El origen de este fango

por | 05 noviembre, 2024 | A babor

Tras el desastre, tras el río revuelto del fango imparable, se percibe –como ocurre siempre tras los desastres- una voluntad de deslegitimación, de impugnación, de ajuste de cuentas. Se trata de una voluntad organizada en sus objetivos, pero autónoma en sus actuaciones, que moviliza miles de espontáneos en un ejército de seguidores inconscientes que proclaman que el caos ha llegado. Antes ese populismo destructivo anidaba en la izquierda radical, antes (antes del casoplón y el descubrimiento de los privilegios de la casta), quien mejor definió el caos fue el leninista Iglesias, citando al eunuco Varis de Juego de Tronos: “El caos es una escalera que lleva al poder”. Antes –antes del fracaso de las revoluciones latinoamericanas- el caos era el instrumento de la revolución, y fueron ellos –los revolucionarios- quienes lo importaron como estrategia política en la España del 11-M: escraches, jarabe democrático, patear policías, incendiar las calles… Pero la izquierda comunista revolucionaria también se ha hecho mayor y burguesa: hace tiempo que prefiere su pequeña cuota de despachos, moqueta, coche oficial y tediosas sesiones de parlamento, que los peligros y sudores de la revolución callejera. Ahora que la izquierda radical y caótica ha sido admitida a la mesa del poder, ahora que no le duelen prendas por aliarse con la derecha secesionista para sostener gobiernos en los que medrar, es la derecha excluida, la derecha fascistona y populista, la que recurre al caos, la que se organiza en protestas y algaradas, la que maneja las redes como una lata de queroseno, la que fabrica fango y golpea con él a quienes mandan. Por supuesto, cuando les sale mejor es cuando cuentan con gente herida, maltratada, indignada… Lo mismo que hizo Podemos, cuando proclamó que el miedo había cambiado de bando: aprovechar la indignación social ante el fracaso, la incapacidad y el cinismo del poder.

Es verdad que una gran parte de las mentiras y falsedades que pululan por las redes, buscando provocar angustia primero y odio después, son producto de esa derecha radical que ha copiado las estrategias de guerras de redes y memes incendiarios en las que antes los podemitas eran campeones. Nada nuevo bajo el sol: los extremos funcionan provocando caos. Es lo que hizo el leninismo en 1917, y los movimientos fascistas y nazis del periodo de entreguerras. Primero las mentiras, la deslegitimación, la violencia desbordada, hasta construir la impresión de que el caos se ha adueñado del país, y el Estado es incapaz de afrontar los problemas de la gente. Y después la solución: hombres fuertes, programas extremos, decisiones sectarias. Pero el poder se lleva muy mal con el caos, es la política extremista la que usa el caos, para luego imponer su reverso, que es el orden autoritario. Eso fue lo que hizo Lenin en 1917, tomar el poder por la fuerza e imponer el orden soviético frente al caos, y lo que hicieron Mussolini y Hitler en los años 30 del siglo pasado, tomar el poder e imponer el orden fascista y el nazismo frente al desorden social.

El mundo actual no es como el del siglo pasado: en este tiempo de capa caída de la izquierda socialdemócrata, la derecha extremista es todavía minoritarias, tiene mala prensa, pero se las está ingeniado para ser imprescindible para la gobernación en todo el planeta. Un planeta radicalizado, en el que cada vez más gobiernos desprecian las reglas democráticas, y apuestan por prácticas de poder cada vez más excluyentes, sectarias, frentistas y polarizadoras. El avance de la extrema derecha en Europa –lo de Trump tiene mimbres distintos- dividió a la derecha tradicional y permitió gobiernos de izquierda que lograron establecer cordones sanitarios. Pero cuando quedó claro que esos cordones impedían la alternancia, fueron cayendo uno detrás de otro. La izquierda socialdemócrata europea que logró resistir –el PSOE, por ejemplo- optó entonces por el frentismo, la polarización y las alianzas contra natura, en vez de mantenerse en los consensos, la moderación y la centralidad. El nuevo PSOE de Sánchez inventó una política nueva, copiada de la izquierda radical, los republicanos catalanes y Bildu, con los que lleva años compartiendo poder. Es un discurso que no construyen los militantes y cuadros del partido, sino gabinetes de asesores de imagen y sociólogos. Sus políticas se basan en el relato, en el control férreo por el líder de todos los poderes del partido y el Estado, y en la deslegitimación de cualquier adversario. Pero los relatos no son capaces de afrontar la complejidad, no persiguen resolver otro problema que mantener al que manda, fidelizando la parroquia, y practicando una política de gestos y de reproches, una política que se presenta como progresista y solidaria, mientras vende la nación a trozos, alienta el conflicto entre ciudadanos y no asume jamás ninguna responsabilidad. Una política que crea muros, enfrenta territorios y personas, activa la máquina del fango y corroe la democracia. Una política suicida, disolvente para el país y que nos destruye el futuro.