Avaricia

por | 12 diciembre, 2022 | A babor

Román Rodríguez pasará a la historia conventual de la Autonomía canaria no por su recordada labor como presidente del Gobierno (por Coalición Canaria), ni por su trabajo como vicepresidente del Cabildo grancanario, cuando su tarea fundamental fue impulsar -con muy escaso éxito- la creación de una red ferroviaria en la isla redonda-, ni tampoco por sus iniciativas como diputado regional durante varias legislaturas. Sin duda se le recordará por haber sido el consejero de Hacienda más avaricioso que jamás haya pisado Tomás Miller. Después de dos años terribles para los ciudadanos de las islas, su Consejería acaba de adelantar el Informe de recaudación de ingresos tributarios del pasado mes de octubre, en el que se certifica que el Gobierno regional ha recaudado en tan solo los primeros diez meses de 2022 hasta 81 millones de euros más de lo que logró recaudar durante todo el año 2019, antes de que la pandemia y el frenazo de la economía regional mermaran la recaudación.

Los ingresos correspondientes al consumo, y más concretamente el Igic, han crecido de forma imparable este año. Solo hasta el mes de octubre, la Consejería ha recaudado casi 600 millones más de lo que consiguió recaudar en 2021. Y esa subida no puede explicarse de ninguna forma por una mejora equivalente de la economía, el comercio o el consumo. Si en lo que va del 2022 se han recaudado casi 600 millones más de lo que se recaudó en 2021, es por el efecto perverso de la inflación en los precios. No hay pues de que felicitarse o alegrarse: no se trata de que la economía se haya recuperado y vuelto a las cifras de 2019, o incluso mejorado, como se nos pretende hacer creer. Tampoco tiene absolutamente nada que ver con una mayor eficacia en la gestión tributaria que ha logrado desvelar bolsas de defraudación o de contribuyentes ocultos: el Igic es un impuesto singular, que paga absolutamente todo el mundo cada vez que paga cualquier producto, bien o servicio. Nadie escapa del Igic, y además es el más injusto de los impuestos: el Igic que paga la asistenta doméstica de una familia pudiente para llenar la despensa de sus empleadores es el mismo Igic que paga un ama de casa de un barrio empobrecido.

Pero lo que estamos viviendo ahora es una subida espectacular de la recaudación por Igic, que se produce porque la inflación ha aumentado de forma terrible los precios de todo lo que consumimos. Y eso tiene un efecto maligno: hace que los ciudadanos sean más pobres, mientras los gobiernos se hacen mucho más ricos. Es fácil de demostrar: Hacienda recaudó en lo que va este año por el Igic y otros tributos del REF más de 1.800 millones, un cincuenta por ciento más de lo que recaudó en los diez primeros meses del año pasado. Es una barbaridad: ese dinero sale de los bolsillos de una ciudadanía exasperada y empobrecida por la inflación y el disparatado aumento de los precios. Cualquier Gobierno decente, ante una situación parecida, reduciría el tipo general del Igic. Esta situación de ahora sería una extraordinaria oportunidad para acercarlo lo más posible a su tipo original, el cuatro por ciento.  Con una recaudación que crece un 50 por ciento, no sería el fin del mundo bajar el tipo lo mismo.

Pero eso no va a ocurrir, básicamente porque Román Rodríguez no está dispuesto de ninguna manera a ninguna reducción de tipos. Ni siquiera a estudiarla. El consejero de Hacienda cree que su trabajo consiste en que el Gobierno disponga de recursos. Y esa solo es una parte de su misión. La parte importante es que los ciudadanos escapen a la ruina y la pobreza, que la economía regional funcione y cree empleo. El trabajo del Gobierno -que es atender las necesidades de los ciudadanos- no tiene ningún sentido si solo piensa en las cuentas del propio Gobierno. Lo tiene cuando se piensa en las cuentas de los gobernados, no solo de la administración y los gobernantes. El Gobierno es un instrumento, no un fin en sí mismo. Pero para pensar también en los ciudadanos hay que ser menos avaricioso de lo que es este Román Rodríguez sacamantecas, un político que lleva viviendo de la Administración, sin trabajar fuera de ella, los últimos 30 años de forma interrumpida. Un récord. Quizá vivir de la política y el dinero público tanto tiempo es lo que le ha vuelto insensible a los problemas de la gente.