Los hijos que no nacen

por | 24 julio, 2026 | A babor

El precio de la vivienda estalla en manifestaciones, la inmigración ocupa portadas casi a diario, el exceso de turismo se ha adueñado del debate político… Pero mientras discutimos sobre todo lo que va mal, dejamos de lado un cambio sustancial, el de una demografía completamente incapaz de sostener el reemplazo. Canarias está dejando de tener hijos. No de forma coyuntural. De forma estructural. Tan estructural que el Archipiélago sólo mantiene hoy su crecimiento demográfico gracias a la llegada de nuevos residentes. La población aumenta, mientras la natalidad se desploma. Parece una contradicción, pero en realidad se trata del mayor desafío al que se enfrentan las Islas desde hace décadas.

Los datos publicados esta semana son demoledores: apenas 888 nacimientos se produjeron en mayo de este año, el peor registro para ese mes en la última década. En lo que va de año apenas han nacido 4.655 niños, mientras más de diez mil personas han fallecido: por cada canario que llega al mundo, la palman más de dos. Y no se trata de una mala racha, es una tendencia absolutamente consolidada. En 2024 nacieron 11.699 niños, la cifra más baja de lo que va de siglo. Fue el séptimo año consecutivo con crecimiento vegetativo negativo. La tasa de natalidad prevista para este año en Canarias es de apenas 5,1 nacimientos por cada mil habitantes. En 2040 la fecundidad será  previsiblemente, la más baja de España. La edad media de nuestra población pasará de unos 44 años a cerca de 48 en los próximos quince años, y habrá casi tres mayores de 64 años –al borde del retiro- por cada menor de 16. Mientras eso ocurre, la población total seguirá aumentando, pero porque crecerá el número de residentes extranjeros, mientras el de canarios disminuye.

Durante años nos hemos acostumbrado a creer que Canarias no deja de crecer, y es cierto: cada año somos más, pero el crecimiento que nos sostiene es en parte engañoso: no responde a una mayor natalidad, sino a la llegada de nuevos residentes. La población aumenta, pero el relevo generacional desaparece. Se trata de dos fenómenos diferentes que con frecuencia confundimos.

Canarias siempre ha sido tierra de emigrantes, y hace un cuarto de siglo lo es también de inmigrantes que acuden buscando aquí lo que antes buscábamos nosotros fuera, una vida más llevadera. No me preocupa lo más mínimo el desarrollo de una sociedad mestiza, mientras sea capaz de garantizar su propia continuidad demográfica.

Pero cuando una comunidad alcanza una fecundidad de apenas 0,82 hijos por mujer, como ocurre hoy en las islas, lo que sucede es que deja de reproducirse. El umbral necesario para mantener estable una población ronda los 2,1 hijos por mujer. Nosotros estamos muy lejos de esa cifra. Tan lejos que ninguna política demográfica razonable podrá corregir el problema a corto plazo. Por supuesto, ha explicaciones más que suficientes a este fenómeno. Salarios bajos, precariedad laboral, emancipación tardía, vivienda inaccesible. También se cita la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo, sin que la conciliación haya evolucionado al mismo ritmo. o el creciente retraso en la edad para traer al mundo al primer hijo. Todo eso es cierto. Y es un fenómeno común a las sociedades más avanzadas, que en Canarias se ha impuesto a un ritmo de vértigo, cuando aún no hemos logrado superar todas las carencias de una sociedad que no logra completar su desarrollo. Quizá por eso nos convenga invertir el razonamiento.

Mientras discutimos diariamente sobre la presión demográfica, la invasión turística el crecimiento de la población, el problema demográfico de Canarias… no es que llegue demasiada gente. Es que cada vez hay menos nacimientos.          Son dos fenómenos muy distintos: uno aumenta la población, y el otro determina como será esa población dentro de treinta años. Porque una sociedad envejecida necesita más sanidad que escuelas, más dependencia que guarderías, más pensiones que universidades. Cambia el consumo, cambia el mercado laboral, cambia el gasto público y cambia incluso la manera de hacer política. La demografía no es sólo una variable estadística. Es la variable que adelanta el futuro de la sociedad. Quizá haya llegado el momento de dejar de considerar la natalidad como un asunto exclusivamente privado para empezar a verla como uno de los grandes desafíos colectivos a los que se enfrenta esta región. Porque los niños que no nacen hoy serán los trabajadores que faltarán mañana, los contribuyentes que no estarán para sostener las pensiones, y pagar a los médicos que atenderán a una población cada vez más envejecida y a los profesores que ocuparán unas aulas que se vacían y en las que las clases deberán ser impartidas en varios idiomas. Todo eso está a la vuelta de la esquina, pero nadie parece preocupado. Y es que los hijos que no nacen no hacen ruido.