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12. Panimiel

12. Panimiel

Cuando decidimos volver, Piyi y yo nos confesamos algunas mentiras pasadas: recuerdo haberle dicho bastante avergonzado que el tiempo que estuvimos separados, las noches que Manolo dormía en casa las pasaba conmigo en nuestra enorme cama. Me alivió mucho saber que ella hacía exactamente lo mismo todas las demás noches. Manuel es nuestro único hijo común: ahora tiene cinco años para seis, y en aquella época extraña tenía tres. Su respiración a mi lado esas noches de fin de semana fue un...

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11. Políticos y no tanto

11. Políticos y no tanto

Me llaman -muy correctos, compungidos y corteses- los políticos, para darme el pésame y preguntarme si estoy asegurado. Extraña obsesión la del seguro entre los hombres públicos: ellos viven a puro salto de mata, en una revalida permanente, cada día a la espera de ser bendecidos por el cambiante apoyo ajeno y –sin embargo- les preocupa sobremanera que no tenga suscritas siete pólizas cruzadas. A veces me sorprendo ofreciéndoles prolijas explicaciones sobre el origen impreciso del incendio, la...

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10. El mapa del capitán Haddock

10. El mapa del capitán Haddock

En el último rincón del tercer piso, al final de la escalera que lleva a la finca de arriba, el jardín de cactus y la caseta de Klimt, escondido detrás de la puerta, oculto desde siempre y por pudor a las miradas ajenas, sobrevive mancillado por una capa de hollín el viejo mapa de los viajes del capitán Haddock a lo largo y ancho de este mundo. Me lo tropiezo desafiante y vulgar en la primera inspección concienzuda del desastre: “¡Ah cabrón!”, le espeto, “ha ardido todo menos tú”....

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09. Fundido en plástico

09. Fundido en plástico

No soy un gran aficionado a la música. De hecho, de los Beatles para acá –con la excepción de cuatro cantautores- todo se me antoja como  demasiado moderno. Mis hijas dicen que soy un carroza. En realidad lo que soy es un tipo cómodo: mis gustos musicales se forjaron en la juventud, por culpa de mi primera novia, que era pianista. No he logrado ir mucho más allá de la música culta, el jazz, el rock más suave y los tres de siempre, Aute, Serrat y Sabina, creo que en ese orden, aunque a...

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08. Náyade

Detrás del folclore, siempre hay alguien que hace la tarea. Seguro que al Cigala le encienden las luces, le ponen el vasito de agua (que antes era ron con cola) y le llevan las cuentas. Casi nadie sabe como se llama quien hace todas esas cosas, pero yo creo que el Cigala no tocaría ni una miaja bien si no tuviera resuelta la intendencia. La intendencia del incendio la puso Náyade, la novia de Roberto, y además lo hizo –desde sus muy ofensivos 25 años- sin que nadie se tomara siquiera la...

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07. Los amigos

07. Los amigos

Los amigos están para los momentos malos, dicen. Pero yo creo que no debe ser así siempre. Alberoni tiene un libro espléndido sobre la amistad, en el que explica los lazos etéreos pero poderosos que la sostienen durante décadas. Pero la amistad como  recurso para cuando las cosas se ponen chungas no suele durar mucho, por eso procuro no joder demasiado con mis gaitas a los pocos amigos que me quedan.          No llame a ninguno cuando la casa empezó...

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06. De madera

06. De madera

Recibo un hermoso correo de Calero, con el regalo de una entera biblioteca para sustituir la mía. La virtual librería que me manda Calero es de madera. Y los libros que contiene, también. Uno podría pensar que es la biblioteca de un carpintero, pero los carpinteros de hoy no tienen el alma de Gepeto, y su sueño no es dar vida a una marioneta, sino hacer horas extras montando cocinas de diseño. La biblioteca de madera de Calero es una obra de Manolo Valdés, que está expuesta en el Reina Sofía....

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05. Por la ventana

05. Por la ventana

Es una ventana enorme, una isla abierta al jardín y rodeada hasta el ‘día del quemo’ por un mar proceloso de libros que hacen olas por todas partes. Es la ventana que iluminaba las lecturas de Carlota y Camila, la ventana que refrescaba el aire denso y pesado de los lunes a los viernes y lo abría a la vida los fines de semana. Cuando ellas entraban en la habitación, corrían las cortinas de esa ventana y los viejos libros de su abuelo Ernesto se llenaban de la luz verde reflejada en la mimosas,...

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04. Un quemo terrible

04. Un quemo terrible

Cuando yo era un crío se empezaba antes: recuerdo que vivía como un niño salvaje en Villa Cisneros,  hasta que mi padre –un día que volvió de Las Palmas- me trajo una edición ilustrada de Miguel Strogoff. Nada más abrirlo, me impresionaron sus ojos reflejados en la espada al rojo de su verdugo. Yo tenía entonces sólo cuatro años, pero mi padre consiguió hacerme leer de cabo a rabo las andanzas del correo del zar antes de soplar las velas de los cinco. Durante mucho tiempo presumió de esa...

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03. Los que a uno le tocan

03. Los que a uno le tocan

Me produce cierto pudor decir que la última vez que los conté había amontonado más de 27.000: una biblioteca tan excesiva como ecléctica, a la que fueron a parar una parte muy importante de los libros afanados durante años de la de mi padre; más los de la gran biblioteca de Ernesto Salcedo, abuelo de mis hijas; los que se salvaron del cierre de mi primera empresa, una librería de viejo que monté con veinte años y que llevé a la ruina porque me negaba a vender la mayoría de los libros que...

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De buena tinta

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