No es Vox, es Cataluña

por | 25 julio, 2023 | A babor

El futuro Gobierno, en manos del prófugo Puigdemont

Entre las ocho y las diez de la noche del 23-J (hora peninsular y sin miramiento alguno con Canarias) las televisiones de este país pasaron de un futuro anunciado por los sondeos a otro no tan distinto en términos sociológicos a lo que decían esos sondeos (habrían bastado cinco diputados más para el PP y cinco menos para el PSOE), pero muy diferente en términos prácticos. El PP ganó al PSOE en las elecciones del 28-M por 400.000 votos. En estas últimas por sólo 300.000. Cien mil votos de diferencia en dos meses que el PSOE logró sumar en Cataluña y en menor medida en el País Vasco. En ambas regiones, el PSOE ganó las elecciones. En Cataluña, consiguió 400.000 votos más que en las últimas elecciones locales. En el País Vasco, 125.000 más. En el resto de España, el PSOE perdió de forma contundente frente al PP, por una diferencia mucho más abrumadora de la que reflejan esos 300.000 votos del conjunto del país. En Cataluña, el aumento el PSOE se ha logrado gracias a una participación muy baja, y a la ocupación del espacio político tradicional del independentismo, especialmente el de Esquerra. En el País Vasco, la situación ha sido distinta: el PSOE ha logrado incorporar a su propia cuenta el voto de la izquierda no independentista. La otra izquierda –Bildu- ha crecido gracias –entre otras cosas- a la normalización democrática que para los herederos de ETA ha supuesto apoyarse en el PSOE en algunos municipios y condicionar las leyes de la izquierda en el parlamento nacional. Son dos fenómenos distintos los que se han producido en Cataluña y en el País Vasco. El coqueteo del PSOE con Bildu es repugnante, pero a los efectos del futuro de este país –y aunque sea moralmente duro admitirlo- parece más determinante lo que ocurre en Cataluña.

Jorge Bustos aseguraba hoy en El Mundo que mientras Vox exista, el PP no llegará nunca al Gobierno. Es probablemente cierto: Vox ha dividido el voto conservador, como Podemos dividió el de la izquierda. El resistente Sánchez se encargó de incorporar primera a Podemos en su Gobierno, para dinamitarlo luego, sustituyéndolo por una izquierda más doméstica. Y ha favorecido en lo posible que Vox sea hoy el principal problema de la agenda de la derecha española. En estas elecciones se habló más de Vox que de cualquier otra cosa, a pesar del ridículo esfuerzo de Feijóo por hacer como si el asunto no le concerniera. Vaya si le concierne, aunque incluso desapareciendo Vox -una hipótesis poco probable-, si los partidos independentistas de este país siguen apoyando al PSOE, es igualmente inviable que el PP pueda llegar a gobernar algún día, por mucho que el PP siga ganando elecciones regionales y locales fuera de Cataluña, País Vasco y Navarra.

La contradicción a la que se enfrenta la democracia española tiene que ver con la tradicional exigencia separatista de autodeterminación y referéndum de independencia. Sería inaceptable que Sánchez pasara por ahí, y además sería políticamente desastroso para él: para sostener su capacidad de gobernar España, el PSOE necesita los votos de Cataluña, y en menor medida los del País Vasco y Navarra. Sánchez no cederá ante Junts si lo que Junts plantea es la independencia. Y necesita tiempo para que el prófugo Puigdemont -que no es precisamente uno de los políticos más listos del patio catalán- entienda hasta dónde puede llegar Sánchez en sus concesiones al independentismo. Sánchez necesita tiempo para que Puigdemont lo entienda y ordene a los suyos abstenerse en agosto.

Lo que sí puede hacer Sánchez sin achicharrarse en el intento, es llegar a un acuerdo para modificar los estatutos de autonomía de Cataluña y el País Vasco que no sacaría a esas dos regiones de España –y por tanto de Europa y del euro- pero si sacaría a España de esas dos regiones. Por la vía de reducir al mínimo el Estado, su lengua, su Administración, su Justicia, sus fuerzas de seguridad, su fiscalidad, su cultura… todo excepto un melifluo mantenimiento de iure de una teórica soberanía española sobre una autonomía sin presencia alguna de poder nacional, en la que hasta las visitas del Jefe del Estado –el rey- serían un exotismo. Eso puede negociarse en un nuevo Estatuto, someterse a voto ciudadano como sucedáneo de referéndum de independencia, y pasar por un Constitucional intervenido por el Gobierno, sin que prospere una sola queja. La ventaja de ese formato, es que podría llegar a contar en Cataluña con un apoyo muy mayoritario de la población, y permitiría a los partidos catalanes –entre ellos un PSC entregado al nuevo formato estatutario- seguir siendo absolutamente determinantes en el proceso político español. Tanto como lo son ahora.