Lo que la gente aplaude

por | 31 julio, 2026 | A babor

Los reyes visitan una de las zonas afectadas por los incendios

Mientras media España contenía la respiración ante el avance de los incendios de Ávila, Madrid, Zamora o Valencia, el Rey recorría las zonas afectadas y era recibido con aplausos. No se trata de vítores organizados, ni de demostraciones de fervor monárquico. Eran vecinos que acababan de ser evacuados, agricultores que veían perderse el trabajo de toda una vida y familias pendientes de si las llamas arrasarían sus casas. Gente que, en mitad de una tragedia, encontraba un motivo para agradecer la presencia de quien representaba al Estado. Los aplausos no iban dirigidos tanto a Felipe VI como a lo que representa. En un momento de incertidumbre, los ciudadanos no buscaban un líder de partido, ni un candidato, ni un portavoz parlamentario. Buscaban alguien que represente a todo el país, alguien que les acompañe sin preguntarse a quiénes votan, o lo que piensan, sin convertir la desgracia en un mitin y sin aprovechar el humo para lanzar un eslogan contra el adversario.

Es una escena repetida: ya la vimos durante la Dana de Valencia. Mientras las redes sociales ardían entre acusaciones cruzadas y los partidos se afanaban en encontrar culpables antes incluso de atender a los damnificados, los vecinos reclamaban algo mucho más sencillo: auxilio, ayuda, coordinación y un mínimo de serenidad institucional. La vida real suele ser bastante menos sectaria que la política que pretende representarla.

Existe una diferencia enorme entre el país que describen los relatos y discursos políticos y el país con el que uno se encuentra cuando sale a la calle. En las tertulias, en las redes sociales y en demasiados debates parlamentarios España aparece dividida en dos bloques irreconciliables, condenados a odiarse sin remedio. Pero basta acercarse a un incendio, a una inundación o a cualquier otra emergencia para comprobar que esa España no es la España real. Cuando llegan las desgracias, nadie pregunta al vecino qué papeleta introdujo en la urna. Se ayuda, se comparte lo que se tiene y se espera que las instituciones funcionen.

Tal vez por eso las ovaciones al Rey dicen bastante más de lo que parece. Expresan el cansancio de una sociedad que empieza a echar de menos espacios comunes, instituciones que no vivan instaladas en la confrontación permanente, referentes que no necesiten alimentar cada día una nueva polémica para justificar su existencia.

Y, sin embargo, la política avanza exactamente en la dirección contraria. Sánchez cerró el curso político ofreciendo un pacto sobre la emergencia climática son contar con el PP, porque lo que persigue no es otra cosa que romper los acuerdos de Gobierno del PP y Vox en las regiones. En el último consejo de ministros, aunque Sánchez no consideró necesario incorporar ese asunto a su rueda de prensa, se aprobó el indulto de la ex presidenta del Parlament de Catalunya, Laura Borràs, condenada por corrupción, en una decisión difícil de interpretar al margen de la necesidad de conservar el apoyo parlamentario de Junts. Más allá de las explicaciones jurídicas o de las razones formales que puedan invocarse, el mensaje político resulta evidente: incluso en decisiones de enorme trascendencia institucional, el interés inmediato de la mayoría parlamentaria pesa más que la búsqueda de consensos amplios.

No es la primera vez que algo así ocurre. Llevamos años asistiendo a una forma de gobernar que parece haber confundido la movilización de los propios con el ejercicio de gobernar para todos. Cada decisión se concibe pensando en reforzar un bloque, consolidar unos apoyos o incomodar al adversario. La política deja así de ser un espacio de encuentro para convertirse en un escenario de combate permanente.

Esa estrategia polariza y choca frontalmente con el comportamiento de los ciudadanos. Mientras los dirigentes insisten en dibujar una España partida en dos, los españoles demostramos una y otra vez que somos capaces de colaborar cuando las circunstancias lo requieren, y de alegrarnos juntos con los momentos felices. Ha ocurrido con incendios, inundaciones, pandemias y erupciones volcánicas. Siempre aparecen miles de personas dispuestas a ayudar sin preguntar antes por la ideología del que necesita auxilio. Y también ha ocurrido con la victoria de España en el Mundial de Futbol, masiva manifestación de unidad ciudadana.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de estos días. Los aplausos al Rey no parecen solo un gesto de cortesía con el jefe del Estado. Son también una llamada de atención a una clase política que parece incapaz de salir de la trinchera. La gente no funciona en la lógica de las redes: no aplaude la confrontación, no reclama más insultos, más bloques ni más relatos apocalípticos. Lo que espera de quienes ocupan las instituciones es eficiencia, serenidad, ejemplaridad y capacidad para representar al conjunto de la sociedad.

Cuando el monte arde, cuando el agua arrasa un pueblo o cuando la desgracia llama a la puerta, los ciudadanos sienten algo que nuestros líderes han olvidado: que las instituciones están para unir, no para dividir. Y que, a veces, el aplauso más significativo es el que se dedica a lo que aún consideramos patrimonio de todos.