Mesa para dos, amenazas para todos

por | 12 febrero, 2022 | A babor

Mientras Biden pide a sus compatriotas en Ucrania que pongan inmediatamente pies en polvorosa, porque está convencido de que la guerra entre Moscú y su antigua república es inminente, la gente se lo pasa pipa mandando menes sobre la mesa para dos que Putin le montó a Macron para su última escena: una enoooooorme mesa blanca, de seis metros entre extremo y extremo, que ha  dado pie a que la gente se vacile un rato. A Putin, que un día sorprende al personal mostrando sus pechugas descamisadas sobre un brioso corcel, o luciendo tableta mientras se solaza al sol del báltico, o paseando entre centenares de banderas zaristas, como antes Breznev lo hacía entre trapos colorados, le fascina la diplomacia simbólica. En realidad, podría decirse que le gusta coleccionar fotos en la que se note que es el macho alfa de la política mundial, por mucho que los años en el poder –incluso los suyos- dejen huella hasta en el más bravío. La reunión con el presidente francés se produjo con seis metros de separación, porque Macron se resistió a hacerse un PCR al llegar a Rusia. El protocolo de entrada en Rusia exige a cualquier visitante que se haga un test sobre el terreno, pero parece que el asunto no le hizo mucha gracia a los franceses: la agencia Reuters llegó a difundir la especie, atribuida a fuentes galas, de que la seguridad francesa no está dispuesta a regalarle a Putin el ADN de su presidente. Parece muy rocambolesco, más de peli de espionaje que de realpolitick, pero ayer tanto Rusia como Francia confirmaron que fue el PCR lo que obligó a poner entre los dos mandatarios seis metros de distancia.

Putin –que sólo se ha vacunado dos veces (una con la vacuna rusa Sputnik, y otra de refuerzo con una vacuna nasal) no le gusta nada exponerse al virus. Quizá tenga que ver con el hecho de que los servicios secretos rusos –Putin los conoce muy bien, fue directivo de la KGB antes de que le cambiaran el nombre al KGB, cuando deverdad daba miedo- han usado diferentes virus y venenos para deshacerse de enemigos. Entre ellos, lo intentaron con el ucranio Víktor Yúshchenko, que a finales de 2004, durante la campaña electoral para las presidenciales de Ucrania, sufrió un intento de asesinato tras hacerle ingerir TCDD, la dioxina más tóxica que existe. Yúschenko, estuvo a punto de palmarla y quedó muy desfigurado, pero ganó de todas formas las elecciones. Siempre se ha sospechado que fue envenenado siguiendo instrucciones de Putin. Ahora el líder ex soviético se cuida mucho de rozarse con nada que le parezca puntiagudo, ya sea una toxina, un virus o la lengua de un franchute. 

Rozarse con Ucrania, aunque pueda significar el inicio de una nueva guerra global, parece que a don Vladimiro le preocupa menos. Debe ser que por allí no le preocupa contagiarse de nada, aunque el contacto acabe por ser muy estrecho. Pero es que para un posible contagio consecuencia del restriegue ucranio, Putin tiene su antídoto: el otro día reconoció públicamente que todos los países de la OTAN juntos tienen más potencia de fuego que Rusia, pero aprovechó para recordarnos que Rusia sigue siendo una potencia nuclear. Lo dijo como si le pesara decirlo, pero yo me fije bien en la tele, y al tipo le brillaban los ojos y además parecía estar salivando, como si además de un par de regimientos ucranios fuera a merendarse unos arenques en mayonesa. Son este tipo de declaraciones tan espontáneas las que a los líderes europeos les ponen los pelos del cogote como escarpias.

En fin, que Macron se fue sin obtener compromiso alguno de no injerencia, y los días van pasando (cuatro desde lo de la mesa), mientras miles de civiles se arman hasta los dientes en las regiones fronterizas del valle del Dnieper, por si a los rusos, que andan de maniobras cerca, les da por cruzar hacia Kiev. Mientras, en Europa se dispara el precio del gas. Y al invierno le queda aún un mes para empezar a retirarse.