El enemigo en casa

por | 16 marzo, 2022 | A babor

El pasado 10 de marzo, el Parlamento de Canarias debía aprobar una declaración institucional sobre la invasión de Ucrania, respaldada por todos los grupos de forma unánime. Eso es exactamente una declaración institucional: un acuerdo unánime sobre cualquier asunto de interés. La mayor parte de las veces esas declaraciones no tienen las más mínima importancia práctica, sólo son brindis al sol. Se entiende que aunque se lo pida el Parlamento de Canarias, Putin no va a parar su masacre. Pero eso no quita que las declaraciones y acuerdos de este tipo tengan valor simbólico. Y las sociedades precisan de símbolos, sobre todo en momentos difíciles. Un acuerdo unánime del Parlamento apoyando las decisiones del Gobierno de España, la Unión Europea y la OTAN, desde el inicio de la guerra, es un mensaje de unidad que no viene mal en esta época de división y enfrentamientos.

Las declaración estaba ya redactada e impresa en papel del Gabinete de Prensa, tras haberse consensuado entre los grupos de la Cámara un texto de condena al “ataque militar perpetrado por Rusia contra Ucrania”, considerándolo “una violación de la legalidad internacional, una inaceptable agresión a la integridad territorial de Ucrania y una vulneración de los valores sobre los que se ha construido Europa”. Para ser aprobado por todos, un documento de este tipo debe cogérsela con papel de fumar: eso incluye incorporar llamadas al restablecimiento de la paz, retorno al diálogo, pedir el fin de la ofensiva, mostrar preocupación por los españoles y canarios residentes en Ucrania y otras bienintencionadas generalidades. Y estaba todo listo para ser votado, cuando el texto fue sometido a la Junta de Portavoces, donde el portavoz de Podemos exigió que se retirara cualquier mención a la OTAN, es decir, cualquier mención a la existencia de una respuesta militar conjunta de Europa a la extensión de la invasión. Y fue entonces, tras algún intento de retirar esa mención, y ante la negativa a hacerlo de parte de los portavoces, dónde patinó la declaración, que no llegó a prosperar por la oposición y el antiamericanismo primario de Podemos. Entre los argumentos esgrimidos, el hecho de que en el referéndum de 1986 sobre la permanencia de España en la OTAN, Canarias votó mayoritariamente en contra. Pero eso es lo de menos: Podemos bloqueó la aprobación de la declaración institucional condenando la invasión de Ucrania, porque podía hacerlo. Lo de la OTAN les vino al pelo, pero es seguro que en cualquier otra circunstancia, con una redacción alternativa hubieran hecho exactamente lo mismo. Podemos mantiene una posición extraordinariamente cínica sobre este asunto: rechazan filosóficamente esta guerra, y colocan a Rusia y Ucrania en el fiel de una balanza trucada, reclamando diálogo entre las partes, como si las partes –la ex república soviética y el antiguo imperio- jugaran con las mismas reglas. ¿Dialogo renunciando a la defensa del territorio? Esto no es un pulso a brazo partido entre Putin y Zelensky, es una guerra desigual: si pudiera ganarla Ucrania –y es imposible que eso ocurra- lo único que pasará en Rusia es que caerá Putin. Pero si la gana Putin, Ucrania desaparecerá de los mapas. Todos creímos que el ejercito ruso se haría con Ucrania en un paseo militar de poco más de 48 horas, aplastando a un pueblo orgulloso pero indefenso. La sorpresa fue descubrir que ese pueblo, el mismo que toleró la anexión ilegal de Crimea y la ocupación del Donbás, estaba preparado para combatir y decidido defenderse, dando una lección de fortaleza y valor al mundo.

Por desgracia para Rusia y sus aliados, lo que necesita Ucrania no son declaraciones institucionales de esas que Podemos puede bloquear. Lo que precisa son armas, víveres y material sanitario para resistir al invasor. Y lo que necesita el resto de Europa –si queremos evitar que otras Ucranias caigan como fichas de dominó- es menos Podemos y más OTAN. Justo eso: algo que Europa ya sabe por experiencia, y España empieza a descubrir.