La última carta

por | 25 abril, 2024 | A babor

No puede decirse que el personaje Pedro Sánchez defraude. En seis años ha logrado hacer todo lo que parecía imposible en las política española: rebelarse contra su partido, apoderarse luego de él, presentar la única moción de censura exitosa de la democracia española, sobrevivir al plagio de su tesis doctoral, negarse a gobernar con los podemitas, entregarse luego a ellos, jurar que no indultaría a los presos de procés, jurar que no les amnistiaría, jurar que metería a Puigdemont en prisión (y hacer todo lo contrario): pactar con ellos, gobernar con ellos, perdonarles en nombre de España sus deudas y las de toda Cataluña con el país, cambiar la política internacional española entregando el Sahara a Marruecos, sacar de paseo los huesos  de Franco, cambiar de opinión sobre la guerra de Rusia en Ucrania, pasando de paloma a Halcón, y hacer lo contrario con Israel, pasando de Halcón a paloma, pactar con Bildu en Navarra, entregarles Pamplona, convertir al PSOE en un partido cesarista sin principios ni democracia interna, deslegitimar a la justicia, a los medios de comunicación que no controla, acusar de fascista a ese medio país que no le vota a él ni a los que le apoyan, blanquear el pasado terrorista  -no es el único presidente que lo ha hecho cuando le convenía-, enterrar la Transición y desenterrar la dictadura, usar todos los recursos del Estado en su propio beneficio con creciente descaro, convocar elecciones, suspender presupuestos, mentirnos a todas horas, reconocerlo y convertir en una virtud cambiar de opinión, vendernos la moto de un Gobierno de progreso y finalmente esta última carta suya, en la que se erige en víctima de una conspiración de medio mundo para apartarle de un poder que no ansía, y nos declara –dice que sin avergonzarse- su amor por su señora, ahora señalada por tráfico de influencias y corrupción, igualito que el novio de la Ayuso.

Este tío –del que Pérez Reverte hizo la mejor de las descripciones al señalarlo como un killer dispuesto a llevarse por delante incluso al mismísimo Rey Felipe, es el mejor personaje de la reciente historia española, un personaje de cuento, un aventurero pagado de sí mismo, inteligente, tramposo, rápido y frío. Un pillo de cuidado, capaz de poner todo en almoneda con tal de seguir donde está. Un mediocre de oro, capaz de mirarse en el espejo de los libros hagiograficos que le escribe una periodista a la que luego emplea como presidenta en el Consejo General de deportes, sin ver en ese espejo ni un sólo defecto: capaz de presumir de cambiar el colchón de Rajoy al llegar a la Moncloa, incluso siendo falso, o de presentarnos al mamporrero Koldo García como “un ejemplo para la militancia socialista”. ¿Mantendrá esa opinión en la segunda edición? ¿O usará los artificios de la neohabla orwelliana que tan bien domina para hacer desaparecer la sombra de una relación tan molesta? Un presidente, en fin, que convierte en literatura todo lo que hace, y al que le importamos los españoles un comino.

Les iba a hablar de la última carta y se me arriscó el baifo. Les ruego me disculpen el exceso de confianza, es que Pedro Sánchez me fascina. Y esta última suya me parece la consagración de su modelo de hacer política sobre los sentimientos, una táctica que nadie maneja tan bien como el trumpista Donald Trump, y que en la política de hoy parece tener bastante éxito.

Para mi es una de dos: o Sánchez sabe cosas que nosotros no sabemos, e intenta hacer de nuevo la jugada de siempre, convertirse en protagonista y víctima al mismo tiempo, para despertar entre los suyos una oleada de solidaridad sin fisuras, capaz incluso de resistir los horrores cotidianos de un proceso judicial en la familia y el partido. Porque lo de Koldo tiene tela. Y eso lo sabe hasta el médico chino.

La dos: Sánchez se siente en situación terminal, sin presupuesto, con los aliados subidos a la parra, Puigdemont decidido a liarla parda y Europa a la vuelta de la esquina con malas noticias políticas y cerrando el grifo. Necesita pulsar otra vez el fervor de aquellos con lo que aún cuenta, esa suerte de entrega incondicional de los suyos, caiga quien caiga y ocurra lo que ocurra, antes de que vengan los otros, y se ha puesto en el candelero para resucitar –como hizo con Franco- su propia figura enmohecida.

Personalmente, yo no me creo una higa ni su intención de dimitir ni su pueril e indecorosa declaración de amor por su señora. Le deseo que pase pronto el fin de semana sin trabajar que necesita para ponerse en orden y agitar a los suyos. Yo no dejo de pensar que aquí hay pomada. Sánchez nos ha metido en un reality, con guion de Broncano y un final feliz complicado. Esta es –seguro- su última carta.