Otra trampa más

por | 04 febrero, 2023 | A babor

Ya saben que en este inicio de año se ha sufrido una caída del empleo especialmente dura en todo el país. También en Canarias: la región comenzó 2023 con una caída de cerca de diez mil afiliados a la Seguridad Social, con relación al mes de diciembre. Es un indicio de que lo que esa alegría artificial en la que andan instalados nuestros Gobiernos –el de Torres y el de Sánchez- no puede durar para siempre. Es cierto que Canarias va mejor de lo que va el resto de España, pero cuando lo dicen no nos dicen que eso es solo consecuencia de que nosotros seguimos todavía recuperándonos de las consecuencias económicas de la pandemia, mientras que España lo logró el año pasado. Pero vivimos instalados en un engaño permanente, un uso torticero y fraudulento de las presentaciones de la estadística para colocarnos la peregrina idea de que todo va a mejor, cuando lo único que ha ido a mejor –hasta ahora, que en Europa empiezan a apretarse el cinturón- es que Bruselas nos ha dejado gastar como manirrotos. Cuando tengamos que pagarlo vamos a sufrir lo que no está escrito. Porque la nómina del gasto público se ha disparado como jamás ha ocurrido en la historia de España y de Canarias.

A principios de esta semana, un periódico tan poco sospechoso de beligerancia con el Gobierno de Sánchez, como El País, advertía que el consumo de las Administraciones Públicas se ha disparado en los últimos tres meses de año pasado como nunca antes había ocurrido. Según los datos de la propia contabilidad nacional del INE, el consumo de las Administraciones españolas aumento en 16.000 millones de euros, el 25 por ciento con respecto al anterior trimestre, el mayor incremento registrado desde 2008, el año previo al estallido de la gran crisis económica que lo cambio todo.

Pero lo relevante no es el aumento del gasto, sino lo que ha provocado, concretamente una mejoría del PIB trimestral de casi cuatro décimas. Si el Gobierno no hubiera tirado la casa por la ventana como nunca, la economía española habría retrocedido en el último trimestre de 2022 un 0,2 por ciento, en vez de crecer ese mismo 0,3 por ciento, un crecimiento artificial provocado por el gasto de los Gobiernos españoles con el dinero de todos los españoles, y que se ha presentado con un extraordinario éxito de la gestión económica sanchista.

La trampa es vender como crecimiento económico lo que no es otra cosa que gasto incontrolado: el consumo público es el dinero que hasta las distintas administraciones en pagar a sus plantillas y comprar los bienes y servicios que precisan para llevar a cabo sus funciones y competencias. Es consumo público la compra de medicamentos o el dinero que se destina a mantener la Educación –pública y concertada- y las Universidades en España. Y también los sueldos que se pagan al personal sanitario y a los docentes. Es consumo público lo que hay que dedicar a mantener el Ejército y las fuerzas de Seguridad, y lo que nos cuesta la Justicia, por ejemplo. Pero también es consumo público, lo que gasta en infraestructura política, los cuartos que dedicamos a pagar a quienes nos gobiernas, sus asesores, los funcionarios que los atienden, sus canonjías y necesidades de todo tipo. Lo que no es consumo público es la inversión que realizan los Gobiernos, ni los intereses que pagan, ni lo que se gasta en pensiones, prestaciones o subvenciones. Y no es consumo público lo que llega de Europa. Eso son ingresos.

Lo que está sucediendo es que -mientras el consumo privado, imprescindible para los hogares y las empresas, se ha hundido al -1,8 este pasado trimestre, y la inversión en capitales fijos ha caído al -3,8,- la recaudación fiscal se ha disparado un crecimiento del 17 por ciento, gracias fundamentalmente a la inflación. El gobierno gasta a manos llenas el dinero de las familias y las empresas, mientras estas se enfrentan a un año que se presenta cada vez más difícil para todos. Pero es año de renovación electoral: celebran elecciones las administraciones locales, las comunidades autónomas y hay legislativas en todo el país. Ningún político que pueda disponer de recursos para vendernos que su Gobierno es munificente y todo va viento en popa, va a dejar de hacerlo. Nos espera un año desquiciado, de impuestos desmadrados, y gasto público despendolado y previsiblemente cada vez más inútil y peor gestionado. Y después, cuando pasen las elecciones, que Dios nos coja a todos confesados. Y a ser posible con algún ahorro del que tirar. Porque en 2024 se acaba la fiesta.