Debates

por | 12 julio, 2023 | A babor

Un cejijunto y cariacontecido Ángel Víctor Torres, aún presidente en funciones, durante el discurso de Fernando Clavijo al inicio del pleno de investidura en el Parlamento

Era poco probable que el debate de investidura de Fernando Clavijo pudiera competir ayer con el debate del año, que seguía siendo el de la noche anterior, entre Sánchez y Feijóo. Todo el mundo en el Parlamento parecía entretenido en comentar los lances de la noche pasada, el inesperado pugilato entre el resistente y el caballero gallego, que acabó con el primero fuera de sus casillas y el segundo ejerciendo de bonachón hombre cargo de la polinesia, bromista, relajado y con retranca. Supongo que Sánchez cometió el error de creer que un debate a dos ante las cámaras es lo mismo que esos vodeviles que representa en el Senado, con los tuyos jaleándote a rabiar, y tiempo ilimitado para machacar al contrario. A Sánchez está claro que le gusta escucharse, casi tanto como no le gusta escuchar a los que le llevan la contraria. Estaba seguro de que el cara a cara con Feijóo sería un paseo militar, y se confío. Fue un error: Sánchez necesitaba ganar ese debate más de lo que Feijóo necesitaba no perderlo. No porque haya millones de ciudadanos que vayan a cambiar el voto. A pesar de lo que dicen los politólogos y analistas, yo creo que los debates televisivos los sigue la gente que ya tiene el voto decidido. Son para fieles, por llamarlos de alguna manera, y serán pocos telespectadores los que cambien el sentido de su voto por las pifias de uno o aciertos del otro. Aun así, lo que si hace el debate es animar al propio cotarro: Sánchez va bastante peor que Feijóo en los sondeos y necesitaba mostrar a los suyos un despliegue indiscutible de sus superpoderes, y no de sus peores defectos: soberbia, falta de talante, cinismo, agresividad y chulería. Las fiestas más o menos espontáneas en los medios y locales de la derecha, y el repertorio funeral en los de la izquierda, responsabilizando del pinchazo sanchista a Atresmedia, y a sus moderadores Vicente Vallés y Ana Pastor, es la mejor demostración de una cierta unanimidad sobre quien lo hizo peor.

Pero fue espectacular y divertido. Frente a la juerga cosaca de la noche antes, no podía competir la anodina y renqueante lectura de casi una treintena de folios repletos de ideas y compromisos, perpetrada por Fernando Clavijo ayer mañana. Un programa de actuación con muchas buenas intenciones en materia social. Pero Clavijo augura años difíciles de disciplina fiscal. Su Gobierno bajará los impuestos al consumo, y con eso la primera larga cambiada de la legislatura, sobre la bajada del IGIC, gran oferta electoral, que habrá de materializarse “por tramos y productos”, modulando la rebaja a lo largo de la legislatura, según se aclaren las cuentas, ejem. Un pequeño troleo con indefinición de fechas, como se encargaron de recordarle desde la oposición. Perdón desde el Gobierno en funciones, que ayer, por último día seguía siendo eso.

La liturgia parlamentaria del debate de investidura es una de las más conocidas: habla el candidato a presidente, y luego intervienen los partidos de la oposición, del más grande al más chico, respondidos uno a uno por el candidato. Lo más esperado de la tarde, la primera intervención de Torres como jefe de la oposición/presidente en funciones. Quien esperara alguna sorpresa o propuesta novedosa se quedó con las ganas: todos los argumentos habían sido ya utilizados por él mismo y otros portavoces en los días previos, incluso en la rueda de prensa que dio Chano Franquis tras la intervención de Clavijo. Torres volvió a recordarnos durante su intervención que él ganó las elecciones con 264.221 votos por la lista regional, 90.000 más de los que consiguió Coalición Canaria, que fue la segunda fuerza más votada, y que eso demuestra que los ciudadanos le querían a él de presidente. Lo de la lista regional se está convirtiendo en un clásico bastante manoseado, creo habérselo escuchado a Torres más de media docena de veces. Aún le pica haberse quedado fuera, y supongo que le seguirá picando. Dedicó otra parte de su intervención a quejarse de que Clavijo no recordara los éxitos del Pacto de las Flores, y calificó su discurso de investidura de “plano, filosófico e incompleto”, incapaz de reconocer los méritos del Gobierno saliente y “oscurecer lo que se ha hecho en unos años durísimos para Canarias”. Torres pidió a Clavijo seguir las huellas de su Gobierno para mantener el Estado de Bienestar. Se pasó un poco al incluir como éxitos florales la sanidad, la dependencia y la vivienda, tres de los agujeros negros de su mandato. Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver.