La desproporción

por | 02 septiembre, 2023 | A babor

Los que me leen con cierta asiduidad saben que no me gusta el futbol, pero no es culpa mía: mi padre prefería ver pelis de vaqueros en la tele, y jamás hubo partidos de futbol en casa. He contado en alguna ocasión que no he visto nunca un partido retransmitido, con la excepción de los últimos minutos de la final del mundial de Sudáfrica, literalmente forzado por mi hijo, apasionado futbolista. Si asistí a algunos partidos de infantil y alevines, a bastantes menos de los que debí ir, pero eso es otra historia. Nunca aprendí (ni sé todavía) la diferencia entre un penalti y un fuera de juego, y tardé años en enterarme de que un equipo de futbol profesional lo integran once tipos, contando al portero. Les digo todo esto porque escribir de fútbol es para mí una absoluta novedad. Si lo he hecho alguna vez habrá sido para recordar que Paulino Rivero quiso convertirse en presidente del Tenerife después de haberlo financiado con dinero público y sin dejar pasar antes el tiempo reglamentario. Lo consiguió al final.

Confieso también que el asunto de ese señor –Rubiales- no me interesa demasiado. Siempre he pensado que el destino de los capitostes del futbol es forrarse con el dinero que pagan ingenuamente los aficionados y sin ingenuidad ninguna las cadenas de la tele para conseguir audiencia. Había escuchado hablar de Rubiales y de su buena relación con quienes mandan en este país en alguna ocasión, pero no habría logrado señalarle en una rueda de identificación con tres melenudos. A los dos días de estallar el picogate, cuando aún nadie suponía que Rubiales se convertiría en el primer problema nacional, me enteré por casualidad de que le había estampado furtivamente un beso en los morros a una de las campeonas del mundial femenino, y que teníamos escándalo montado. No le presté la debida atención, quizá porque el asunto me pareció entonces una solemne majadería, de esas que entretienen al personal que vive del jolgorio deportivo y artístico. Tras la feliz algarabía de los medios –Rubiales es al parecer tan despreciado por los medios de izquierdas (ahora) como por los de derechas (el hombre es culpable de ser hijo de un jefecillo socialista y además amigo de Sánchez), comenzaron a saberse –al menos a saberlo yo- algunas cosas ciertamente desagradables: que a la afectada el asunto no le había gustado, que Rubiales se gasta la pasta federativa en fiestas con putas, que el tipo es del modelo chulo hiperventilado y que al hombre le gusta aferrarse los congojos cuando celebra un éxito en el marcador. Este último asunto -sobre todo el enfado público porque lo hiciera estando cerca de la Reina y la Infanta- me pareció un poco cursi: hubo tiempos en que las reinas y sus hijas acudían dignamente al cadalso sin que la plebe se ofendiera tanto. Claro que eso ocurría en la Inglaterra del Lord Protector o la Francia revolucionaria, no en este país de ofendiditos rabiosos. En fin, qué quieren que les diga, el escandalo ante la soez falta de respeto de Rubiales al Real Protocolo me pareció más hipócrita que ridículo. Pero es que este país está cada día más profundamente instalado en un hipocresía bélica.

Lo que vino después, la conversión del presidente de la Federación en icono a batir del patriarcado, me pareció ya de una apabullante exageración, como casi todo lo que se cuece por la zona: la beligerante intervención del Gobierno en el deicidio de su anterior protegido; los aplausos de los capos federativos al desplante de Rubiales; la huelga de hambre de su señora madre; la petición de dignificar un polideportivo con el nombre de la heroína, pobrecita; las presiones del Gobierno a la Federación, al Consejo Superior de Deportes y al Tribunal Administrativo del Deporte para forzar las suspensión del interfecto; o el arrepentimiento de los que muy a primera hora salieron a defender al personaje.

A ver: a mi este Rubiales se me antoja un pinta crecido y convencido de su propia inviolabilidad, un ser estratosférico de los que pululan en las altas esferas del fútbol. Pero no es el problema número uno de un país que va de cabeza al frentismo y la polarización, a la ingobernabilidad, a una crisis económica importante, y a deshacerse en pedazos. En cuanto al mujerismo enfadado, hay aún motivos para el enfado, pero éste es básicamente nimio. En un país donde todavía hoy –septiembre- siguen saliendo a la calle violadores por una ley mal hecha, centrarse en un beso impropio es un acto de militancia y confusión, y no un deber moral. Aquí Rubiales es un buen ejemplo de cómo la ideología trastoca la jerarquía de los hechos y el sentido común de las sociedades.

Lo de Rubiales es exceso de un gallinero entregado a pasiones inquisitoriales, la plasmación de adonde nos conduce el macarrismo español: a la pura desproporción