La ‘esquinita’

por | 26 junio, 2023 | A babor

El dilema de la izquierda a la izquierda del PSOE es que no es un espacio ideológico, sino un mercadillo. Yolanda Díaz definió ese espacio con desprecio cuando lo calificó en 2021 de esquinita, un sitio donde reunir a la pibada y ofrecer soluciones imposibles, populistas o identitarias. Pero el problema no es ese. El problema es que Sumar lo tiene muy difícil para intentar ser ahora lo que quiso ser Podemos después de apropiarse de la indignación general. Y no puede serlo porque ese espacio que abrió el 15-M dentro de la izquierda, abriendo una vía de agua en el PSOE, ya no existe. Tuvo su oportunidad, pero la perdió en el viaje de Iglesias desde la denuncia de la casta a Galapagar, y en el exceso de interés por hacerse con los elementos más clásicos del poder político: control de la información, gracias al acceso a las fuentes sociológicas y al espionaje; y manipulación de masas a través de la educación, la guerra cultural financiada con recursos públicos y los medios públicos o los fondos para alquilar medios privados. Es verdad que podemos asumió también ministerios sociales, como tiende a hacer la izquierda, pero los usó para lo suyo, que era primero la guerra de redes y después ese sucedáneo del cambio social que es el conflicto cultural. Y así les fue. Lo que ha sobrevivido de aquél estallido ha sido precisamente una ministra que no entró en la guerra cultural, y que se dedicó a hacer lo que no hacía nadie en Podemos: pactar con los sindicatos y los empresarios cada vez que pudo, repartir sonrisas y subir el salario mínimo. Yolanda Díaz desarrollo una tradicional política de hechos, más solventes unos que otros, pero más próximos a lo que la gente de izquierdas, la que vota izquierdas, cree que es una política de izquierdas.

Ahora, gracias sobre todo a una operación de destrucción de Podemos montada por Sánchez con la inestimable colaboración de Podemos, doña Yolanda se ha quedado con los restos, que probablemente sean poca cosa –Sánchez ha iniciado ya la voladura de esa criatura, a ver si la deja mismamente en el esqueleto-, y con un montón de problemas derivados de la falta de cohesión ideológica, identitaria y territorial: la esquinita huele a camarote de los hermanos Marx, donde unos están a lo que quiere doña Yolanda, otros a defender el referéndum catalán y otros a santificar la transversalidad, que aún estamos muchos esperando que alguien nos explique que es eso, pero que se entienda.

Y luego está el problema real de la esquinita: es que la esquinita es un sitio donde sólo caben –y muy apretados- entre veinte y cuarenta diputados, y eso si los cuentas a todos, incluso esa media docena escasas que se ha apuntado para irse luego a reconstruir Podemos.

Lo otro –lo que está al lado de la esquina de marras- es el PSOE, un partido de izquierdas de toda la vida, con casi siglo y medio de historia. Es verdad que hoy es un partido secuestrado por un Gobierno podemizado en el lenguaje, obsesionado con los gestos ideológicos –lo del desentierro de José Antonio Primo de Rivera tiene su coña, por no hablar de la estupidez que supone creer que uno va de pasar a la historia por cambiar los huesos de Franco de sitio ¡¡casi cincuenta años después de muerto!!- pero sobre todo, muy condicionado por las reiteradas concesiones a sus alianzas parlamentarias indeseables: Bildu, Esquerra y Junts.

El PSOE ha estado jugando más cerca de los discursos de su izquierda que de los que le llevaron al poder en la que posiblemente fue una de las etapas de más transformaciones de la historia española reciente. Errores organizativos que venían de atrás lo pusieron en manos de aventureros, apostadores y sus conmilitones. Sus resultados en estas próximas elecciones estarán muy por debajo de lo que el propio PSOE espera, y –dependiendo de los números- esta etapa se saldará con un gobierno frankestein aún menos solvente que el que hemos soportado estos años, o –más probable- con un gobierno del PP respaldado por Vox.       

Es algo comúnmente aceptado que en política se producen dos tipos de movimientos, los del corto plazo, que son los que vivimos ansiosamente los periodistas y a veces los votantes, los que se llevan y traen gobiernos, y los de largo plazo, que tienen que ver con cambios sociales duraderos, actitudes y sentimientos. Ahora los movimientos que se producen en el corto plazo son cada vez más rápidos. Pero los otros no. Yolanda Díaz sabe que a la ultraizquierda -después del fracaso del experimento Podemos- le queda seguir por años instalada en la esquinita. Por eso ella no piensa en ese espacio. Piensa en el espacio del PSOE. Y si el sanchismo se derrumba, intentará ir a por él. Ella está pensando en el largo plazo.