Distopía

por | 16 noviembre, 2023 | A babor

Siempre me gustaron las historias de héroes galácticos, naves interestelares y otras marcianadas, desde que era un crío y heredé de mi padre una vieja colección de tebeos de Flash Gordon. Pero tardé bastante en leer libros de ciencia ficción. Creo que uno fue mi primera novela adulta, y que tenía quince o dieciseís años. El libro fue escrito en 1948, y por eso, su autor lo llamó ‘1984’, invirtiendo las dos últimas cifras del año. 1984, cuarenta y cuatro años antes de esa fecha, era el futuro, y el británico George Orwell, nos presentaba un futuro soviético y aterrador, el de un mundo permanentemente en guerra, dominado por tres grandes bloques de países sometidos a feroces dictaduras militares. Para controlar a los hombres en ese mundo horrible, había una policía del pensamiento, que perseguía a quienes se atrevían a tener alguna idea propia, y que además vigilaba a todo el mundo a través de una televisión que permitía a las gentes ver los programas y al mismo tiempo ser vistos por los programadores. Había también un Ministerio de la Verdad, encargado de reescribir todos los días los acontecimientos del pasado para hacerlos coincidir con los intereses políticos del dictador de ese mundo: el Gran Hermano. Los ciudadanos del futuro sabían -cada vez que llegaban a sus casas y se sentaban frente a la televisión permanentemente encendida- que el Gran Hermano controlaba cada uno de sus movimientos y pensamientos.

He recordado esta novela asombrosa e hipnótica, llevada varias veces al cine, porque durante algunos años viví esperando con pesadumbre que nuestro mundo llegara a ser el del Gran Hermano. Eso no ocurrió, por lo menos no en 1984. Después del debate parlamentario de ayer tengo la impresión de que el mundo de Orwell y su Ministerio de la Verdad, ya está mucho más cerca.

Ayer tarde escuché al candidato a presidente del Gobierno decir en su última réplica a Feijoo –cuando el reglamento impedía ya cualquier respuesta de su contrincante- que el Partido Popular “de manera fría y metódica” había impulsado el procés “para tapar su corrupción y los recortes que infligieron al Estado del Bienestar”. Eso lo dijo Pedro Sánchez en sede parlamentaria, no un militante de quinta fila al que se le calentó el pico. Y fue rabiosamente aplaudido desde las bancadas de su mayoría. Sánchez lleva ya tiempo insistiendo en un relato que –si no se impide- a este paso acabará siendo versión oficial en los libros escolares. La idea de que el PP es responsable de haber declarado una “guerra contra Cataluña”, y que él y el PSOE tienen la sagrada misión de traer la paz entre Cataluña y el resto del país. Se trata de una idea recurrente en el argumentario actual del PSOE, y es una falacia, una mentira de proporciones asombrosas. En realidad, ni siquiera se trata de una mentira original, retuerce otra mentira. La de la intención atribuida en su día al entonces presidente de la Generalitat, Artur Más, tras escapar del Palau de les Corts en helicóptero tras su ocupación por miles de iracundos ciudadanos que protestaban por la corrupción y el tres por ciento. Se dijo entonces que Más y Convergencia se sacaron de la manga la reclamación de independencia, para entretener al respetable, y tampoco eso era cierto: probablemente el procés no fue ideado por nadie, surgió como respuesta a uno de los mayores errores jamás cometidos por un presidente español, al prometer torpemente Zapatero a los catalanes que cualquier Estatuto que viniera de Cataluña sería refrendado por las Cortes españolas. El Estatuto de máximos aprobado entonces fue bloqueado por el Constitucional, desatando una precepción colectiva de humillación y desprecio en miles de catalanes. Fue el principio de este desastre, o quizá pudo serlo. Lo demás fue resultado de la instrumentalización histórica y política, y del desarrollo del radicalismo indignado, cabalgando sobre los sentimientos desatados de un pueblo herido.

La historia puede contarse de muchas maneras, y en España llevamos demasiado tiempo falseándola conscientemente desde el poder: lo que ayer dijo Sánchez es otro de esos embustes recurrentes. No hacía falta recurrir a la distopía y la irrealidad para hacer olvidar –por ejemplo- que el propio Sánchez defendió apasionadamente la aplicación del artículo 155 para disolver la Generalitat “ante la amenaza de secesión, de hechos consumados y de referéndums unilaterales”, según sus propias palabras. Conviene recordarlo.

Aunque sólo sea para evitar que la espeluznante corte de las mentiras en que se ha convertido la política española, la sucesión interminable de tristes y obedientes aplaudidores que la pueblan, con razonamientos que rozan la pornografía intelectual y la absoluta falta de escrúpulos éticos y morales, pueda acabar por confundirnos a todos.