La irrealidad

por | 28 julio, 2023 | A babor

Soy de los que opinan que la verdad es poliédrica, que cada cual tiene perfecto derecho a percibir cualquier acontecimiento desde el prisma de su propia ideología, su forma de interpretan el mundo o su experiencia. Sé que esa no es una creencia universal, pero es la mía. La verdad tiene que ver con los hechos, no con la libre interpretación de porqué ocurren, a qué obedecen o las consecuencias que tendrán. Les pongo un ejemplo: simpatizo con Ucrania, país agredido, y deseo que su pueblo prevalezca y expulse de su territorio al invasor. Pero no por eso tengo que aceptar a pies juntillas todos los excesos de su propaganda. Soy un hombre con contradicciones y muchas dudas, como la mayoría de los de mi generación.

Reconozco que probablemente no tengo remedio, soy un antiguo que sigue comprando al menos un periódico todos los días. Además de este en el que escribo, leo diariamente la prensa regional y al menos El País y El Mundo, con mucha frecuencia La Vanguardia y cuando tengo tiempo para disfrutar de análisis largos y certeros, El Confidencial y Ethic.

Hace muchísimos años escuche a alguien decir que leer prensa escrita no solo nos ayudaba a estar informados, también nos hacía más tolerantes, mejores personas. Recuerdo incluso la opinión de alguien que aseguraba que leer El País todos los días de cabo a rabo durante cinco años era como hacer una tesis doctoral. Supongo que entonces lo creí, y –como muchos otros- leía El País casi como un creyente devoto, incluso su estupenda sección casi diaria de Fe de errores, que me parecía una demostración de humildad del que entonces era para mí, sin dudarlo, el mejor periódico que se escribía, publicaba y vendía en España. Pero no el único gran periódico: de niño me había acostumbrado a ojear –sin entenderlas mucho- las páginas de ABC, el periódico que leía mi padre, y ya joven seguí disfrutando si no de su línea editorial conservadora, sí de muchas de sus secciones, de la calidad literaria de sus colaboradores, o del humor inteligente y fino del mejor dibujante de prensa de España, Mingote. Años y años de lectura apasionada de información política, internacional, económica, cultural, y económica (sólo despreciaba la información taurina y deportiva), me convirtieron en un lector casi profesional de prensa, capaz de detectar la respiración y el pulso de los periódicos que seguía. El descubrimiento de la prensa local, esa que ahora llamamos de proximidad me acercó al pensamiento y la opinión de vecinos y conocidos. Le debo a la lectura de prensa la arquitectura de mi forma de entender la vida, la reserva de certezas y el océano e inseguridades de mi propio pensamiento y algunas tardes y noches de placer y envidia ante el trabajo bien hecho por mis colegas. Debo estar agradecido.

Pero las cosas cambian. La presión de la televisión primero y de las redes sociales después, y la triple crisis sufrida por el periodismo de papel –tecnológica, económica, ideológica- ha cambiado el periodismo que hoy se hace en los medios escritos, ha cambiado la forma en que se escribe, se interpretan los acontecimientos y se cuenta lo que ocurre. Hace ya algunos años que me resulta cada vez más difícil disfrutar con lo que leo en los periódicos, del activismo de la mayoría de mis colegas opinólogos y del radicalismo sectario con el que se sacude diariamente a los lectores, sobre todo en la prensa de Madrid.

Y si escribo todo esto, no es para que el director me adelante las vacaciones y me mande definitivamente a casa. Es porque necesito confesarles que llevo meses pensando seriamente renunciar a leer prensa. Sería una opción nihilista y además no me enteraría de nada (menos que ahora), porque yo no sigo la actualidad por la tele o la radio. Entiendo mucho mejor las cosas cuando las leo. Pero hace años que la lectura de noticias y opiniones –sobre todo sobre política nacional- no sólo me desagrada, me sitúa cada vez más en un estado de creciente irrealidad.

Hoy he leído en los dos periódicos serios más vendidos en España, sesudas informaciones sobre el impacto de la muñeca Barbie en el desarrollo del feminismo, sobre la posible existencia de restos alienígenas en almacenes secretos de EEUU, sobre las garantías ofrecidas por Sánchez a sus barones de que no habrá ni amnistía ni referéndum en Cataluña, o sobre lo orgulloso que se siente el PNV de haber logrado frenar a Feijóo. Sinceramente, las dos últimas me han parecido más inútiles, sectarias, ridículas estúpidas e irreales que las dos primeras.