En busca de las tierras raras [3]: Noticias desde Ontario

por | 01 diciembre, 2020 | Episodios Regionales

Su abuelo, don Artemio Méndez, de profesión podólogo, era muy amigo de Francisco Morán, el hombre que más pies ilustres trató en Gran Canaria, y con quien fundó el Colegio Oficial de Podólogos de Canarias. Y su padre es Miguel Méndez, heredero de la tradición familiar. Hace justo 25 años, después de sacar la reválida con nueve y medio de nota, le dijo a su padre que quería ser físico. Don Miguel sólo se lo preguntó una vez: -“¿Pero estás de verdad seguro?”. Y él dijo que sí.   

Sabía lo que quería estudiar desde chico: había leído a Julio Verne, como todos los de su generación. Le encantaba la trilogía de ‘20.000 leguas de viaje submarino’, las andanzas de Nemo y su Nautilus, y sobre todo especialmente la ‘novela química’ de Verne, ‘La Isla Misteriosa’, donde se enseñan los elementos y a fabricar ácido sulfúrico. En ‘La isla…’ leyó una frase, que solía recordar ahora de mayor, sobre el combustible del futuro:  Es cuando el marino Pencroff le preguntas al ingeniero y químico Cyrus Smith: “¿Y qué quemarán en lugar del carbón?” y Smith le contesta: “Agua… ¡pero agua descompuesta en sus elementos constituyentes! Creo que un día se empleará el agua como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen proporcionarán una fuente de calor y luz inagotable, de una intensidad de la que el carbón no es capaz… el agua es el carbón del futuro, por tanto, no hay nada que temer”.

Con esos antecedentes, parecía razonable que sus primeros esfuerzos como físico tuvieran que ver con cómo extraer hidrógeno del agua utilizando las salinas tradicionales de Canarias como fotoreactores solares parta obtener, de forma sostenible, hidrógeno a partir de agua de mar, con la ayuda de la luz solar. De eso iba a ir el proyecto Magec (materiales para una avanzada generación de energía en Canarias), cuando el físico Jorge Méndez conoció al geólogo José Mangas. Le habló, claro, de sus lecturas de Verne y del combustible del futuro. Mangas también había leído de crío las historias del capitán, pero él era más de ‘20.000 leguas de Viaje submarino’, y tenía su propia sentencia de Nemo: “En el fondo de los mares existen minas de metales vitales para la industria…” Verne, en fin, responsable de tantas vocaciones científicas…

Encuentro en Agüimes

En 2013 ya llevaban un tiempo trabajando juntos, investigando y divulgando: Méndez viajaba por las islas vitando salinas y dando charlas en los institutos. En el de Agüimes conoció a Antonio Morales, un político preocupado por la generación de energías limpias, que se interesó por su proyecto con el hidrógeno. Le invitó a asistir al 8º Seminario Internacional de Energías Sostenibles, organizado por los ayuntamientos de la Comarca del Sureste. Méndez fue y se sintió cómodo hablando de fotosíntesis artificial. Se convirtió en asiduo del encuentro, y el año siguiente, en el 9º Seminario de mediados de abril, volvió a presentar otra ponencia sobre como como obtener hidrógeno, ‘rompiendo el agua’ con catalizadores de tierras raras y la luz inagotable de Magec, el rey sol aborigen. Durante algo más de veinte minutos habló de eso, de su proyecto, del ciclo de Calvin, de las centrales generadoras de hidrógeno, y de pronto cambió de tema y se centró por primera vez en la importancia de las tierras raras, saludó a sus colegas de la ULPGC, al geólogo Mangas, y a la profesora Inmaculada Menéndez y Luis Quevedo, de su equipo. Calificó a las tierras raras de ‘vitaminas de la industria’, habló incluso de sus aplicaciones agrícolas, explicó lo que se estaba haciendo ya en Japón, señaló a Mangas como pionero en la investigación y bromeó sobre la absoluta escasez de recursos para investigar. Antonio Morales, que había anunciado que no podía quedarse a escuchar toda la intervención, se quedó pegado al asiento hasta el final.

