El segundo jinete

por | 13 abril, 2024 | A babor

Contaba Lluis Basset en un artículo reciente que el ejército israelí asegura que la guerra en Gaza será estudiada en las academias militares de Westpoint y Sandhurst como modelo del combate urbano para el futuro. Con esa afirmación, Israel reconoce sin ambages el uso de inteligencia artificial para programar las acciones que ya han provocado la muerte de 33.000 palestinos. Israel parece dispuesto a eliminar físicamente a todos y cada uno de los 37.000 militantes de Hamás y la Yihad Islámica, que se ocultan en la franja (o en cualquier otro lugar), y para hacerlo usa un algoritmo que decide los objetivos y el margen de víctimas colaterales asumibles. La cuenta acongoja: son entre 15 y 20 las víctimas aceptables cuando se trata de eliminar a un militante de menor enjundia, un terrorista del montón, y hasta 300 los civiles que cabe sacrificar si se trata de acabar con un alto mando, todo ello con un margen de error de hasta un diez por ciento. Ese diez por ciento que explica la destrucción masiva en la franja, y el gran número de víctimas mujeres y niños, familiares y vecinos de los presuntos activistas condenados por el logaritmo.

Uno prefiere no situarse en la necesidad de elegir entre esta forma estadística de llevarse a la gente al infierno, esta ciencia para matar que ha desarrollado Israel para que en su guerra no haya bajas propias y de las otras se produzcan las que dice Israel que pueden ser consideradas soportables, y ese otro sistema de moda, declaradamente putiniano, que consiste en mandar más o menos desordenadamente hordas y más hordas de los propios hijos de la Madre Rusia, hacia la trituradora de carne, a cambio de llevarte por delante todos los ucranianos que se pueda. Porque es terrible que la decisión moral de matar o matar menos, se sustituya por una IA que reduzca lo justo la orquilla de bajas civiles.

La guerra no ha sido nunca un ejercicio destinado a confrontar delicadezas, y sin duda hay una diferencia entre aquellos Somme o Dresde de nuestras guerras mundiales y este siniestro cálculo de precisión asesina, esos drones exterminadores en los que el piloto aniquila al adversario desde una caseta con aire acondicionado, a trescientos o tres mil kilómetros del enemigo, blindado frente a cualquier contingencia. La guerra de hoy es el resultado de una apuesta económica, en la que hasta los mismos muertos sobran para decidir quién gana. Se mantiene la estadística de las bajas, pero lo que cuenta no es cuantas personas mueren, sino como pagar la munición necesaria para continuar matando.

Aún así, a pesar del impropio salvajismo de estos tiempos, queremos vivir como si la guerra no existiera, negándonos a ver cómo avanza y se adueña de nuestras conciencias y voluntades. Vivimos negando su lógica sangrienta y destructiva, sus reglas imperturbables, considerando que es algo ajeno y lejano, incapaz de penetrar nuestro deseo de paz, entendimiento y concordia. Algo contra lo que podemos vacunarnos simplemente decidiendo que nosotros no somos guerreros. Miles de personas inteligentes creen que puede evitarse la guerra no respondiendo a quienes las provocan. Pero el resultado de negar la posibilidad de la guerra no es ganar la paz. Es aceptar el sometimiento al abuso, la pérdida de libertad, la aceptación de la explotación y la violencia. Hoy parece inelegante hablar de quienes matan, o protegerse de ellos, o prepararse para evitar formar entre los muertos futuros.

Parece que lo importante es no meter el miedo a la gente, no vaya a ser que se asuste y deje de gastar. Parece que hay que evitar que se expanda un clima prebélico y la gente viva con temor. Pero la guerra no es ya una realidad abstracta, como lo era hasta ayer: está ahí al lado, a pocos miles de kilómetros, una maldita vergüenza en Palestina, con todos esos muertos de segunda que Hamás usa como parapeto y trinchera, e Israel considera daño colateral con valor de entre 15 y 300 por uno. Un drama dantesco de decenas de miles de muertos de este y el otro lado –el mismo lado- en Ucrania. Una amenaza creciente en Europa, en el mar de la China, en el Sahel. O la advertencia de Donald Trump a quienes no le voten en las próximas presidenciales de que correrá la sangre. La guerra ya no es una percepción abstracta. Esta ahí mismo, a la misma vuelta de cualquiera y muchas esquinas de la Historia.

Avanza y hay que pertrecharse: lo están haciendo todos los países de Europa próximos a las fronteras de Rusia, empezando por las repúblicas bálticas, Finlandia, Suecia y Polonia. Todos ellos gastan más del dos por ciento de su presupuesto en defensa. Nosotros no. España es diferente. Para quienes nos gobiernan la única guerra que cuenta es la Guerra Civil. La del 36, para recordarnos que la maldad sólo anidó en un bando. Y la de ahora mismo, esta guerra de pesebre y corruptela, una guerra de caquitas de mosca, que nos enfrenta y nos aleja de acordar -entre todos- una definición humanista de la Seguridad y la Defensa.