El desastre Podemos

por | 25 marzo, 2022 | A babor

El mayor riesgo de mandar no es equivocarse, hacerlo mal, o no responder a las expectativas de los que tienen que obedecer, el mayor riesgo de mandar es –para quienes mandan- tener que dejar de hacerlo. Esa es la lógica interna que sostiene la decisión de Podemos de seguir apoyando a Pedro Sánchez, a pesar de los últimos volantazos del presidente. Desde que le tiraron de las orejas por su inicial posición de no enviar armas para la defensa de Ucrania, parece que Sánchez se nos ha reconvertido en un belicoso representante de la realpolitik, alguien capaz de cambiar de posición de un día para otro en cuestiones de política internacional –Ucrania, Sahara Occidental- pero también de desdecirse en cuestiones internas, como renunciar al control de los beneficios de las eléctricas, o desistir de su oposición a reunirse con los transportistas fachas. Personalmente creo que el político que surge de este ejercicio de autonegación es mucho más útil que el que el personaje que se ha paseado por los telediarios vendiéndonos peregrinos sofismas los últimos años. Pero comprendo la frustración de parte de Podemos –y del nacionalismo de izquierdas- que de repente se encuentran con lo requetebién que se ha adaptado Sánchez –en parte su creación política- a las exigencias de un liderazgo atlantista. En esta situación, Podemos ha optado por tragar, alegando que si dejaran el Gobierno no habría nadie que garantizara la continuidad de las políticas progresistas y tal. No es probable que digan eso creyéndoselo. No es serio. Lo que ocurre es que se han pegado a la moqueta, el sillón de cuero y el coche oficial con una mezcla de poxipol y la gotita, y para sacarlos habría que usar espátula y disolvente.

Aunque hay excepciones: la diputada Meri Pita encabeza la docena de cargos públicos de Podemos en Canarias que han decidido abandonar el partido y largarse (de momento) a sus casas, siguiendo los pasos de Alberto Rodríguez, tras perder su escaño por sentencia del Supremo, y tras considerar que Podemos le había dejado en la estacada. A Pita la acompañan varios consejeros de Cabildo y concejales, entre ellos Javier Doreste, responsable de Urbanismo de Las Palmas de Gran Canaria, y Conchi Monzón, Andrés Briansó y Amado Carballo, consejeros de los cabildos de Gran Canaria, Fuerteventura y El Hierro. Ni Pita ni ellos van a renunciar a sus actas, con lo que podríamos estar ante una fuga con escisión, frente a la que el partido ha reaccionado acusando a todos los que se han ido –especialmente a Meri Pita- de ser tránsfugas. Es un término del que se abusa en los últimos tiempos: en realidad, Meri Pita y los suyos no se van para hacer cambiar mayorías o evitar que se produzcan esos cambios. No abandonan su partido para apoyar operaciones de censura o para obtener privilegios y canonjías. Lo hacen porque consideran que su partido incumple los compromisos adquiridos con sus afiliados y votantes, hasta el extremo de que les resulta imposible continuar en ellos. La definición con la que ahora se señala a Pita y a sus compañeros es una reformulación partidaria –claramente contraria al espíritu y la letra de la Constitución- que permite que hoy se pueda calificar de tránsfuga a cualquiera que el partido decida que lo es, por el mero hecho de disentir de la posición de la dirección. O te pliegas a la dirección o la dirección te sentencia como tránsfuga y te aboca al suicidio político. La perversión que implica ese mecanismo es evidente.

Quizá por eso, Pita y los suyos optaron en la epístola que explica su abandono colectivo de Podemos, por ponerse la venda antes incluso de que se hubiera producido la herida, significando que el partido que apoyaron ya no es una organización democrática. Opinan que Podemos ha respondido a la pérdida de apoyos e influencia, atendiendo al “cálculo de las infinitas miserias, los ataques en busca del enemigo interno y los patéticos codazos por figurar en no se sabe que parrilla de salida, desatendiendo de forma imperdonable cualquier coherencia y cualquier responsabilidad con respecto a nuestro programa y nuestros compromisos con la ciudadanía”, permitiendo así que todo se reduzca “a mirar para otro lado abandonando nuestros compromisos”. Sería difícil describir mejor lo que les está ocurriendo a los camaradas podemitas: iban a acabar con la casta y conquistar el cielo, y han acabado por ser casta ellos mismos, y por convertir sus sueños en puro infierno.