Desde entonces, todo fue una carrera. Méndez organizó en Tenerife, en noviembre de 2017 el Congreso SHIFT, centrado en energías renovables y biomedicina, al que asistió Rod Eggert, vicepresidente del Instituto de Materiales Críticos del Departamento de Energía de EEUU, responsable de romper el monopolio chino en tierras raras. Eggert manifestó el interés estadounidense por lo que ya se estaba haciendo en Canarias. Consiguieron algo más de financiación, dos proyectos encadenados del ministerio, de 2014 a 2019, y otro del Gobierno regional, con fondos RIS3. Y con ese dinero lograron sostener la mayor investigación sobre tierras raras en Gran Canaria, demostrando que las islas parecidas a Canarias –hay más de un centenar de archipiélagos con orígenes geológicos similares- pueden albergar yacimientos no convencionales de esos elementos. El estudio, finalizado en octubre de 2018, fue publicado en junio de 2019, con extraordinarias revelaciones sobre la concentración de EER en rocas félsicas, como las traquitas y fonolitas de Gran Canaria, de tres a hasta diez veces superiores a lo normal. El estudio fue presentado en los medios poco antes de los pavorosos incendios que devastaron el corazón de la isla en el verano de 2019.

Algún conspiranóico aburrido vinculo en twitter el origen de los incendios al deseo de facilitar la explotación minera de las tierras raras en territorio abrasado. Una ridícula estupidez convertida en noticia por algún medio nacional. Fue un momento duro para los dos equipos, pero la investigación no se detuvo: Mangas y los suyos estuvieron en Fuerteventura recogiendo muestras en la zona de Peñón Blanco, un terreno bajo jurisdicción militar en la que Mangas había localizado vetas de un tipo de carbonatita muy similar a la que se extrae de Bayoun’Obo.

Una vieja machacadora de piedras

Fuerteventura siempre ha sido un extraordinario depósito de materiales minerales: durante años se especuló con la presencia de coltán, una roca superdemandada porque permite construir baterías cada vez más pequeñas, compuesta por una solución sólida de columbita –mineral muy presente en la isla- y de tantalita, mineral del mismo grupo del que se extrae el escaso tántalo. Se asegura que el Gobierno español investigó la existencia de yacimientos, pero es dudoso: el interés por la minería del Gobierno español desapareció mucho antes de que se disparara la demanda de coltán en el mundo.

Pero a lo nuestro: Mangas trituró las muestras de Fuerteventura en la vieja machacadora comprada con los dineros del proyecto Magec, y mandaron las tierras a Ontario, para que el ACT Labs determinara las partes por millón. La respuesta tardó meses, la espera se hizo interminable… Los primeros resultados llegaron la pasada semana: la carbonatita contiene una concentración de tierras raras de 8.200 partes por millón, que en algunos casos supera incluso las 9.000 partes. Pero eso no significa aún nada concluyente: faltan muestras por analizar, las conclusiones deben ser respaldadas por un informe de pares, y nadie sabe si hay suficiente carbonatita en Fuerteventura para que su extracción sea rentable. Lo que sí se sabe es que lo que se ha descubierto en las tripas de un terreno usado desde hace décadas solo para maniobras militares, es la mayor concentración de tierras raras jamás encontrada, después de la de Baiyun’Obo: el doble de lo que había en la mina de Mountain Pass, o en las mejores muestras de lodo de la isla Minamitorishima del profesor Kato.

¿Y ahora? Ahora llega el ruido: tras el trabajo silencioso y sacrificado de un puñado de científicos, vendrán la avaricia, la escandalera política, la ignorancia y las mentiras de los interesados. Sin esperar siquiera a que lleguen de Ontario los resultados de las últimas muestras.