan para que Sus Señorías no la vean. 

Y yo me pregunto por qué se ofenden Déniz y Cabrera por el pasado, hasta el punto de querer censurarlo. Mi abuela diría que harían mejor ofendiéndose un poco más por la pobreza, la desigualdad y el abandono en el que viven hoy miles de conciudadanos nuestros. Si quieren poner un paño para evitar sentir tanta vergüenza, mejor harían cubriendo de morado sus futuros sillones.